Historia

Los jueces del mar

Hace 700 años de la creación del Consolat de Mar, el segundo de toda la Corona de Aragón, que pervivió hasta 1800, a pesar de la Nueva Planta borbónica

El Consulado de Mar en el siglo XIX, visto desde la plaza de las Drassanes. The British Library / Wikipedia
31/01/2026
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PalmaEs uno de los edificios singulares de Palma y prácticamente todo el mundo sabe lo que hay actualmente en el interior: la presidencia del Gobierno autonómico; la Moncloa de las Islas, por así decirlo. Ahora bien, ¿qué era el Consolat de Mar, que dio nombre al inmueble? Fue el tribunal que se hizo cargo de juzgar los asuntos relacionados con el comercio marítimo a lo largo de casi siete siglos y que sobrevivió incluso a los decretos de Nueva Planta, que se llevaron por delante a todo el resto de instituciones propias de las Islas. Le recordamos cuando hace 700 años de su fundación, el 1 de febrero de 1326.

Aunque esto no encaja del todo con el tópico de que antes del turismo éste fue un espacio pobre y agrícola, el caso es que hubo un tiempo –los últimos siglos de las islas medias– en el que la principal actividad económica. Esto suponía dos cosas: que los mercaderes constituían un colectivo poderoso e influyente y que tanta actividad, a la fuerza, como en cualquier acción humana, debía generar conflictos: mercancías estrañadas, desacuerdos entre comerciantes, interpretaciones distintas de un mismo contrato.

Fachada marítima del Consolat de Mar, con la plaza de las Drassanes al fondo.

Con esto, como en casi todo, a Jaime I le correspondió tomar una primera iniciativa, cuando creó en Barcelona, ​​hacia 1257, una universidad –que no era entonces una entidad académica, sino de gobierno– de mercaderes y marineros, parece que ya con cierta posibilidad de arbitraje en caso de conflicto. En 1283 se constituyó, ya con ese nombre, el Consulado de Mar de Valencia.

No era un invento del ámbito de la lengua catalana. En ciudades italianas activas en comercio, como Pisa, ya existían cónsules de mar, con funciones similares. En nuestros días, en los que un cónsul es un diplomático, puede sorprendernos esta palabra para designar a un juez, pero entonces podía tener varios significados. Hubo también cónsules mallorquines en ciudades del Norte de África, con unas tareas mucho más coincidentes con lo que ahora entendemos por un cónsul.

El lobi de los comerciantes

Un probable precedente de la creación en Mallorca del Consulado de Mar –el segundo en la Corona de Aragón, ya que el de Barcelona no se constituyó hasta 1348– consiste en una carta que en 1306 dirigió al monarca privativo Jaime II desde Perpiñán, donde residía habitualmente, al gobernador de la isla. En este documento, el monarca le estira las orejas para inhibirse de un conflicto entre mercaderes por el gasto en la reparación de una nave, y le ordena que, una vez asesorado por gente entendida, dicte la sentencia correspondiente.

Convenía, por tanto, tener un tribunal específico para estas cuestiones, más allá de las "costumbres de mar" que se habrían utilizado hasta ese momento. Pero, con ese no rizar que caracteriza a los isleños, no llegó hasta veinte años más tarde. Fue Felipe de Mallorca, hijo de Jaime II y regente –por la minoría de edad de su sobrino Jaime III–, quien instituyó el Consolat de Mar, con fecha, como decíamos, del 1 de febrero de 1326. Esto es, hace 700 años.

El regente Felipe estableció dos cónsules –jueces–, que debían ser "hombres virtuosos y discretos" –de mujeres ni hablar, claro, en aquella época– y que serían elegidos por los jurados de la ciudad y el reino, el equivalente a los actuales concejales de Palma o consejeros. Debían examinar y sentenciar los pleitos entre mercaderes, patronos y marineros en materia de disputas sobre las cargas o alquileres de los buques, los salarios de los marineros o las mercancías perdidas o estrañadas en el curso de los viajes. Todo debía hacerse verbalmente, sin tener que dejar constancia por escrito, lo que, en aquellos tiempos de analfabetismo prácticamente total, tampoco resultaba demasiado sorprendente.

Casi dos decenios después, y ya reintegrado el reino de Mallorca en la Corona de Aragón, el nuevo monarca, Pedro el Ceremonioso, estableció en 1343 una nueva regulación, en la que añadía un tercer actor: el juez de apelaciones, para recurrir las sentencias de ambos cónsul. También determinaba que el Consulado se regiría según las normas del de Valencia. En Menorca, esta función se confió a un alcalde u oficial real. La normativa que se utilizaba quedaría reunida en un volumen: el Libro del Consulado.

Progresivamente, los cónsules de mar fueron ampliando sus competencias. El rey Martín las extendió a todo el ámbito comercial, no sólo el marítimo. Alfonso el Magnánimo fue un paso más allá: podían juzgar siempre que una de las partes fuera mercader, aunque la otra no lo fuera. Esto era inaudito por la época, porque tanto clérigos como nobles gozaban de una jurisdicción propia. Pero, ante el Consolat de Mar, no: debían someterse a ello. Era tanta la influencia del colectivo de comerciantes –ahora llamaríamos un lobi– que, progresivamente, ganaron el control del Consulado. No había mucha diferencia entre tribunal y gremio de mercaderes. Compartían un mismo espacio: la Lonja de Palma.

Sin intérpretes de catalán en Inglaterra

Hacia 1454, la designación a dedo de los cónsules se sustituyó por un nuevo sistema: el 'saco y suerte'. Es decir, se reunían en un saco los nombres de aquellos que podían aspirar a ellos, y la mano inocente de un niño de siete años sacaba el del afortunado. De hecho, había dos sacos: uno para los ciudadanos –sólo los de buena posición, claro– y otro para los mercaderes. Se elegía un cónsul de cada colectivo. De este modo, quedaron fuera los patrones y marineros, quienes, obviamente, se quejaron, sin éxito. El Consulado de Mar debía haberse llamado Consulado de Mercado.

El alcance internacional del comercio desde las Islas representaba que un buen puñado de aquellas causas afectaran a extranjeros. En 1653, un inglés suplicaba al Consulado que, por favor, le tradujeran la documentación –ahora sí se dejaba constancia por escrito– al castellano, porque en su país no encontraría intérpretes de catalán, que obviamente era la lengua de la Administración en las Islas entonces.

Entonces no existía lo del lawfare, o por lo menos no se le decía así; pero ciertamente, de vez en cuando, se levantaban sospechas de parcialidad hacia uno de los jueces, o hacia ambos. ¿Qué se hacía en estos casos? Se añadía un miembro más –o dos– al tribunal, para garantizar su objetividad. Aunque esto no podía suponer un aumento de gastos; el salario que correspondía a los dos jueces debían repartirse entre todos.

De hecho, existían unos personajes, los prohombres, que asesoraban a los cónsules antes de dictar sentencia. Disponían de voz y voto, no podía determinarse sobre las causas sin tomar en consideración su parecer. Serían el equivalente a los jurados de nuestros tiempos, si bien se puede considerar también que tenían una función similar a los peritos actuales.

Ni siquiera los decretos de Nueva Planta de Felipe V, que abolieron al resto de las instituciones propias, pudieron con el Consulado o, mejor dicho, con el poderoso lobi de los comerciantes. Ahora bien, la Real Audiencia, de obediencia real, pasó a elegir a los jueces y desde 1740 tuvieron que redactar toda la documentación en castellano –"¡Que estamos en España!", que llamarían ahora.

Para las mentalidades ilustradas de finales del XVIII, aquel tribunal era una antigualla. Y, en efecto, en 1800 fue sustituido por una nueva institución: el Real Consulado de Mar y Terra. Tampoco duró mucho, porque en 1829 lo reemplazó una Junta Provincial de Agricultura, Industria y Comercio. Las entidades herederas, por ahora, son la Cámara de Comercio y la Junta de Obras del Puerto. Del Consulado, como de la rosa de Umberto Eco, sólo nos ha quedado su nombre. De un edificio.

Escuela, guardería, puesto de tortura, museo y jefatura del movimiento

Sorprendentemente, el edificio que llamamos Consolat de Mar, en el paseo Sagrera de Palma, no alojó nunca la institución que existió con este nombre de 1326 a 1800. La primera sede de los jueces del mar fue, muy probablemente, la misma de la Universidad –la institución de gobierno de la ciudad y el reino–, es decir, el antic. Después, por sus vínculos con el Colegio de la Mercancía, pasaron al Palco, en unas condiciones bastante precarias. De hecho, las sesiones tenían lugar en una mesa en el edificio diseñado por Guillem Sagrera.

Junto a la Lonja existió, hasta el siglo XVII, según el cronista Antoni Pons, "un extenso jardín, poblado de naranjos, decorado de columnas y estatuas y un llamativo manantial en el centro". Todas estas maravillas desaparecieron en su mayor parte –el movimiento vecinal de nuestros días habría puesto el grito en el cielo, y con razón– para dejar paso a lo que ahora es la sede de la presidencia del Gobierno, erigida entre 1614 y 1669, si bien la capilla es algo anterior, de 1600.

El nuevo edificio debió destinarse a dependencias complementarias de la Lonja. No fue hasta 1800, al crearse el nuevo –y breve– Consulado de Mar i Terra, que el tribunal pasó a ubicarse en este inmueble, al que dio nombre. En esta etapa se construyeron la escalera elíptica y la sala capitular, donde hoy se reúne el consejo de Gobierno. Luego alojó a la entidad que fue su sucesora: la Junta Provincial de Agricultura, Industria y Comercio.

Las imágenes de principios de siglo XX nos ofrecen una visión de la fachada del Consolat de Mar, justo al pie de la logia, bien curiosa, porque no hay ninguna puerta. La razón es que, hasta ese momento, ahí estaban las murallas de Palma. Así que el acceso se hacía por lo que ahora es la banda de atrás, por la plaza de las Drassanes. El arquitecto madrileño Isidro González Velázquez –autor del proyecto de la fuente de las Tortugas– diseñó una nueva fachada, que no llegó a realizarse.

Desaparecidos Consulado y Junta, el edificio sirvió un poco para todo: las escuelas de Comercio y de Magisterio, una guardería, el Museo Marítimo, un puesto de tortura de republicanos en el golpe de estado del 36, cuartel y sede de la Jefatura Provincial del Movimiento. Hasta que en 1980, el entonces presidente de la preautonomía, Jeroni Albertí, logró su cesión por parte del entonces ministro de Cultura, Ricardo de la Cierva. Estaba previsto que la planta baja se destinara a un museo temático de la navegación, pero esto nunca se hizo realidad.

Información elaborada a partir de textos de Román Piña Homs, Guillermo Morro, Pablo Cateura Bennáser, Miguel Ángel Casasnovas, Gerard Mora Ferragut, Martín Lucena, Bartolomé Bestard, María Barceló, Ricardo Urgel, Joan Mas Quetglas y el colectivo Fotos Antiguas de Mallorca (FAM).

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