Yo también he vuelto al 2016: teníamos más colágeno pero la mitad de gracia

Me he dejado llevar por el trend del 2016, con el que internet está recordando cómo era el mundo, la vida y nosotros hace diez años. Pero intento realizar este ejercicio desde una mirada paciente, benévola y curiosa, sin intención de medir metas. ¿Qué se ha hecho de lo que estábamos en 2016?

'Lady Bird' retrata cómo me sentía en el 2016, cuando todo estaba por hacer.
25/01/2026
4 min

PalmaEn esta línea recta con forma de flecha que es la vida, cualquier invitación a detener y mirar atrás se convierte en una experiencia trastornadora. Vamos con tanta prisa hacia el futuro que nos olvidamos que es con esa misma velocidad con la que nos alejamos del presente y con la que dejamos atrás el pasado. Y ya no sé si es a conciencia: para no tener tiempo ni pensar si hemos errado, por no saber exactamente quiénes somos ni qué queremos, por miedo a haber tomado un atajo equivocado en algún momento y no saber cómo deshacer el camino. O si es que éste es el único ritmo para llegar. El caso es que, al menos yo, tengo cada vez una relación más disfuncional con el tiempo.

Le tengo miedo, al tiempo. Somos consciente de ello. Y por eso miraba de cola de ojo el trend de 2016, con el que internet está recordando cómo era el mundo, la vida y nosotros hace diez años. Hace tan poco del 2016 me preguntaba si, realmente, podía sentir nostalgia de un pasado tan reciente. Embafada, de todas estas conjeturas artificiales y forzadas que predicen que el 2026 debe ser el nuevo 2016, he decidido rendirme. ¿Quién era yo en 2016? Ni siquiera sé lo que hacía entonces. ¿Sabéis ustedes? Por un momento dudado de si estaba en el instituto, en la universidad o si ya había terminado de estudiar. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde 2016?

Si ya me cuesta mirar las fotos de lo que hice la semana pasada –cosas que, mientras las saboreamos, ya han pasado– no puedo imaginar cómo va a cocer hacer esto. Aun así, abro la aplicación de fotos del móvil y hago scroll diez años atrás. En el tiempo que tarda en ubicarse la galería, me pregunto si todos mis recuerdos no son una nebulosa porque yo misma les condenan a serlo, cada vez que me resisto a enviar un momento al pasado, negándole un sitio a la memoria. Pero ya estamos: bienvenidas al año 2016, el año en que –por lo visto– todavía estaba de moda salir a BCM en Nochevieja. Ydo sí hace tiempo, sí. Fue el año en que todavía pagábamos sorbos a un euro y pisos de cuatro habitaciones, a 800. Fue el año de cumplir 21, de enamorarnos –aún más– a distancia, de hacer el Erasmus, de hacernos todos los selfis del mundo porque nos sabíamos jóvenes, deoutfits horrorosos, de la primera manifestación feminista, de tener muchos amigos.

Aunque sí me interesa hacer este viaje en el 2016, no es tanto para ver qué pasaba entonces, como para ponerlo junto al 2026 y compararlos: una parte de yo ya estaba allí, la misma que todavía ahora está aquí. Y, a su vez, otra parte ha huido. Supongo que tuve que sacrificarla por ser esa otra que somos ahora, esa que ha crecido en diez años. ¿Quién eres? ¿Nos conocemos? ¿Por qué echaste mi otra versión? ¿Acaso crees que eres mejor que ella? Tendemos a pensar que sí: que si vamos hacia delante siempre es para progresar. Pero intento hacer este ejercicio desde una mirada paciente, benévola y curiosa, sin intención de medir metas. ¿Qué se ha hecho de lo que éramos, de lo que teníamos, de nuestras relaciones, de nuestros pensamientos de 2016?

La primera foto que encuentro de enero es ésta donde sale de fiesta con amigos. Y, entre ellos, Jabi. Me hace gracia pensar que justo ayer volvíamos a estar allí, juntos de fiesta, después de mucho tiempo. Le envíe la foto de repente, reime –"¿Qué son estas caras?"–, y pienso que ya ha merecido la pena este dey de trend del 2016. Con él, siente que estos 10 años nos han servido para separarnos y volver a juntarnos. Como si nuestras vidas se hubieran sacudido y, ahora, por proceso de sedimentación todo hubiera vuelto a su sitio por su propio peso. Aparte de la suya, otras caras llaman mi atención. Me miran, desafiantes, repitiéndose por toda mi galería, menospreciando la capacidad que tienen 10 años para cambiarnos y decantarnos.

Pero aún me duelen más las caras que han cambiado que las caras que no están. Detecto a mi padrino en la última foto que tenemos con todos mis primos y me cuesta mirarlo más de tres segundos. Ahora bien, la imagen de mi madre soplando los 45 en mi piso de estudiantes en Barcelona se me clava en el centro del pecho. Veo a mi padre sin canas y me culpe por no tener más fresco un recuerdo de él así, que me tuviera preparada para ese momento. "El dolor señala lo que es importante para nosotros", dice Marina Merino en el artículo '2016 y otros peligros de la nostalgia' a Sustrato. Y me gusta pensar que el dolor tiene una utilidad, que todavía podemos saber qué es lo que debe importarnos dentro de 10 años.

En 2016, todos teníamos más colágeno, más luz en la cara, la piel tensa, un hechizo en los ojos. Todo parecía más fácil. Y, en realidad, todo estaba a punto de ponerse algo más difícil. Disfrutamos sin saberlo, dándonos por sentado. Teníamos peor sabor, hacíamos un poco de cringe, lo compartíamos todo. Ahora, en el 2026, nos caigo mejor. A cambio de la esperanza y la inocencia, tenemos el ingenio, la gracia, el criterio, la urgencia. Vamos más vivos, manejamos la discreción, sabemos elegir. Tanta suerte que en 2026, definitivamente, no es el nuevo 2016.

stats