“Las habitaciones de los hoteles son como los huevos Kinder”
La presidenta de Unión Kellys Baleares, Sara del Mar, retrata los hoteles como un microcosmos social donde la nacionalidad se lee en los detalles
PalmaSara del Mar (Las Cabezas de San Juan, Sevilla, 1970) sale de una reunión en la sede de la UGT en Palma con una camiseta roja en defensa de los derechos en la hostelería. Se la quita con un gesto enérgico que hace ondear su cabellera. No le importa el calor pegajoso. Pide, resolutiva, dónde debe ponerse para las fotografías mientras se recoloca el pelo. La espalda al descubierto deja ver tatuajes por toda la piel. En el brazo izquierdo destacan la paleta de un albañil y un ovillo de lana con dos agujas. “Mis padres siempre fueron muy trabajadores, toda la vida en el campo. Eran analfabetos y, de mayores, fueron a escuelas de adultos para sacarse los estudios básicos. Mi madre decía que no quería tener que firmar con una cruz. Mi padre trabajó de albañil y a ella siempre le ha encantado coser. Hace unos vestiditos de bebé preciosos. Tiene unas manos increíbles”.
La presidenta de las Kellys en Baleares creció rodeada de campos de algodón, remolacha y girasoles. Fue buena niña y mala estudiante. “Mi padre fue al instituto a preguntar por mí y la tutora le dijo que no me conocía. Él no podía creérselo, porque me veía coger el autobús cada mañana. La profesora le dijo: ‘Sí, el autobús debe cogerlo, pero aquí no viene’”. Nunca pensó qué quería ser de mayor. Estudió un año de Agraria, empezó un ciclo formativo de Electricidad, y tampoco. “Cuando tenía cerca de 12 años, mi padre nos sacaba de la escuela, a los hermanos, y cosechábamos algodón durante dos o tres semanas. Eran los 80. La infancia protegida no existía. Hoy se consideraría explotación infantil, pero en aquella época era normal”.
Huir del campo
Los arañazos en las manos y la dureza del trabajo la hicieron huir del campo. A los 16 años empezó a trabajar como interna en casa de unos señoritos sevillanos. A los 22 años volvió al pueblo, pintó bordillos e instalaciones deportivas municipales. “Allí donde me enviaban, iba”. Se casó y recaló en Mallorca, animada por dos hermanos que ya se habían instalado allí. “Ellos acabaron marchándose y yo me quedé. Me divorcié y toda mi vida la he hecho aquí. Cuando llegué, todo me pareció precioso. Los pueblos de donde vengo son campo y más campo. Si no hay cultivo, solo hay tierra hasta donde llega la vista, bajo un calor impresionante”.
Al cabo de dos semanas ya tenía contrato en un hotel de Magaluf. Hace 28 años que trabaja en la hostelería –23 en el mismo hotel–, con un único parón de pocos meses cuando nació su única hija. No recuerda la primera habitación que hizo, pero sí el ritmo ‘fordista’. “Me impactó la velocidad. Yo venía de trabajar de interna y limpiaba como si fuera mi casa. Un hotel es otra historia, pero aprendes los trucos del oficio y a trabajar bajo presión”. Empezó limpiando 20 habitaciones. Ahora, ya como subgobernanta, hace 24.
La profesión la ha obligado a tener “mucha paciencia”, a respirar antes de empujar los pomos de las puertas. “Las habitaciones son como los huevos Kinder. Hasta que no abres la puerta, no sabes qué te encontrarás. Las hay que son irreconocibles y te preguntas: ‘¿De verdad esta persona tendría su casa así?’. Con los años, puedes adivinar la nacionalidad de los clientes por los productos de higiene, por cómo dejan la habitación y los pequeños detalles”. Españoles, franceses e italianos van dentro del mismo saco. “Son bastante ordenados. Guardan las cosas y lo suelen dejar todo recogido. Quizás influye la desconfianza a que les toquen sus cosas”. En cambio, “los ingleses son mucho más desordenados y les da igual dejar la maleta abierta, la ropa limpia mezclada con la sucia y el maquillaje esparcido por todas partes”. “Y si encuentras la papelera llena de sandía, melón o cerezas, seguro que son rusos. Comen mucha fruta y pipas de girasol muy pequeñas, de las negras”.
No tocar maletas abiertas
Las reglas de Sara incluyen no tocar nunca una maleta encima de la cama. “Podrían decir que he manipulado sus cosas”. ¿Qué es lo más fuerte que ha visto en una habitación? “Hace unos días encontré todas las toallas llenas de sangre. También sustancias ilegales y juguetes sexuales. Una clienta dejó el Satisfyer debajo de la almohada y lo puse encima de la mesita de noche para poder hacer la cama. También encontramos preservativos tirados por el suelo y gente que te abre desnuda”.
Sara desmonta la creencia de que los grupos de hooligans son el demonio para las camareras de piso. “En absoluto. Mientras están alojados, casi no dan trabajo. Salen toda la noche y duermen todo el día. Tocas a la puerta y solo los oyes gritar ‘Noooo’. Les dejas las toallas y continúas. Cuando se van, entonces sí que te tienes que arremangar”.
El ranking de las habitaciones más complicadas lo encabezan las habitaciones en las que se alojan bebés. “La culpa es de los padres, no de los niños. Hay pañales por el suelo, biberones, chupetes, arena de playa... por todas partes. Parece que se hayan mudado allí”.
El ritmo de trabajo se ha incrementado con el cambio de los hábitos de consumo turístico. De las vacaciones largas, en familia, se ha pasado a las escapadas. “Antes los clientes se quedaban 15 días y los terminabas conociendo. Ahora las estancias son de tres días como mucho. Reservan a última hora y prácticamente cada día tienes salidas”. Sara guarda las propinas dentro de una hucha y, cuando termina la temporada, se encuentra con un bote con 1.000 euros. “Antes había compañeras que podían llegar a hacer 900 en un mes. Eso ya no existe”.
Las camas elevables le han cambiado la vida. “Ya no las tengo que arrastrar para hacerlas. Piso una palanca con el pie, se levanta y las puedo mover con un dedo. Ves el suelo y lo puedes limpiar sin forzar tanto la espalda”. En cambio, las Kellys continúan sufriendo dolor “sobre todo, en las piernas, las rodillas y los hombros” porque las modas de decoración han dejado establecimientos con más cristal. “Cada vez hay más mamparas y superficies que tienes que limpiar con los brazos levantados continuamente”.
A los clientes habituales les hace figuras con las toallas. En el móvil tiene fotografiado todo un zoológico de algodón rizado e inmaculado. “Hago elefantes, tortugas, perros, ositos... Lo aprendí mirando vídeos en TikTok. Lo hago porque me gusta. A veces estamos en el otro extremo del pasillo y oigo a una clienta gritar de alegría cuando abre la puerta y ve una figura nueva. Esto también forma parte del trabajo”.
Cuando ella es clienta, no es exigente. “No inspecciono nada. Solo pienso en el trabajo que debe haber tenido la compañera. Recojo la basura, dejo las toallas plegadas sobre la cama y doy propina. Siempre. Es una cuestión de respeto”.
Sindicalismo
Llegó al movimiento sindical casi por casualidad. La convocaron a una reunión y de ella salieron con los estatutos de la asociación de las Kellys en Baleares firmados. Entró como vocal. Con el tiempo, acabó dando un paso adelante. “Doy la cara, pero detrás hay muchas mujeres que trabajan por los derechos de todas, igual que yo”. Al principio, los sindicatos las miraban con recelo: “Con el tiempo entendieron que no éramos ninguna amenaza. Había machismo contra nosotras en toda la sociedad”.
Si tuviera delante a los empresarios hoteleros, ¿qué les diría? “Que una buena parte de sus beneficios salen de nuestra salud. Entiendo que una empresa tiene que ganar dinero, pero no que estas ganancias casi nunca lleguen a las plantillas”. No recomendaría a ninguna chica joven trabajar de camarera de pisos –“Ni hablar. Que busque otra cosa. A limpiar, siempre estará a tiempo”–, pero reconoce como una victoria de las Kellys “haber dejado de ser invisibles y que la gente sepa que detrás de una habitación hay una persona”. El reto ahora es conseguir la jubilación anticipada para un gremio formado, sobre todo, por mujeres “migrantes y peninsulares, con una media de edad de 40 años y una gran cantidad de madres solteras y divorciadas”. “La gente joven no aguanta este trabajo”.
El entendimiento con el gobierno de Armengol no existe con el de Prohens. “Prácticamente no hemos tenido contacto”. Mientras espera la jubilación, sueña con viajar a Corea. Es muy sociable y no se pierde ninguna película de Marvel en el cine. “Tengo mucha vida social, no paro”. Nunca habría imaginado que acabaría siendo sindicalista. “Yo no siento que haga política. Solo explico el trabajo que hago cada día”, dice mientras muestra las palmas de las manos y se encoge de hombros, como si le pareciera una obviedad. Y añade rascándose el ovillo con agujas del brazo: “Cuando hablas desde la experiencia no necesitas ningún discurso escrito. Solo contar la realidad”.