El fuego que une: la mirada migrante sobre San Antonio
Historias de personas que celebran la festividad en sa Pobla desde culturas y religiones diferentes y hacen de la fiesta un espacio de convivencia
PalmaNordin, un joven marroquí de 24 años, llegó a Sa Pobla casi tres meses antes de Sant Antoni del 2007. Cuando fue 16 de enero, él todavía no estaba escolarizado y sus padres le decían que no saliera demasiado porque aún no conocía a nadie del pueblo. Sin embargo, por la verbena de Sant Antoni acudió a la plaza Mayor y vio que había "caparrots, demonios y un gentío", recuerda. Al año siguiente ya jugaba a robar la escoba a los demonios y partía a correr, sin miedo. Desde entonces se siente parte de la festividad y la celebra año tras año.
A menudo se habla de cómo los residentes de las Islas sienten y celebran esta festividad de origen cristiano, pero ¿cómo lo hacen los migrantes que llegan a Baleares? ¿Lo hacen activamente o sólo miran?
Cada año, el día de San Antonio, Nordin hace una hoguera con sus amigos. Él lleva su tostadora y la carne halal –que proviene de un animal sacrificado de la forma que dicta el Corán. El tipo de carne es lo único que diferencia a Nordin de sus amigos. "El resto es todo igual", confirma el joven. Nordin ya ha conocido la etapa de integración en las escuelas. Fue al CEIP Son Vasca y semanas antes de la fiesta ya empezaban a prepararla. Iban a La llebre, una acampada donde se encontraban con otros centros. "Había glosadores, hacíamos hogueras, torrábamos y se creaba un ambiente del que todos disfrutamos muchísimo", dice con una carcajada. Admite que llegar a Sa Pobla de muy pequeño, con todo el proceso de escolarización aún por hacer, le ha ayudado mucho a integrarse en la fiesta.
Las actividades que hacía Nordin todavía se realizan. Osama, un niño marroquí de 12 años que cumple sexto de Primaria, también va de acampada en La llebre y coincide con la experiencia de Nordin: "Hacemos exactamente lo mismo que los demás, pero ellos comen carne y nosotros no", dice con una voz dulce y un catalán excelente. Las escuelas siguen siendo uno de los principales núcleos de difusión de la tradición. Los centros educativos hacen lo que pueden para acercar la tradición a todos y también dan las herramientas para que cada uno la adapte y celebre a su manera. Incluso hay colegios que, para hacer la hoguera, compran carne de pollo, de cordero o de ternera para los alumnos que no comen cerdo con el objetivo de que todo el mundo participe. Las asociaciones impulsoras de la fiesta de Sant Antoni, como Sa Negreta, también son una herramienta de integración clave. Por ejemplo, Sa Negreta ofrece una opción vegeteriana, que se incorporó "más para los musulmanes que para los vegetarianos", según explican fuentes de la entidad. También aseguran que con los años, han dado información sobre la fiesta a mucha gente de fuera que se avecina para "informarse y participar pasivamente".
Mimoun, el padre de Osama, aplaude la iniciativa de las escuelas y también que sus hijos hayan celebrado siempre San Antonio en clase. Gracias a ello, confiesa, la festividad isleña aterrizó en su casa. "En nuestra casa los hijos siempre cantan las canciones de Sant Antoni", cuenta. Lleva casi 30 años celebrando la festividad y explica que actualmente, a diferencia de antes, "no hay distinción entre migrantes y residentes en sa Pobla". El porcentaje de población migrante en el municipio ha crecido en los últimos años –en 2021 alcanzaba casi el 22%–, lo que se ha reflejado en el aumento de participantes extranjeros y también en su integración en la festividad. "Somos como una familia", considera. Mimoun también es el secretario de la Asociación Cultural IbnoMazig de Sa Pobla y está satisfecho de que muchos marroquíes que residen en el municipio participen activamente en las fiestas de Sant Antoni.
La religión
San Antonio es una festividad de origen cristiano, pero esto no impide que las personas que no creen en la religión cristiana participen en ella. "Para nosotros es un día festivo como Navidad y nuestra intención es participar y pasar un día agradable, no pensamos en la religión", dice Mimoun. Por su parte, Nordin piensa que tomar parte de San Antonio "no sustituye" su identidad cultural ni tampoco la religión. "Siempre he participado y lo seguiré haciendo y no me siento menos marroquí por eso. Al revés, somos un afortunado de vivir entre dos culturas y poder fusionarlas sin cambiar quienes somos", afirma. Aunque en los últimos años prefiere esperar a la salida de los demonios a las puertas de la iglesia, explica que alguna vez ha ido a las Completas solemnes.
Larry Hershon es un hombre del norte de Inglaterra que llegó a Sa Pobla en el 2008 porque su pareja vivía allí desde el 2003. Es judío, pero no cree en Dios: "En todo caso, eso es igual", opina. También va a la iglesia a ver las Completas porque piensa que todo "representa la esencia de sa Pobla" y participa activamente siempre que puede. Este año no podrá ir porque ya no vive en la isla, pero asegura que lo mirará por televisión, como miraba el espectáculo piromusical del pueblo en los primeros años que vivió allí.
Su integración en la fiesta fue "imposible de evitar", dice. "Había hogueras en las calles y se respiraba la esencia poblera", recuerda. Además, con los años se relacionó con personas del municipio que más tarde se convertirían en buenos amigos. Ellos le enseñaron el amor por la cultura, la tradición y también por la lengua propia. "Querían compartirlo conmigo y en catalán", cuenta. Hershon entendió este hecho como una intención de "preservar la propia cultura". Así, ese objetivo del grupo de amigos también pasó a ser el suyo. Con los años desarrolló el amor por las glosas. Es, según se define, un "gran admirador" de la glosadora Maria Magdalena Amengual. Aunque confiesa que no le gustan mucho los cohetes, también hace referencia a los correfocs ya las agrupaciones de demonios que "con mucho encanto" encienden la fiesta.
¿Y a los demás pueblos?
El pino de Pollença ya no cumple la función integradora que tuvo en el pasado. De hecho, durante años, especialmente desde hace una década, una parte de los pollencinos mostraba rechazo cuando alguien que no era del pueblo subía el pino. Incluso había "muestras de rechazo hacia los residentes del Puerto de Pollença, que se expresaban con cánticos y otros modos simbólicos", recuerda el historiador Pere Salas. Aunque todavía existe esta percepción, la presencia y la participación activa de gente de fuera en la festividad comienza a normalizarse en las generaciones más jóvenes. En cuanto a la rivalidad entre pollencinos, actualmente no se puede hablar de un sentimiento real entre Pollença y el Moll. La relación ha mejorado notablemente, especialmente entre los jóvenes.
Fue a partir de los años 70 que la fiesta empezó a tener una función integradora, "sobre todo en lo que respecta a la población peninsular", explica Salas. Cuenta que, en aquella época, la festividad todavía no tenía la popularidad actual entre los mismos pollencinos ya menudo faltaban manos para organizarla y realizar las tareas más pesadas. "Muchas de las personas que ayudaban eran forasteras. Un ejemplo destacado es el de Diego Rueda, peninsular, que subió el pino en reiteradas ocasiones durante las décadas de los setenta y ochenta. El traslado del pino de Ternelles también era, en sus inicios, una responsabilidad de la gente de fuera, algo que contrasta con la situación actual, en contraste con la situación actual,".
Durante aquellos años, la fiesta estaba "bajista", por lo que "era más fácil que tuviera una función integradora", a juicio de Salas. "En cambio, cuando se encuentra en un momento de alta participación, como ocurre actualmente, esta función se diluye", añade.
Ahora bien, todavía hoy el pino del Puerto de Pollença "presenta una mayor participación de gente recién llegada", determina. El núcleo tiene una base poblacional "más reciente y una mayor proporción de residentes llegados de fuera, a diferencia de Pollença, que conserva una estructura social más arraigada y tradicional", añade.
A pesar de las diferentes maneras de celebrar San Antonio en todas las Islas, la festividad es un espacio de convivencia donde cada uno llega con su propia historia, creencias y formas de celebrar. Tanto si se vive desde la fe como desde la curiosidad, desde la tradición o desde el descubrimiento, se puede compartir. El fuego de Sant Antoni puede calentar a todos porque celebrar también es una manera de convivir.