El 'cuñadismo' es una secta y me quieren meter en ella
Una reflexión a partir de una experiencia de networking: "¡Somos lo mejor! Somos el mejor!" como ejemplo de las dinámicas del mundo empresarial y de lo que a menudo se esconde detrás del discurso.
PalmaDecía Neus Canyelles en la presentación de su último libro, que ella siempre lleva una libreta encima, para apuntar las cosas que le pasan y, después, convertirlas en literatura, como hace en Salas de esperoa. Esto último no lo dijo exactamente ella, que me sorprendió por su actitud medida, de palabras justas y proporcionadas. Porque ella puede decir que escribe como si le "estuvieran dictando" sin que suene presuntuoso. Ella puede decir que no sabe explicar lo fácil que es para ella escribir, la falta total de esfuerzo que le requiere, sin parecer pretenciosa. La lees y, de repente, lo entiendes.
La cuestión es que, durante la presentación, Canyelles explicaba a Nadal Suau –su hábil conversador– que a ella le cuesta mucho imaginar mundos y personajes, que no se les acaba de creer, y que su naturaleza es nutrirse de lo que le rodea, que no sabe hacerlo de otra manera. Ella tiene esa facilidad para percibir todo lo que sucede a su alrededor: para escuchar conversaciones, para prestar atención a detalles que el resto ni dirían que estaban allí, para ver las capas de la realidad.
Pasé gusto de escucharla hablar, con esta claridad y convicción, de los hechos cotidianos como pequeños detonantes de historias. Ella misma reconoció que no cualquier cosa vale; que a veces estiras el hilo y no encuentras nada. Tal como oí decirle otro día a Leila Guerriero, no todo lo que te pasa, por curioso que sea, merece ser contado. Quizás no tiene ningún significado, y está bien así. Pero hay cierto misterio, cierta verdad oculta, en lo que nos ocurre en el día a día que lo convierte en el material más valioso para contarnos. Una anécdota puede ser la chispa de cualquier razonamiento. Todo un reto.
Me gusta pensar que es así. De hecho, lo pienso un par de picos a la semana. La última vez, cuando terminé en un evento de networking para empresarios. Desde que decidí hacerme autónoma y crear mi propio proyecto fui consciente de la palabra que me estaría persiguiendo, como una losa: ENTREPRENEUR, así, en inglés, bien casposo. Huía, sobrecogida, por miedo a que de repente me apareciera una pulserita con la bandera de España en la mano, me gustara El Hormiguero o empezara a decir cosas como "los impuestos ahogan a la clase media". Huía de ella y de sus significados, porque sabía que podrían llevarme a lugares como éste, una comida de empresarios un martes mediodía cualquiera.
Supongo que ser empresario es esto, ¿no? Hacer un paro de cuatro horas en tu jornada laboral para meterte en un restaurante oscuro y selecto de Palma a comer de chuletón y hacer un par de copitas de vino. Los negocios se hacen así: vestidos de americana, en un reservado y sin prisas, porque alguien se estará ocupando de llevar a tus hijos de la escuela a casa y de casa a la escuela. La esencia es ésta, el formato ya depende del gusto del consumidor.
En mi caso, me habían invitado desde una plataforma que se dedica a poner en contacto a empresarios en reuniones semanales, que siempre acaban con un finger food (obviamente), y que funciona como una suerte de red social. En cada encuentro, ponen en común sus metas, como el número de contactos que han conseguido o el dinero que ha hecho ganar al grupo. El orden del día siempre es el mismo y el presi se encarga de hacerlo ameno. "Saludos para Trump", dice –por ejemplo– cuando a uno le suena el móvil. Ja ja. Todo muy distendido. Llega el momento de las presentaciones y se me acerca uno de los veteranos, de pupilas enormes, para sacarme una tarjeta de su empresa de alarmas de dentro de su chaleco-plumífero.
"Todos sabemos lo que cuesta levantar la persiana" y otros grandes éxitos suenan durante un buen rato. Pero no todo debe ser trabajo. Así que llega el momento de los sorteos y eso se convierte en la Feria del Ramo. Incluso en presi, de sentado, le ha quedado un semblante de feriante. Hacen girar una ruleta virtual para repartir un lote de vinos y un altavoz Bluetooth. El primero lo gana el dueño de un negocio de globos y golosinas, y el segundo, uno que es contable. "¡Somos lo mejor! Somos lo mejor!", dice uno, de camino a buscar su premio. El emprendimiento era eso.
Después del almuerzo, llega el tedio, las conversaciones de ascensor, elsmall talk: "Sí, sí, lo importante es arrancar", "hay mucha competencia, pero debes saber diferenciarte", "lo importante es hacer siempre caso al cliente". Ellos te lo dicen con esa confianza, aleccionándote, como haciéndote un favor. "De tú a tú", "ya nos entendemos" o "entre tú y yo", dicen, disparando gotitas de su ADN mientras charlan, gaseándote con su halitosis. Por supervivencia, me voy mimetizando y, poco a poco, me convierto en una cuñada más. Me horrorizo, yo no somos como ellos. Pero ¿y si –justamente, por supervivencia– tuviera que parecerme? ¿Y si siempre hubiera algún hombre blanco heterosexual, de mediana edad, haciéndolo peor, pero vendiéndose mucho mejor?