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“Los clientes del bar llevaron el féretro de mi madre hasta el cementerio”

Mateu Martorell, propietario de Can Vinagre, recuerda la Palma del tranvía y de los vecinos que llenaban la calle de los Oms, antes de que los turistas y los negocios transformasen el barrio

23/09/2026 - 06:56 h.

PalmaLa historia de Mateu Martorell (Palma, 1939) es la de un hombre que ha permanecido siempre en el mismo lugar mientras todo cambiaba o desaparecía a su alrededor. Cuando habla de él, en realidad lo hace del barrio donde ha vivido 87 años, de su familia, de sus vecinos y, por supuesto, de Can Vinagre. De la barra del bar de la calle de los Oms desde la que ha contemplado la transformación de este espacio urbano. Él desaparece del relato como si su identidad estuviera más fuera que dentro, como parte de una generación que se explica hablando de los demás. No se lamenta de las renuncias ni reconoce esta idea –tan contemporánea– del sacrificio, de una vida entera trabajando. “Hace solo un año todavía atendía detrás de la barra, pero ahora las piernas ya no me responden”, revela, tranquilo.

Son las 11 de una mañana de calor sofocante y Mateo se sienta a una mesa al fondo de Can Vinagre, debajo de un retrato suyo que lo muestra distinguido, con una dignidad serena. Aparta el andador y lo deja al lado de una silla, al mismo tiempo que saluda a un cliente. “Hoy nos asaremos”, le dice sobre la temperatura alta un hombre de mediana edad, mientras le da una palmadita en la espalda. “Trabaja en la Seguridad Social”, aclara. “Y aquel de allí fue torero”, señala otro de los parroquianos. Durante décadas, los fieles eran vecinos del barrio; ahora son mayoría los administrativos, funcionarios, abogados y dependientas que trabajan en la zona.

Pero Can Vinagre conserva el aliento del pasado en los detalles envejecidos, en rincones donde conviven un siurell y un san Pancracio y unas mesas con décadas de historia. Para las otras cosas está la memoria de Martorell: “Mi primer recuerdo es el billar que había aquí –señala en medio del bar– y aquella marca en la columna era del palo cuando golpeaban las bolas. El billar y el humo. Aquí todo era humo. Hombres fumando todo el día. Recuerdo que alguien dejó una cabeza de toro que colgamos y nunca supe de quién era”.

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Es el pequeño de siete hermanos. Cuando nació, solo unos meses después del final de la Guerra Civil, su padre ya regentaba Can Vinagre. Vivían encima del bar. “El negocio no daba para comer. No pasé hambre, pero a veces iba a comer a casa de un vecino o me daban un poco de pan con chocolate”. Aquella era una vida de “humo y ruido, mucho ruido”.

Las farolas del barrio

Si un hermano cerraba a las dos de la madrugada, el patriarca ya estaba detrás de la barra antes de que saliera el sol. “Cuando pasaba el primer tranvía, mi padre ya levantaba la persiana”, rememora. Sin parar. Sirviendo copas y cafés cada día del año a hombres que bebían y fumaban mientras jugaban a las cartas, al parchís y al dominó. “Cuando llegaban las fiestas del barrio, un señor nos había hecho una maqueta y la seguíamos al pie de la letra para hacer las farolas que colgaban en las calles. Las hacíamos entre todos los vecinos. Incluso llevaban bombillas. De eso hace ya 80 años”, los mismos que vio Franco cuando pasó por la calle de los Oms.

En el bar no había jornal para todos y Mateu empezó a repartir hielo a los 13 años. “Iba a las casas de la gente de bien que tenía nevera: sobre todo médicos y abogados. Después ayudé a un viajante a vender ropa y más adelante ya llevaba bandejas de cortados a los trabajadores del Montepío Laboral. Sacaba la libreta y lo apuntaba. Algunos me pagaban a final de mes, cuando cobraban”, relata.

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Los hermanos se habían buscado la vida en una perfumería, preparando comidas y arreglando zapatos. Él se quedaría en la calle de los Oms, detrás de la barra del bar. “En la calle todo eran viviendas. Comparado con ahora, había menos negocios. Enfrente teníamos una lechería. Un poco más allá, un lugar donde hacían colchones. Iban a las fincas a buscar la lana, preparaban la tela y después los confeccionaban. Ahora ya casi no conozco a la gente que vive en el barrio. La calle del General Riera siempre había tenido más señorío porque, cuando existía el cuartel del Carmen, muchos militares vivían allí. En el resto de la zona, la gente era más humilde”. Precisamente, los humildes se reunían en Can Vinagre delante del primer televisor de la calle, comprado a plazos poco después de que Televisión Española empezara a emitir en 1956: “Esto parecía un cine. Una noche hubo una redada en la que simplemente pedían la documentación y aquel día nadie pudo ver la película en paz”.

De sus padres aprendió “el respeto y la importancia del trabajo”. Perdió a su madre cuando apenas tenía 20 años y estaba a punto de partir a hacer el servicio militar a Melilla. “Cuando murió ya teníamos coches y carruajes preparados, pero los clientes quisieron llevar el féretro a hombros hasta el cementerio. Me conmovió. No lo olvidaré nunca. Mi padre vivió hasta los 84 años”.

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Mateu Martorell terminó trabajando en Can Vinagre como parte de un proceso natural. “Me gustaba mucho el ambiente, los clientes y me encontraba muy bien entre la gente que conocía”. Su padre le cedió el relevo en el año 1973. Entonces, los primeros turistas ya habían llegado al centro de la ciudad. “Yo no había salido de Palma y no sabía muy bien de dónde venían. Había por todas partes. Un señor tenía una fonda y, como no tenía suficientes habitaciones, muchos se alojaban en casas particulares. Para mí verlos llegar en autocares era una novedad”, rememora.

La vida asociativa

El día a día de Mateu no se limitaba a la barra de Can Vinagre, sino que también vertebraba la vida asociativa del barrio. Por una parte, había impulsado el España Hoquei Club, con sede en la pista de la llamada plaza de los Patines, hecho que le llevaría a viajar por Europa en campeonatos que proyectarían los éxitos de la entidad. Por otra, presidía la Asociación de Comerciantes de la calle de los Olmos y promovió su conversión en zona peatonal a finales de los años 80, convencido de que una calle sin coches sería mejor para el comercio. Los partidarios se impusieron por la mínima. “Todavía conservo el papel con los votos de todo el mundo”, asegura.

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Es la época en la que el barrio sufrió la mayor transformación: “Los negocios cambiaron de manos. Hoy todo el mundo quiere vivir en el centro, pero entonces la gente se quería ir. Las casas eran muy antiguas, no tenían duchas ni comodidades. Buscaban viviendas más modernas, nuevas, en el extrarradio y abandonaban el barrio”.

Mateu continuó detrás de la barra. Nunca se casó ni tuvo hijos. “Yo estaba en el bar”, justifica como si hablara con una lógica aplastante. “Aquí siempre había trabajo. Estaba hasta que me iba a dormir”. Todavía vive en el piso de arriba. Lo han operado dos veces de una herida en el pie, que lo jubiló de la barra. Antes se levantaba a las 7 h, se arreglaba y a las 8 h ya servía cafés. Ahora baja las escaleras y pasa el día de una mesa a otra. Sus sobrinos regentan el bar. Sin rastro del billar: “Yo nunca jugué. Mi padre lo vendió a un médico de Mónaco”.

No teme a la muerte. “Si pensara en ello, dejaría de hacer muchas de las cosas que hago. A mí me gusta estar aquí, charlando con la gente y vivir el presente. Pero la vida ha cambiado mucho”. ¿Cómo le gustaría que le recordaran? “Como una buena persona que atendió a la gente”.

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