La hija única

Si nos aburrimos juntos, significa que nos entendemos

22/02/2026

PalmaEn general, existen dos grupos de personas: las personas con las que podemos, simplemente, estar y las personas con las que, necesariamente, debemos hacer algo. Y, si no, haga un repaso rápido de sus amistades y familiares (o parejas, incluso). Las personas con las que siempre hay que hacer algo son aquellas que –intencionalmente o no– condicionamos a un plan, aquellas que acompañamos siempre de algo, haciéndolas algo incompletas. No tengo nada en contra de la amiga de salir a correr, el amigo de ir al cine o al padre oa la madre que busca un pasatiempo en común con los hijos para pasar tiempo juntos. Pero permítanme que dude que éstas sean las personas que nos conocen verdaderamente.

Por fuerza, las personas con las que, simplemente, estamos, tienden a ser aquellas con las que más tiempo pasamos. Es una cuestión de probabilidad: llega un momento en que el entretenimiento, la imaginación o el dinero se agotan y nuestra compañía no tiene otra pretensión que compartir el mismo espacio-tiempo. Con las personas con las que siente que puedo estar –y no tener que hacer nada más– la confianza me da la licencia de dejar de fingir y abandonar las expectativas. Me liberan de la necesidad de mostrarme ocupada, ociosa, en algo más que sea estar juntas. Me permite no tener que hacer que valga la pena.

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Las personas con las que siente que no tengo que hacer nada, con las que puedo sólo estar, son las que me hacen sentir suficiente, total, redonda. Con ellas, firmo un pacto que contiene una única condición, que es nuestra presencia, haciéndola solvente por sí misma. Y nos otorgamos mutuamente nuestra fe ciega: carta blanca, que pase lo que deba ocurrir. Las personas con las que sé estar son una puerta abierta a la improvisación y, al mismo tiempo, con quienes tengo las relaciones más honestas. Nos vivimos en crudo, sin accesorios, al descubierto. Sólo la otra persona y yo, y un tiempo indefinido en frente para llenar con lo que pueda ser. Son las que me hacen sentir como si estuviera desnuda y sola sobre un escenario. Y, por eso, también son las que más me afilan el ingenio –las que entrenan para ser mejor conversadora, mejor entretenidora, mejor narradora– y las más generosas –me ponen a prueba y me descubren nuevos talentos de los que, más tarde, disfrutarán otras personas.

Las personas con las que, simplemente, me dedico a estar tienen la virtud y la responsabilidad de ser valiosas por sí mismas. Tienen la capacidad de realizar el tiempo más relativo. Con ellas, las horas tienen un valor independientemente del uso que le demos; no hace falta cargarlas para sentir que las hemos ganado; no podemos hacer nada y tenerlo todo. Son las únicas personas con las que me concedo el privilegio de aburrirme otro pico, como cuando todos los atardeceres estaban muertos, sentados en el banco de la plaza del Tub, viendo la vida y los patinadores pasar, con un iPod en la mano.

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Hay cierta intimidad en aburrirse con alguien. Yo antes quería una casa para aburrirme con mis amigos. Habitar una casa más o menos propia era el hito detrás de la adultez para seguir haciendo lo que nos hacía ser jóvenes de verdad: contarnos la vida estirados en el sofá en calcetines. Por eso, cuando los tengo en casa, me gusta dilatar el tiempo en que simplemente nos dedicamos a estar. Yo me esfuerzo en entretenerlos, en el sentido inglés de la palabra, 'entertain: to show hospitality to (mostrar hospitalidad)', aunque ellos lo vivan más en el sentido catalán, 'entretener: retener en un lugar (quien va a su hecho)'. Encaden una cosa con la otra, sin saltarme un solo paso del ritual atávico de tener invitados: el aperitivo con cervezas, chips y encurtidos; el almuerzo, con unas copas de vino; el postre, al tiempo que los cafés; la copa y los cócteles de después, que varían en función el surtido de licores que tengamos en el mueble camarera, y que siempre van acompañados de frutos secos y golosinas. Mi principal misión es no darles ninguna oportunidad de partir, ver hasta dónde somos capaces de entretenernos unos a otros por puro aburrimiento.

Me gusta aviciarlos, a mis amigos. Aparte de una casa para aburrirme con ellos, yo fantaseaba con un coche para llevarlos allá donde quisiéramos cuando nos cansáramos de estar aburridos. Ésta era mi única motivación cuando me sacaba el carnet: tener un coche donde cabasen todos y radio Bluetooth para elegir nuestras canciones según el mood, según el destino: La Oreja de Van Gogh, Rihanna, Plan B. El resto tanto me era. Pensaba que no nos hacía falta más que el libre albedrío, una casa y un coche. Y, ahora, se nos llega a olvidar que lo tenemos todo esto. Hemos dejado de ser conscientes de que estamos en uno de los momentos en los que más libertad tendremos en la vida, como si lo importante no fuera tanto lo que hacer como el simple hecho de estar.