Observatorio

El último homenaje de Celestí Alomar al partido que ayudó a fundar

Recuperamos el artículo que escribió este año sobre los 50 años del PSI, el origen del PSM y la vigencia de una izquierda arraigada al país

Un acto del PSI, que se constituyó en 1976 y que daría origen al PSM.
31/08/2026 - 17:07 h.
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PalmaLa tarde del 18 de febrero de 1976, en un apartamento de la calle Catalunya de Ciutat, se presentaba a los medios de comunicación el Partido Socialista de las Islas Baleares. Una lluvia de escasa intensidad apenas mojaba la calzada, mientras una cuadrilla de policías de la Brigada Política Social estaba, al acecho, en la calle. Hacía apenas tres meses de la muerte del dictador. En el proceso de creación del nuevo partido habían participado un amplio grupo de ciudadanas y ciudadanos con un compromiso firme y activo en el antifranquismo: de Bandera Roja (que venían del Partido Comunista de España, al cual se habían integrado un año antes), del Partido Socialista Popular y de otras organizaciones de izquierdas, sindicalistas, de círculos del nacionalismo, e independientes que habían participado en un proceso de debate en torno a la idea.

Encontrar un modelo de organización capaz de juntar todas estas diferentes tendencias y familias políticas no era una cuestión menor. Una fórmula atractiva era la del Partido Socialista Francés, que integraba un amplio abanico de la izquierda de aquel país. La propuesta no llegó tan lejos como el modelo francés, ya que se había excluido o dejado a la espera a algunas personas con una trayectoria “débil” ante la dictadura. La verdad es que el PSI era una organización que aún estaba por amasar, pero la propuesta era oportuna y necesaria y también ilusionaba. Esta ternura inicial, en parte, marcaría la evolución en el futuro.

Modelo de la socialdemocracia

Para situar mejor la propuesta, conviene no olvidar el contexto internacional del momento. Triunfaba el modelo de la socialdemocracia que, en Europa, también, en muy buena medida, había sido avalado por los partidos demócratas cristianos. Pero ya en el año 1972 el presidente Nixon iniciaba un primer ataque al equilibrio mundial surgido de los Acuerdos de Bretton Woods (en 1944, cuando aún no había acabado la Segunda Guerra Mundial) y al modelo de estado del bienestar que daba estabilidad y progreso económico y social al nuevo orden mundial. Después vendrían Margaret Thatcher (1979) y Ronald Reagan (1981) que impulsarían definitivamente la agenda neoliberal. El capital, de manera furtiva, iniciaba el camino hacia la desregulación. Con el tiempo, se provocaría la deslocalización de la producción y se impondría la globalización neoliberal, en la que el crecimiento se ha convertido en un sinónimo de destrucción. Inevitablemente, todo esto había de conducir a una concentración máxima de riqueza en unas pocas manos y a una desigualdad global y social que nunca se habían visto antes.

El PSI y otros partidos similares representaban unos principios radicalmente diferentes de los neoliberales: la defensa de un progreso inclusivo, arraigado en la nación, para alcanzar solidaria y generosamente los valores más universales en el conjunto de las naciones. La propuesta no era aislarse del mundo global, sino reconciliarse con el mundo de la gente, el de las personas como centro de la política y del humanismo emancipador.

Como decía, había aún mucho por hacer. El PSI, conjuntamente con otros partidos (Partit Socialista de Catalunya - Congrés (PSC-C), Partit Socialista del País Valencià (PSPV), Partido Socialista Galego, Eusko Sozialistak, Partido Socialista de Andalucía, Partido Autonomista Socialista de Canarias, Partido Socialista de Aragón y Convergencia Socialista de Madrid (CSM), entre otros) formaba parte de la Federación de Partidos Socialistas. El Partido Socialista Obrero Español, que intentaba recuperar su protagonismo histórico en el Congreso de Suresnes (1974), tenía una débil estructura de militancia activa en el interior del Estado, cosa que sí tenían los partidos de la Federación, congregada en la lucha clandestina.

En el Congreso de Suresnes, el PSOE, bajo las directrices de Felipe González y Alfonso Guerra e influenciado por las luchas antifranquistas en el Estado, incorporará como propuesta el “pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación”. El término se mantendrá en el programa de máximos socialista hasta el XXVIII Congreso de 1979, para acabar desapareciendo definitivamente en el año 2019, cuando se rechaza explícitamente cualquier referéndum de autodeterminación por ser inconstitucional. El tiempo demostraría que el “practicismo” de uno (Felipe González) y el jacobinismo del otro (Alfonso Guerra) serían incompatibles con un modelo federal sin adjetivos.

Pero, en aquel momento, la propuesta ayudó a que, en Mallorca, algunos sectores procedentes de Bandera Roja, con un fuerte componente obrerista, marcharan al partido de los socialistas. Sin embargo, restaba intacta el alma nacionalista del nuevo partido que, rápidamente, se convertiría en divisa de la organización. Soy incapaz de averiguar hasta qué punto este episodio, ya como PSM, marcó la posterior estrategia de coaliciones, iniciada en el año 2003, que ha conducido al actual partido MÉS per Mallorca, referente del nacionalismo progresista mallorquín.

Propuestas autoritarias

Hoy, la propuesta mantiene la misma validez y consistencia inicial. Ahora, muy especialmente, en un mundo en el que el modelo neoliberal ha entrado en un sendero de ‘multicrisis’ continua. El capital teme a la calle, a los movimientos sociales, a todo aquello que es concreto y cercano a la gente. Está empeñado en sacar del debate la memoria colectiva y la realidad cotidiana para sustituirlas por un producto informativo alienador. Proliferan las propuestas autoritarias, propiciadas por los llamados tecnooligarcas y una internacional populista-integrista y autoritaria de ultraderecha, que se iba gestando desde el siglo pasado, en un marco en el que las grandes potencias son dirigidas por personajes con ínfulas de emperador. Es la catástrofe perfecta, donde el capital nos conduce a un mundo en el que los grandes enemigos pretenden convertirse en invisibles, protegidos por un aparato informativo colosal.

Articular una alternativa progresista en estos momentos no resulta fácil. Pero es indudable que el camino sigue anclado en el país de la gente, en un sentido de clase duradero y lejos de las fórmulas prefabricadas del consumismo endiablado del mercado y cerca de las cosas reales que dan sentido a la vida humana: insistir en lo concreto para ser generosamente universales. 50 años de existencia demuestran que aquella propuesta progresista y federal era necesaria y, hoy, todavía es esperanzadora.

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