Hace unos años leí un artículo del New York Times en el que se analizaba uno de los errores más comunes de la vida en pareja: combatir un malestar emocional de forma racional. El artículo hacía énfasis en el error obvio: las emociones no escuchan razones, aunque sus causas puedan ser reales, e intentar aplacar ciertas angustias con meticulosos argumentos es tan absurdo como decir "pero yo te quiero" cuando estás haciendo las cuentas para ver si puedes permitirte una segunda hipoteca.
Lo que me sorprendió y llamó la atención del artículo no es sólo el consejo que llevaba implícito –que te puedes meter frases como 'estás sobredimensionando el problema' o 'intenta calmarte' por el culo–, sino que era el enésimo recordatorio de que los humanos somos seres mucho menos racional tendencia a sobrevalorar nuestra propia inteligencia.
He recordado el artículo leyendo El libro de los sesgos (Ediciones Godot, 2025) de Ricardo Romero, un breve y entretenido resumen de todos aquellos mecanismos que hacen que nuestro cerebro nos engañe continuamente. Y leyendo el libro he pensado sobre todo en la situación política actual y cómo, desde cierta parte de la izquierda, se intentan aplacar con datos y argumentos unas inquietudes que son, básicamente, puro sesgo. Pero en algunos sentidos un sesgo previsible y comprensible, un defecto de fábrica, que haríamos bien en relativizar.
Un claro ejemplo de ello son los impuestos, por ejemplo. Nos pueden contar con todo tipo de gráficas y elaboradísimas hojas de cálculo que la mayoría de nosotros recibe por parte del Estado más de lo que paga en forma de servicios públicos, desde la atención médica a la escuela pública, pasando por el transporte público o, directamente, las carreteras. Pero, en cambio, a todo el mundo le parece que lo exprimen a impuestos y que no hay derecho y más teniendo en cuenta que ese dinero se agita descaradamente... El relato, claro, es aquí tan eficiente como falso, pero da igual. No estamos hablando de una línea de pensamiento racional, sino de puro instinto natural y nuestra habitual aversión a las pérdidas. Por eso también es absolutamente inútil que te expliquen una y otra vez que la ocupación de viviendas es un problema relativamente residual frente a cómo afectan al precio de las casas la especulación y la compra por parte de fondos buitre y compradores extranjeros, y es porque todos podemos empatizar con la imagen del pequeño propietario al que le han ocupado su casa, porque muchos conocen vemos mucho vemos muy lejanas las posibles ganancias de una intervención en el mercado.
En este sentido, no me sorprende, en absoluto, el auge de la extrema derecha, porque nadie como ellos sabe apretar las teclas de nuestros instintos y miedos más irracionales. Da igual que sea evidente que muchas de las turbulencias del mundo las hayan provocado ellos y los suyos: son expertos en sacudir la barca para después venderte el flotador, aunque sea de cartón, y es probable que seas el primero en ser devorado por los tiburones. Al final, si algo nos demuestra la historia es que siempre habrá más gente dispuesta a colaborar con los verdugos que aquellos que hagan las cuentas y vean que ellos son pocos y nosotros, muchos. Ay, la sombra del Batavia siempre vuelve.