Filosofía

El viaje a la Atlántida

Los atlantes vivieron con prosperidad mientras siguieron las disposiciones divinas y actuaron con prudencia y virtud

14/08/2026 - 20:04 h.

PalmaPlatón fue el primero en hablar de la existencia de la isla perdida de la Atlántida en los diálogos Timeo y Critias, y conoce la existencia de la Atlántida gracias a Critias, y Critias gracias a Solón, y Solón se entera a través de sacerdotes y relatos y manuscritos de los primeros egipcios.

Según Platón, es una isla desaparecida que existió 9.000 años antes del legislador Solón, que se localizaba geográficamente en el Mediterráneo, más allá de las columnas de Hércules, al otro lado del estrecho de Gibraltar, tan grande como Libia y Asia juntas.

En el Timeo, Platón alaba a los antepasados de los atenienses por ser insuperables en virtud, sabiduría y justicia, y organización social, sobre todo, destaca la excelencia y el coraje en el arte de la guerra, que les permitió conseguir un gran triunfo contra los atlantes y así detener su expansión militar hacia Europa y Asia. Poco después de esta gran victoria, en el intervalo de un día y una noche, se produce un violento terremoto seguido de un diluvio persistente, que en dos días hunde a los vencedores bajo tierra, y hace desaparecer la Atlántida y los atlantes bajo el agua del mar. Platón advierte que la superficie que ocupaba la isla ya hundida era innavigable a causa de los restos de barro que llegaban hasta la superficie.

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En el Critias, nos confirma lo que ya nos ha dicho en el Timeo, que existió una gran civilización insular que amenazó Atenas, que fue derrotada por los guerreros griegos en un pasado lejano. Según la leyenda, los atlantes son descendientes del dios Poseidón. Los primeros atlantes fueron Evenor y su mujer Leucipo, que vivían en el centro de la isla en lo alto de una colina en medio de una gran llanura. Tuvieron una hija, de nombre Clito. Sus padres murieron cuando la joven apenas tenía edad de casarse. Entonces, Poseidón la deseó y la poseyó. De su unión nacieron cinco generaciones de hermanos gemelos, entre los cuales dividió la isla. Entregó el gobierno, la casa materna y las mejores tierras al primogénito, Atlas, y lo nombró rey de los demás. De él deriva el nombre de la Atlántida y el océano Atlántico.

Reparto de la isla

Poseidón completó el reparto de la isla que había dividido previamente en diez partes con el resto de hermanos y les encomendó que gobernaran su región. Se llamaban Gadir, Anferes, Evemo, Mneseo, Auctóctono, Elasipo, Mesto, Azaes y Diaprepes. Adoptaron la monarquía hereditaria como forma de gobierno. El rey más viejo cedía el trono a su primogénito y así, de generación en generación. Llegaron a gobernar otras islas y regiones interiores. La isla les proporcionaba todo lo que necesitaban, eran autárquicos, y las importaciones eran excedentes que se sumaban a la producción local. Tenían minería, extraían metales preciosos, madera de los bosques, cultivaban alimentos abundantes y de toda clase, para ellos y para los animales domésticos. El resto de animales encontraban comida a raudales en todos los lugares, incluso los elefantes, que son los que más comen.

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Y, ¿cómo era la Atlántida? Según el mito, la ciudad se organizaba alrededor de la acrópolis y el palacio real, que ocupaba la colina donde había vivido Clito. La ciudad antigua era como una isla dentro de la isla, ya que estaba rodeada de una serie de anillos concéntricos separados por canales de agua navegables, y que habían sido creados por Poseidón como fortaleza natural. Los atlantes se encargaron de unir los diferentes anillos mediante puentes, y como la ciudad estaba situada a una cierta distancia del mar, también tuvieron que abrir un gran canal para comunicarla directamente con él. Este canal era inmenso, medía 300 pies de ancho, 100 de profundidad y ocupaba una extensión de 50 estadios.

A lo largo de los canales construyeron astilleros, muelles y dársenas. Además, cada anillo de tierra tenía su propia muralla de piedra, revestida de metales diferentes, bronce, estaño y oricalco. La muralla que rodeaba la ciudadela era de oricalco, el metal más preciado, que “brillaba como el fuego”. Esta configuración era muy práctica y permitía armonizar las funciones de vivienda, comerciales y de defensa.

Inicialmente, en la cima de la colina se encontraba la residencia de Clito, un pequeño templo dedicado a Clito y Poseidón, y dos fuentes, una de agua fría y la otra de agua caliente. En esta colina los reyes atlantes construyeron la acrópolis, el centro político y religioso de la isla, y sus templos y palacios. Los atlantes delimitaron el lugar fundacional con un recinto de oro y lo convirtieron en un recinto sagrado, dedicado a Clito y Poseidón, en honor a los fundadores de la dinastía, con las fuentes originarias. Este recinto ocupaba el centro de la acrópolis. A su alrededor, los descendientes fueron construyendo el gran templo de Poseidón, el palacio real, los jardines y el resto de edificios de la ciudad.

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Según el mito, el templo de Poseidón tenía la longitud de un estadio y medía 300 pies de altura. Las paredes exteriores estaban recubiertas de plata y las cúpulas, de oro; el techo interior era de marfil, mezclado con oro, plata y oricalco. También eran de oricalco, el suelo, las paredes y las columnas. La gran nave interior estaba presidida por una estatua de Poseidón de pie sobre un carro tirado por seis caballos alados, junto a cien Nereidas, ninfas marinas, cabalgando sobre delfines. También había otras estatuas, exvotos de particulares. En el exterior, había un altar al aire libre, estatuas de oro de los diez primeros reyes y sus familias, y exvotos de reyes y particulares, y más allá, un bosque sagrado dedicado a Poseidón.

Platón no se entretiene mucho en describir el palacio real, solo nos dice que su grandeza va pareja a la del templo de Poseidón, que los primeros reyes hicieron su residencia junto al recinto sagrado y que los sucesivos reyes ampliaron el palacio con nuevas dependencias. Probablemente, lo hace así porque quiere dar más protagonismo a Poseidón y su templo. También habla de la existencia de jardines con árboles de alturas sobrenaturales, baños y fuentes públicas y privadas, muchos templos dedicados a muchos dioses y gimnasios, además de un hipódromo.

Sabemos que la población se distribuía a lo largo de los diferentes anillos exteriores y se agrupaba en distritos, y que en caso de guerra, estaba reglamentado que cada distrito contribuyera con un número determinado de hombres armados, hoplitas, arqueros, honderos, lanceros, jinetes, caballos y carros, y marineros.

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El gobierno

¿Qué nos dice Platón del gobierno de la isla? Que los reyes seguían las leyes establecidas por Poseidón, las cuales los primeros reyes habían grabado en una columna de oricalco en el templo del dios. Antes de emitir ningún veredicto, los reyes le hacían una ofrenda sacrificial, que consistía en capturar un toro, llevarlo hasta el altar, degollarlo, llenar un cráter con vino y verter en él un coágulo de la sangre del toro para cada uno, hacer libaciones junto a la columna de las leyes y beber de las copas mientras se juraba cumplirlas. La ley más importante prohibía atacarse mutuamente y obligaba a ayudarse en caso de ser atacados. Tenían prohibido matar a alguno de sus parientes si no tenían la aprobación mayoritaria de los diez.

Los atlantes vivieron con prosperidad mientras siguieron las disposiciones divinas, actuaron con prudencia y virtud, y cultivaron la amistad. Pero cuando perdieron la naturaleza divina, se dejaron llevar por el carácter humano, la avaricia, la soberbia y el ansia de poder, y Zeus los quiso castigar. Cuando estamos a punto de conocer el castigo, el diálogo se interrumpe de manera abrupta. La explicación más plausible es que Platón era muy mayor y no tuvo tiempo de acabarlo. Sin embargo, ya conocemos el final de la historia. Platón lo había resumido en el Timeo, en el que sabemos que el castigo divino fue el hundimiento de la Atlántida en el mar.

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Sin embargo, este viaje al pasado nos remite al presente de las Islas, nos recuerda que la prosperidad lleva a una falsa sensación de invulnerabilidad, que la abundancia se acaba y que el éxito turístico expulsa a los residentes. Sin duda, las Islas no desaparecerán bajo las aguas como la Atlántida, pero sin hundirse pueden llegar igualmente a colapsar y ser inhabitables.