Más universidades, ¿más desigualdad?
PalmaBaleares ha vivido durante décadas al margen del boom de las universidades privadas que han transformado buena parte del mapa universitario del Estado y también de otros países de nuestro entorno. Hasta hace poco, el territorio parecía resistir a proyectos que a menudo tenían más de negocio urbanizador y turístico que de iniciativa académica, proyectos que se detuvieron. Pero ese escenario ha cambiado. A partir del próximo curso, las Islas se abren de par en par a la llegada de universidades privadas, con nuevos estudios, recursos económicos y grandes edificios que prometen sacudir el sistema universitario tal y como lo hemos conocido hasta ahora.
El fenómeno no es ni anecdótico ni local. En España hay ahora 50 universidades públicas, exactamente las mismas que a principios de siglo. En cambio, en este mismo periodo, las universidades privadas se han duplicado más: ya son 42 y todo apunta a que la cifra seguirá creciendo. La universidad, cada vez más, es también un negocio. Y cuando la educación superior se inscribe en las lógicas del mercado, conviene preguntarse a quién sirve ya quién deja fuera.
Sin desmerecer cualquier iniciativa educativa, es imprescindible alertar de los riesgos evidentes de elitización y aumento de las desigualdades. Estudiar en una universidad privada puede costar entre diez y veinte veces más que hacerlo en una pública. Esta diferencia económica no es menor: puede convertir el acceso a determinados estudios –que la UIB no ofrece o sólo puede ofrecer con plazas muy limitadas– en un privilegio reservado a quien puede pagarlo. El resultado es una universidad a dos velocidades, que reproduce y afianza las desigualdades sociales.
A esta cuestión cuantitativa se añade un debate cualitativo. La investigación es una prioridad –casi una obligación– para el profesorado de la pública por su compromiso con el conocimiento y con la sociedad. En el modelo privado, en cambio, la investigación no se entiende a menudo como inversión estratégica, sino como un gasto que no siempre encaja con el objetivo principal, la rentabilidad. También existe otro factor clave en un territorio como el nuestro: la lengua. Las universidades privadas muestran, en general, poco interés por la lengua propia y tienden a priorizar el castellano y el inglés, con su impacto cultural.
Es cierto que Baleares llegara tarde a la universidad y que nunca se ha hecho una apuesta suficientemente ambiciosa y sostenida. Aún hoy, demasiados jóvenes deben ir a estudiar fuera, con los costes económicos que esto conlleva, y muchos ya no vuelven. Por eso, el debate no debería ser cómo estamos sustituyendo a la universidad pública, sino cómo reforzarla.
Creer en la universidad pública no es una consigna ideológica. Es una decisión estratégica. De sus valores –la equidad, la investigación, el arraigo en el territorio– depende el futuro de nuestros jóvenes. Es decir, el futuro de Baleares.