Turismo y cambio climático: adaptarnos a él o morir

Este verano hemos vuelto a batir récords que nos han hecho la vida más pesada tanto a los turistas como, sobre todo, a los residentes: el calor más persistente desde que hay registros, noches con mínimas que rondan los 30 grados en media Mallorca, un mar Balear convertido en caldo a 33 grados, que alimentará las tormentas que nos anuncian para las próximas semanas. Ante esto, se habla de la palabra mágica: ‘adaptación’. De acuerdo… pero ¿adaptar qué, cómo y, sobre todo, a costa de quién? ¿Adaptación para garantizar las ganancias empresariales en un escenario de riesgo, o para garantizar una mínima calidad de vida para la mayoría?

Porque hay una pregunta previa que ni el Gobierno ni la patronal quieren formular: ¿es viable el monocultivo turístico en un escenario de clima extremo? ¿Tiene sentido el “sol y playa” cuando el sol quema, cuando los veranos se hacen cada vez más largos e insoportables, cuando salir a la calle a las cuatro de la tarde se convierte en una temeridad? Mientras Aena y la industria hacen récords de beneficios, la realidad material dice otra cosa: un sistema eléctrico que deja a miles de personas a la intemperie en plena ola de calor, unas reservas hídricas al 43% en agosto, media Mallorca en prealerta y Eivissa seca tras décadas de advertencias.

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Los territorios insulares somos doblemente vulnerables: dependemos del exterior para la energía y los alimentos, y no tenemos dónde huir del calor. Somos, además, parte de un Mediterráneo que se calienta un 20% más rápido que la media del planeta. Pero ser vulnerables no nos quita responsabilidad: los miles de vuelos, cruceros, yates y jets que sostienen el modelo generan unas emisiones que son glocales, que calientan el mar que nos hierve y también las tierras de donde huyen quienes mueren en patera frente a nuestras costas. Somos víctimas y, al mismo tiempo, verdugos del cambio climático.

La respuesta del poder es una huida hacia adelante disfrazada de modernidad, aquello que Naomi Klein llama ‘capitalismo del desastre’: más desaladoras, más potencia eléctrica, más climatización y la promesa eterna de la "desestacionalización", que en la práctica no significa repartir los turistas, sino alargar la temporada. Es decir: crecer más. La adaptación entendida como la manera de no cambiar nada: gastar más energía para combatir el calor que genera gastar más energía. Adaptar el territorio al turismo, en lugar de adaptar el turismo –y la economía entera– a los límites del territorio. Y cuando lleguen las tormentas, volveremos a descubrir torrentes urbanizados y zonas inundables llenas de plazas turísticas.

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Es aquí que hay que hablar de justicia climática, porque el calor no es democrático. Este verano, Palma e Ibiza figuran entre los aeropuertos europeos con más tráfico de jets privados, y los cruceros continúan vertiendo sus súperemisiones en nuestros puertos mientras incumplen incluso las limitaciones (¡voluntarias!) de pasajeros. Al mismo tiempo, miles de familias de los barrios obreros pasan las noches en vela en viviendas mal aisladas, sin poder permitirse aire acondicionado, y con calles y plazas sin un árbol que haga sombra. Quienes más calientan el planeta –el 1% que vuela en jet privado, la industria crucerística, el turismo de hiperlujo– son exactamente quienes mejor pueden pagar para protegerse de él. Y quienes menos han contribuido pagan el precio con el cuerpo, porque el calor mata, y mata sobre todo a gente mayor, pobre y mal alojada. Si las olas de calor mataran turistas, hace tiempo que tendríamos un plan de choque. Cualquier plan de adaptación que no empiece por aquí –árboles y sombra en los barrios, refugios climáticos, rehabilitación de vivienda, tarifas justas– no es adaptación: es abandono.

Por eso sostengo que la mejor política de adaptación al cambio climático que podemos hacer en las Islas tiene un nombre que da miedo en los despachos del poder: decrecer turísticamente y diversificar la economía. Reducir turistas, vuelos, cruceros y jets privados no es ninguna excentricidad: es liberar el agua, la energía, el suelo y el trabajo que necesitaremos para la economía venidera. Agricultura de proximidad, industria y conocimiento que den trabajo estable todo el año, cuidados y servicios públicos dimensionados para la gente que vive allí, economía social que ponga la vida en el centro y no los beneficios de dos dígitos para unos pocos. Diversificar no es un lujo para cuando las cosas vayan bien: es el único seguro de vida ante un clima que hará cada vez más incierto –y más injusto– el monocultivo.

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El cambio climático nos obliga a elegir: continuar adaptando las islas al turismo hasta que el calor, la sed y las tormentas lo hagan imposible, o adaptarnos a él de verdad. La primera opción nos promete el lujo de Son Vida para unos pocos y golpes de calor para los demás. La segunda es hacer posible que dentro de treinta años todavía se pueda vivir –y vivir bien– en estas islas. Lo dice bien claro un lema cada vez en boca de más gente: ‘Menos turismo, más vida’. Pues eso, exactamente eso, es adaptarnos al cambio climático.