Aeropuerto de Palma
18/07/2026
Director del ARA Balears
2 min

Se suceden los gobiernos, los regidores, los planes, las jornadas y las presentaciones. Y se suceden las buenas palabras, las intenciones y, desde hace un tiempo, una cierta autocrítica. “Estamos al límite”. Ahora, hasta el PP admite que las Islas están a punto del colapso.

No se puede pasear con calma, porque todo está lleno de turistas; las plazas y calles del centro están llenas de terrazas y, por supuesto, las playas, los roquedales y cualquier rincón acogen una multitud que impide un mínimo disfrute del momento. Esto por no hablar del transporte público, donde se puede estar una hora de pie, y los autobuses que pasan y no paran. Y los eternos trayectos en coche, porque vivimos atascados.

Da mucha pereza tener que estar todo el día hablando de esto. Pero es que resulta que es lo que le pasa a la mayoría de los ciudadanos. No hace tanto, en las Islas se vivía ciertamente bien. Ahora, a momentos y en ciertos círculos, acaba siendo agotador. Por este motivo, Marga Prohens no tenía muchas opciones cuando el pueblo empezó a mostrar su frustración a raíz de la saturación. No se podía negar la evidencia, y no lo hizo.

Pero lo que ya tampoco podrá soportar mucho tiempo más ningún gobernante, sea cual sea su color político, es continuar enredando con diagnósticos, mesas y futuribles. Hacen falta acciones valientes. Y guste o no, hay una que es básica: revisar la capacidad de crecimiento urbanístico. El resto, incluso echar ahora la culpa a Aena (por supuesto, entusiasmada por traer cuanta más gente mejor), no aporta nada. La gente viene a las Islas porque cabe. Encuentra casas, chalets, pisos y hoteles. Y hoy en día, la única industria que tenemos además del turismo es machacar el territorio haciendo más chalets. Y para pararlo no necesitamos al Estado.

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