Quien troca la cabeza se rasca

Esta semana pasada, el profesor Gabriel Bibiloni, de quien guardamos honda estima quienes le conocimos cuando estudiábamos Filología Catalana en la Universidad de las Islas Baleares, fue protagonista de un suceso que, más allá de la molestia que le supuso a él, a la dependienta que le atendió ya los responsables del establecimiento donde aconteció, es el reflejo de la agonía humillante y el desprecio escandaloso que debemos vivir los catalanohablantes cuando salimos de nuestro guijarro tribal, de lo que hoy llaman "la zona de confort".

Son los efectos indiscutibles de la mentalidad colonizadora y del proceso de sustitución lingüística que parece haber cogido velocidad de crucero en las dos o tres últimas décadas. En la parte foránea de Mallorca hemos pasado de una sociedad prácticamente monolingüe, hace tres cuartos de siglo escasos, a no poder dar un paso por dentro sin travelar con la omnipresencia del español.

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El doctor Bibiloni presentó denuncia del caso en la Dirección General de Consumo y lo publicó en su cuenta de Twitter. La noticia corrió como la pólvora y en su punto se hacían eco los dos grandes diarios mallorquines. Son dos diarios de vocación central, lejos de los extremos, y sobre todo lejos de la extrema derecha. Otra cosa son los lectores. Nos podemos alegrar al ver que dos medios del alcance deUltima Hora y Diario de Mallorca se hacen eco de una situación de conflicto lingüístico, pero al ver los resultados de la publicación uno queda con el cabello de pie (y miráis que es difícil, en mi caso). El mundo de hoy es un mundo de titular, de tuit inmediato, de prejuicio, de ahogo en el espacio de reflexión. Los comentarios de colonizadores, gonellas, indocumentados, perfiles anónimos y otros personajes de pelaje discutible tienden a la infinitud. Todo el mundo se ve autorizado a decir la suya, en esta nueva democracia que se sustenta más en el ruido que en la palabra, más en el individuo aislado que en la comunidad, más en el enaltecimiento de la ignorancia que en el conocimiento y el respeto.

No llegamos a saber, pues, si la publicación de esta noticia nos satisface porque da visibilidad al problema o nos estremece porque nos pone en el punto de mira de estos francotiradores de la estulticia. Comentarios dirigidos a Gabriel Bibiloni ya la situación que ha tenido que vivir hay cientos. Si les contáramos de delgada cuenta, acaso saldrían miles. La gente va encendida.

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Entre todos, hubo uno que me llamó la atención. Hablaba de hacer cursos de catalán para la gente que no supiera, de empatía, de buena predisposición y de buena voluntad, pero alertaba de que no estaba bien obligar a nadie a hablar una lengua. Por supuesto, el comentario estaba escrito en español.

Y es curioso, porque no era, ni fue, ni será, el único caso. Cada vez que hay una situación de estas, salen los pobres hispanohablantes a llorar ante el mundo que no podemos obligarles a hablar catalán. Y todos, sin excepción, olvidan que cada una de estas situaciones de conflicto lingüístico, sin excepción, nace del hecho de que hay una persona (castellanohablante) que obliga a otra (catalanohablante) a trocar de lengua. El doctor Bibiloni no pidió a la dependienta que le hablara en catalán. Sólo que lo entendiera. Salen, también, los de la educación. Como dentro del proceso de sustitución lingüística ya han conseguido que todos los catalanohablantes sepamos español (la ley nos obliga: véase el artículo 3 de la Constitución española) resulta que es de muy mala educación no baratar de lengua, porque, si queremos comunicarnos, debemos hacerlo en la lengua que tengamos en común.

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Hoy podemos decir que un grueso importante de alumnos salen de nuestros institutos con una competencia suficiente (seamos generosos) tanto en español como en catalán. Son bilingües, aunque muchos de ellos, en su mayoría, tienen el español u otra lengua extranjera como lengua primera o lengua familiar. Pero alerta, para encontrar una conversación en catalán entre dos alumnos en un instituto, se hace imprescindible que ambos se signifiquen y sean identificados como catalanohablantes (de primera lengua). Si no es así, la conversación será en español, algo que, desgraciadamente, debemos trasladar también al resto de la sociedad.

Esto no ocurre porque sí. Se llama "norma de uso" y arraiga dentro del cerebro de los catalanohablantes (como pueblo colonizado) desde el primer momento de la socialización. Reproducen los estereotipos que han visto ejecutar sin vacilación a sus progenitores y en todo su entorno catalanohablante. Baratan de lengua ante el castellanohablante, ante lo desconocido, ante el externo, ante el extraño. En definitiva, ante todo aquél que no pertenece a la tribu.

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Es una forma de sometimiento lingüístico, pero también de exclusión, porque no permite que la persona que nos escucha pueda tener contacto con la lengua catalana, ni conocimiento de su existencia.

Es ahí donde emerge, necesaria y urgente, la conciencia lingüística y la reversión voluntaria de las normas de uso. Tal como lo hizo el profesor Bibiloni la semana pasada en Leroy Merlin y como lo hacemos cada día cientos, espero que miles, de personas en Mallorca, sabiendo que nuestra actitud generará controversia, y que encontrará respuesta y pie fitero por parte de gente que vive y trabaja aquí y que no tiene ningún inconveniente en escuchar hablar inglés, alemán o francés y que lingüísticos que tenga a su alcance para hacer posible la comunicación. Sólo a alguien con mentalidad colonizadora le puede pasar por la cabeza pedir que le hablemos en una u lengua u otra. Por eso, gestos y actitudes como los de Gabriel Bibiloni no sólo son loables, sino que son radicalmente necesarios para hacer presente nuestra lengua en todos los ámbitos de la sociedad y para hacer entender a todo el que vive aquí que la lengua del país es la catalana y no conocerla ni quererla conocer es un signo de desprecio hacia la tierra y hacia la gente que la ha hablado.