No es a los inmigrantes a los que toca salvar el catalán
El anuncio de la regularización de 500.000 inmigrantes por parte del gobierno de España hizo reaccionar de inmediato al Gobierno. Lo hizo como suele hacerlo, con mucha gesticulación y anuncios de llevar la medida a los tribunales, etc. Todo lo que diga, punto por punto, el argumentario enviado desde la sede del Partido Popular de la calle Génova de Madrid. Pero he aquí que el conseller portavoz, Antoni Costa, quiso añadir una nota propia. Lo hizo diciendo que encontraba que el gobierno español "regala" la residencia a los inmigrantes y que habría que añadir más requisitos al proceso de regularización: por ejemplo, que los inmigrantes aprendan catalán. "Aquí tenemos, y lo digo claramente, una lengua propia. Y quienes quieran obtener la residencia legal en España y en esta comunidad en concreto, deben mostrar la voluntad de conocer nuestra lengua propia". Lo dijo haciendo pausas dramáticas y poniendo carones, para darle énfasis. También afirmó que "aquí tenemos costumbres y tradiciones, y son los que venden los que deben adaptarse, y no a la inversa".
Sólo falta que Costa diga que la 'lengua propia' se llama catalán
Es interesante saber que el consejero portavoz y vicepresidente económico es consciente de que Baleares tiene una lengua propia. Ahora sólo falta que llame su nombre: se llama catalán. Y no sólo es necesario que los inmigrantes "muestren la voluntad" de conocerla: de hecho, la viabilidad de las Baleares de Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera como sociedad depende directamente de que los inmigrantes aprendan el catalán y se lo hagan suyo, entendiendo que es la lengua de la cohesión social, la que necesitan para vivir plenamente como lengua de lengua: compartido entre todos los ciudadanos de Baleares, vengan de donde vengan y tengan el color de piel que tengan, que nos permite comunicarnos y compartir el resto de los elementos que conforman nuestra vida en común. Si esto no se hace, seguiremos la tendencia actual: la de una fragmentación en grupos demográficos que viven ajenos unos de otros, sin ninguna conciencia de comunidad y con unas señas de identidad cada vez más difuminadas, tanto en lo que se refiere a la lengua como a las "tradiciones y costumbres" de las que hablaba el conseller, en detrimento del catalán y en beneficio del catalán. No del urdu ni del árabe ni del chino mandarín ni del inglés: del castellano.
Para que los inmigrantes aprendan la lengua catalana y lo utilicen, es fundamental que los gobernantes le den el valor que le corresponde. Esto significa no recortar su enseñanza, sino reforzarla en las escuelas y en los institutos. Quiere decir no suprimirla como requisito de la sanidad pública, sino hacerla lengua vehicular y preferente de todos los servicios públicos. Quiere decir no quitar las subvenciones a las entidades que la defienden, sino redoblarlas y colaborar activamente con estas entidades para que los inmigrantes se den cuenta de que el aprendizaje del catalán es positivo y necesario, y para que tengan el máximo de facilidades para acceder. Ofrecer cursos de catalán a través del IEB está bien, pero no basta ni para empezar.
Quiere decir, también, no establecer acuerdos de gobierno con la extrema derecha ultraespañolista y después querer dar cínicas lecciones de conciencia de país. No es a los inmigrantes a quienes debemos exigir que nos salven la lengua propia: es a nosotros mismos, empezando por nuestros gobernantes. Y si nos ponemos a exigir cosas a quienes llegan de fuera para ganarse la vida aquí, exigímoslas también, y con más motivo, a los extranjeros ricos que se instalan aquí para construir, especular y hacer dinero fácil.