Tractorada y españolismo

PalmaLas tractoradas que, por separado, realizaron los campesinos de Mallorca este pasado jueves contra el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur han dejado imágenes muy elocuentes. Fueron tan expresivas que, incluso, van mucho más allá del rechazo a un acuerdo que tendrá consecuencias muy graves por foravila –no sólo económicas, sino también medioambientales– y que supone una nueva estocada en un sector, en un campo, ya bastante castigado, especialmente en Baleares.

La realidad es que ni ante este ataque frontal los campesinos de Mallorca han sido capaces de ir unidos. Y esto no sólo les debilita, sino que resulta profundamente significativo. Porque la tractorada más masiva, la protagonizada por los siempre conservadores de Asaja, tuvo poca protesta y mucha película de Torrente. Una merienda de señoritos en un restaurante popular es una forma al menos curiosa de manifestarse, de protestar. Más bien parecía una escenificación calculada: simular que se protesta sin incomodar demasiado contra un acuerdo al que el Partido Popular –el partido del conseller de Agricultura del Gobierno y dirigente histórico de la propia Asaja– votó a favor en Europa.

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También es revelador que los tractoristas mallorquines no se manifestaran cuando lo hicieron los campesinos catalanes, la segunda semana de enero, justo los días en los que el acuerdo con el Mercosur era plenamente de actualidad. Aquello fue una gira de espaldas explícita al campesinado catalán. Sin embargo, hay que recordar que ni el sindicato más progresista Unió de Pagesos ni los campesinos ecológicos de Apaema se sumaron a la merienda pantagruélica, que hicieron manifestación por su cuenta y que, además, emitieron comunicados de apoyo a las reivindicaciones de los campesinos catalanes.

En todo caso, la insolidaridad con Cataluña no es gratuita. Aquí, como siempre, tiene un claro significado político. La tractorada más multitudinaria, la de la reunión para merendar, iba cargada de banderas españolas. Las exhiben en todas las tractoradas. Y Vox no sólo está habitualmente muy presente, sino que sabe perfectamente que puede sacar rédito, y mayor. Mientras la extrema derecha se erige estos días en fiscal de las bibliotecas de Palma, exigiendo que se cuenten los libros en catalán y en castellano –aunque los bibliotecarios ya han demostrado que hay muchos más en castellano: 150.004 contra 86.945–, el discurso anticatalanista vuelve a funcionar como carburo.

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De todas estas almazaras identitarias y lingüísticas, tanto viejas como efectivas, Vox sabe seguro que saca beneficio. El campo, mientras, sigue perdiendo. Porque cuando la protesta se diluye entre banderas, meriendas festivas y cálculos partidistas, lo que queda en segundo término es lo esencial, lo que importa: la defensa de un modelo agrario viable, digno y sostenible. Lo que nos espera, si no existe unidad ni contundencia, no es sólo un campo más débil. Es un país aún más fracturado. Precisamente, lo que conviene a la extrema derecha.