Torres y atalayas: ahora más que nunca
¿En qué momento renunciamos a tener en cuenta la humanidad? ¿Cuándo dejamos de empatizar con el sufrimiento de los demás? ¿Cuál fue la última vez que nuestra sensibilidad se vio alterada por una tragedia humanitaria? Este verano hemos visto impasibles cómo más de ciento cuarenta seres humanos se dejaban la vida en la frontera de Ceuta mientras nosotros nos tomábamos una cerveza fresca y mirábamos la puesta de sol. Hemos asistido, una vez más y con la misma impasibilidad, a la muerte o la desaparición de más de mil seiscientos seres humanos en medio del Mediterráneo, mientras intentaban encontrar un futuro en nuestras costas.
¿Os imagináis que los primeros ciento cuarenta hubieran muerto aquí, en un atentado a un tren o en un terremoto? ¿Os imagináis que los otros mil seiscientos fueran las víctimas de un crucero que se hubiera hundido? ¡Qué tragedias, no? Y, sin embargo, estos cientos o miles de seres sin nombre, con una piel un poco más oscura que la nuestra, no alteran nuestra cotidianidad si no es para convertirse en moneda de cambio en la disputa política, en la constatación del apocalipsis que anuncian aquellos que –apelando a nuestros bajos instintos– hacen del odio a la diferencia su razón de ser.
Cuando hace diez años, un grupo de profesoras y profesores del IES Marratxí, con los miembros de la Sociedad Balear de Matemáticas y acompañados de cientos de ciudadanos de Mallorca decidimos conmemorar el cuarto centenario de la muerte del médico, astrónomo, matemático e historiador mallorquín Joan Binimelis con el encendido simbólico de las torres y atalayas que forman parte del sistema de defensa que él organizó, pensamos que estaría bien otorgar un nuevo significado a estos elementos de nuestro patrimonio arquitectónico. En el manifiesto que redactamos para aquella ocasión escribíamos: "Que aquellas torres y atalayas que, en su origen, fueron concebidas como elementos defensivos ante los innegables peligros que llegaban del mar, sirvan ahora como faros para iluminar el camino de aquellas personas que, huyendo de la guerra, la violencia y la miseria, aspiran a una vida mejor. A una vida sencillamente humana". Era la época en que la guerra de Siria había provocado una diáspora en la que millones de refugiados querían abandonar el país y llegar a Europa. El drama de los refugiados fue encarado de maneras diversas por los diferentes estados europeos, pero todavía se hacía sentir un clamor ciudadano favorable a la acogida. Era, todavía, la época en que la imagen del pequeño Aylan ahogado en una playa turca nos conmovía y apelaba a nuestras conciencias.
Durante diez años, el acto de encendido de las torres y atalayas por los derechos humanos ha tenido continuidad. Se han añadido nuevos colaboradores –el Fondo Mallorquín de Solidaridad, Amnistía Internacional y el Consell de Mallorca–, hemos multiplicado el número de puntos de encendido más allá de las torres del sistema defensivo ideado por Binimelis e, incluso, hemos exportado la iniciativa a otros lugares de las costas mediterráneas. Pero no hemos avanzado mucho en las demandas que nos impulsaron a proponer esta iniciativa, es decir, los derechos humanos –y, particularmente, los de los migrantes– y la defensa del patrimonio arquitectónico histórico de nuestras islas.
En cuanto a esta última, aunque hay que reconocer que –especialmente en la pasada legislatura– nuestra iniciativa representó un grito de alerta que, en mayor o menor medida, fue recogido por las instituciones, las leyes y los decretos que regulan la construcción y el uso del suelo rústico continúan permitiendo los edificios y los campos de golf al lado o rodeando elementos del patrimonio arquitectónico y algunas de las torres de defensa siguen su proceso inexorable de derrumbe. Por esta parte, pues, no podemos estar muy satisfechos.
Y en relación con la reivindicación humanitaria, no solo no hemos avanzado, sino que vamos hacia atrás. Hace diez años, también advertíamos que los caballeros blancos del Ku Klux Klan volvían a cabalgar por las praderas norteamericanas y que las orejas del lobo del fascismo se volvían a alzar en el corazón de una Europa desconcertada. Pues bien, ahora ya están en los gobiernos y en las instituciones y son quienes deciden las políticas migratorias, con ejemplos tan vergonzosos como las actuaciones del ICE en los EE. UU. y la creación de centros de deportación fuera de las fronteras de la UE, que comenzó el gobierno italiano y que ha sido aceptada acríticamente por la mayoría de los otros miembros de la Unión.
Mientras tanto, pagamos a otros países que hacen frontera con la Unión Europea –como Turquía y Marruecos– para que nos hagan el trabajo sucio. Por la parte que nos toca, las instituciones y los gobiernos autonómicos se miran el drama de Ceuta con la preocupación sobre el número de menores que tendrán que acoger. O no, porque algunos aprovechan el drama para hacer bandera de su insolidaridad y así –incomprensiblemente– todavía recaudan más votos de una ciudadanía cada vez más desinformada, asustada y anestesiada.
Y en este contexto, los representantes de aquel grupo de idealistas que hace diez años encendimos las torres y atalayas para levantar la voz contra la vulneración sistemática de los derechos humanos y para pedir un respeto absoluto por la dignidad de cualquier vida humana, recibimos la notificación de la concesión del premio Jaume II por nuestra iniciativa. No podemos dejar de sentir orgullo por el hecho de que la principal institución insular se acuerde de nosotros y reconozca el mérito de esta iniciativa ciudadana, pero, a la vez, no queremos dejar de denunciar la doble moral de aquellas fuerzas políticas que, con una mano nos ofrecen reconocimiento y con la otra toman decisiones y contribuyen a extender discursos que son radicalmente opuestos a nuestras demandas.