Poco después de la aprobación del matrimonio igualitario, asistí a una cena donde tratamos el tema. La ampliación de derechos me parecía un acto de justicia, además de una obviedad. Una compañera de trabajo deslizó que ella preferiría tener un hijo drogodependiente antes que homosexual. Nos quedamos petrificados. Si le hubieran dado un puro y una copa de Soberano, habría sido capaz de decir (rascándose los huevos que no tenía): “Mejor un hijo yonqui que un maricón”. En mi cabeza sonó así, solo que ella no era Torrente. Y solo tenía 30 años. Otro conservador puso en duda la adopción en parejas homosexuales bajo el argumento de que, claro está, cómo podían dos hombres criar a un hijo. Pues igual que una madre soltera o los tutores de un niño huérfano, por ejemplo.
La Torrente de esta historia –con un odio de clase tal que se avergonzaba de un padre carnicero y presentaba a la gente con apellido solo si eran de clase alta– apuntaló la idea con el argumento de que se burlarían de los niños adoptados en la escuela. Su hombre, el abogado del cual ella se enorgullecía, asintió.
Por suerte, en esta mesa éramos mayoría los que rebatíamos barbaridades y estábamos dispuestos a hacer más ruido. He recordado esta anécdota porque, veinte años después, es noticia que un profesor de un instituto de Andratx ha recibido ataques homófobos por parte de un grupo de alumnos. Nos queda mucho por hacer si todavía un profesional es señalado por su orientación sexual. Quiero creer que dos décadas de visibilización y avance social –no olvidemos las manifestaciones del PP y la Iglesia con pancarta contra la ley– han convertido hechos como estos en un reducto que una mayoría censura. Educar en la diversidad –no es tolerancia porque no hay nada que tolerar– debería empezar desde casa y sí, continuar en las escuelas.
No se trata de adoctrinamiento ni de imponer máfias LGTBI, como proclaman los discursos de odio de la ultraderecha, sino de convivencia y, sobre todo, de respeto. Y que no venga ningún padre a decir que nadie tiene que saber con quién se acuesta el docente. Que se limiten a pensar si cualquiera de sus argumentos sería válido para un profesor heterosexual, que, abiertamente, puede hacer un comentario sobre su pareja si surge de manera natural. Ojalá Torrente fuera solo un personaje satírico de ficción. Y no tuviera réplicas reales de 15 años. Ni de padres de adolescentes.