La toponimia no es un capricho político
Leo que el partido de extrema derecha Vox dice que condicionará su apoyo a la aprobación de las 88 enmiendas a la ley de proyectos estratégicos –una verdadera sacudida al ordenamiento vigente que modificará casi treinta leyes– a un cambio en la toponimia de las Islas Baleares: “Que se vuelva a la toponimia bilingüe, Palma-Palma de Mallorca, Maó-Mahón y otros como Santanyí-Santañí”. El Gobierno ya le ha respondido que no está de acuerdo con eso, ya que contraviene la Ley de normalización lingüística.
Lo que propone Vox es un desbarajuste anticientífico. Los nombres tienen una significación y una correcta denominación que, a menudo, es menospreciada por las jugadas políticas, como se demuestra ahora, en un momento en que habíamos llegado, después de un trabajazo de normalización toponímica, a un acuerdo generalizado. Por cuestiones profesionales he tenido un fuerte contacto con la toponimia y sé que los nombres de las cosas, de los lugares y de la gente, la antroponimia y la toponimia, también son asediados por los despropósitos. Los nombres de lugares marcan el territorio, desde los microtopónimos –un abismo, un cortado, una coma, un collado, una peña…– a los macrotopónimos: de América (América por culpa de Amerigo Vespucci), hasta Mallorca (de ‘Maiorica’, la 'mayor' de un grupo de islas). En toponimia también se configuran 'estratos'. En Baleares hay nombres de estratos prerromanos, romanos, árabes, beréberes, mozárabes y, la gran mayoría, catalanes, que designan miles de lugares concretos. Hay también topónimos ‘
oscuros’, difíciles de desentrañar en su origen.
Sobre esta riquísima red, se esparció el maltrato de la denominación castellanizadora de los topónimos mal escritos –'Casucha' por ‘Carrutxa’, y ‘Lluchmayor' por ‘Llucmajor’. Una primera meta fue la correcta denominación, tarea más o menos resuelta, no sin batallas, como la de aquel alcalde que quería recuperar la 'i' que había antes, e indebidamente, en Andratx. Así las cosas y después de debates diversos, la recogida y normalización toponímicas, a escala académica y política, había quedado resuelta hasta que, de vez en cuando, vuelven a salir bultos o agujeros de antaño y problemáticas irresolutas. Entre estas últimas, la de la neotoponimia inventada de los hoteles y las urbanizaciones litorales, que estudié como la 'Nova toponímia del turisme’. Miles de bares, restaurantes, hoteles y apartamentos turísticos devienen guía y referencia dominante con nombres sin mucha gracia: Hotel San Francisco, Bahía Palace y Los Milanos, tanto da. Y, además, cientos de urbanizaciones (Shangri-La, La Siesta, Bellevue, Porto Cristo Novo y Palmañola –confeccionado con la mitad de Palma y Buñola–), nuevos establecimientos, con sus correspondientes calles, desde la calle del Pulpo' hasta la calle del Calamar’. Tiempo después tuve que tratar con los militares del Servicio Geográfico del Ejército para llevar a cabo la toponimia de las hojas del Mapa Topográfico Nacional 1: 25.000. Islas Baleares’. Me decía un general, preocupado e indignado, ante la nueva normativa que impulsaba la corrección toponímica: “¡Los nombres de los vértices geodésicos no los pueden tocar, ni el del mar Mediterráneo!”. ¿Historias de un tiempo? ¿O ahora se repetirán? También, junto con Antoni Ordinas, dirigimos la toponimia de las hojas del mapa de las Baleares 1:5.000, mapa de referencia para la cartografía autonómica y del cual, ahora, el mismo Gobierno balear es el encargado del mantenimiento.
Nombres de falangistas y militares
Al mismo tiempo sobrevivían todavía los nombres de calles con la pesada herencia del franquismo –nombres de falangistas y militares, sobre todo– cosa que hacía muy necesaria una recuperación del bagaje de nombres tradicionales. Otro problema sobrevolaba nuestras preocupaciones, el abandono de la ruralidad: los microtopónimos se perdían para siempre con la muerte de campesinos, pastores y labriegos. Filólogos y geógrafos continuamos la tarea, que no quiero decir que esté acabada, pero sí muy avanzada. Paralelamente a todo esto hacía falta aplicar la corrección toponímica, truncada por la cartografía oficial durante años, hecha por agrimensores y militares forasteros, con ignorancia y menosprecio por nuestra lengua.
La toponimia y su manejo necesita una preparación y unos conocimientos, filológicos y geográficos, sobre todo. Pero, siempre salen y se movilizan toponimistas aventureros –no se les conoce ninguna labor anterior como expertos en la materia– siempre para conseguir que no se mueva nada, porque se eternice el error o porque no se mueva el topónimo de su grafía española. Los desbarates que había en la toponimia de los mapas oficiales era impresionante, heredera de aquellos topógrafos y agrimensores que transportaban sobre el papel fonéticas desconocidas para ellos: el ‘molí Paperer’ fue cartografiado en el mapa como el 'molino de Popeye' y ‘Santanyí’ por 'Santañí'... les ahorro la relación completa de desastres toponímicos. Estas comisiones de aficionados que se despiertan con un interés súbito por la toponimia suelen emplear razonamientos muy discutibles, científicamente, tales como: si se cambia el nombre incorrecto por el correcto, dicen, se perderá la marca comercial o turística y eso nos traerá pérdidas económicas. Se intenta así juntar a su comitiva a empresarios y políticos afines. Esta es la causa del topónimo bífido Eivissa o Ibiza. O usan, también, otras razones más, digámoslo así, pseudoacadémicas. Una de ellas, la cartografía histórica. Miren, he publicado más de veinte trabajos sobre mapas antiguos de las Illes Balears y con la toponimia en los mapas históricos hay que ir con mucho cuidado; durante muchos años algunos de estos mapas eran hechos en el extranjero y los cartógrafos se copiaban, los unos a los otros, sin haber estado nunca en el lugar que escribían en el mapa. Un ejemplo, durante más de trescientos años, en muchos mapas antiguos, valiosísimos, en Eivissa sale el topónimo 'San Hilario', que no es otra que Santa Eulalia. Es cierto que la inseguridad en las grafías es corriente, pero el nombre de Maó, sin la hache ni la n final, es el más empleado, de largo, en las famosísimas cartas náuticas antiguas. En pocas palabras, ¿no existe ya un Nomenclàtor Toponímic Georeferenciat de les Illes Balears? ¿No tiene el Govern una Comisió de Toponímia de les Illes Balears, creada mediante el Decret 36/2011, de 15 d'abril? ¿Estos toponimistas aficionados no podían distraerse con otra cosa menos ridícula para pasar el tiempo?