26/05/2026
Escritora
4 min

En nuestra casa, como supongo que en el 70% de las familias mallorquinas durante el siglo XX, teníamos una tía monja. La nuestra era hermana de mi abuelo. Siempre le había dicho “la tía monja”, pero tenía un nombre civil: Magdalena Bernat Gomila, y era de la congregación de las Hermanas Misioneras de los Sagrados Corazones de Jesús y María (disculpad la pomposidad del nombre).

Fue como una especie de madrina nuestra. Nos quería con aquella rabiosa intensidad que quieren los niños de la familia los que no han tenido hijos, y sus visitas eran como fiesta mayor.

Sabíamos que había llegado (estoy hablando de aquella época en la que en las casas de pueblo nunca cerraban, y simplemente abrías la puerta y entrabas) cuando oíamos de repente aquella voz de contralto con la que hacía aspavientos por todas partes y contagiaba el aire de aquella efervescencia. No teníamos ninguna duda, de todas todas, que estar con nosotros la hacía feliz.

Recibía con alegría cualquier pequeño acontecimiento nuestro (aprender a nadar, un examen aprobado, un trabajo, un coche nuevo… todo era fantástico si venía de nosotros), no hacía ningún esfuerzo por disimular que mi madre era su sobrina favorita (no podía ser de otra manera: tengo la convicción de que ella fue, de largo, la persona que más la quiso y que más caso le hizo) y tenía aquel sentido del humor grueso de la gente de un tiempo: le recordaba anécdotas o afirmaciones que hoy en día dan vergüenza, actitudes que de ninguna manera pasarían el filtro de la corrección política y que no repetiré porque no os llevéis una idea equivocada: era muy buena gente, y hablaba como las personas de aquellos años con aquellas vivencias. 

Así como con la edad vuelvo a las mujeres que me han precedido, a las abuelas, a las tías, a estas existencias humildes y pequeñas que acompañaron mi infancia, cada vez las entiendo más y más, y cada vez me sabe más a pena no haber aprovechado mejor el tiempo, no haberlas escuchado más. Porque yo la quería mucho, a la tía monja, pero se me hacía un poco pesada, y poco a poco, aunque siempre la quise, me fui alejando.

Recuerdo que me había tanteado (lo hizo con todas las primas, y debió de encontrar que yo era la más receptiva) y primero de una manera sutil y después, cuando me iba haciendo mayor, sin muchos tapujos, me insistía (como antes había sugerido a mi madre) que valorara hacerme monja. La comunidad iba envejeciendo, necesitaban relevos y yo sería una pieza excelente en la congregación: según me decía, como era lista, llegaría a ser superiora, y además, podría ir de misiones y tendría grandes aventuras.

Ahora podéis pensar que estaba muy fuera de lugar, pero dejad que os explique una conversación que oí de ella, y seguramente la entenderéis mejor:

Hablando con mi madre sobre la crisis de vocaciones, llegó a una conclusión demoledora: dijo que le sabía muy mal, pero que era normal que costara tanto que hubiera monjas jóvenes: ya no hacía falta profesar para estudiar. Y en aquel momento entendí que ella había sido una muchacha inquieta y con ganas de aprender, y este privilegio le era vetado por sexo y por condición social: las jóvenes de pueblo estaban destinadas a casarse y servir a los viejos y a los niños que vinieran. Si una muchacha quería estudiar y viajar, la única salida era hacerse monja.

El precio de la libertad de la tía fue la esclavitud de mi madrina, su cuñada, que se hizo cargo de los viejos en un momento en que no había pañales, ni pañales, ni centros de día, una época en que los servicios sociales eran las vecinas de la calle y la ropa se lavaba a mano. Mi madrina no supo enfadarse con la sociedad que le impuso este papel, y siempre reprochó a la tía monja todo lo que se había ahorrado a costa suya. Víctima del heteropatriarcado, mi madrina cuestionó quién se libraba, no la estructura que la sometía a ella, y me da pena hablar de la opción de la tía monja sin recordar a la madrina. 

Os he de confesar que había comenzado este artículo con la tía monja porque os quería hablar de una frase que dijo sobre el turismo hace muchos años, cuando todavía no estábamos como ahora, y que fue clarividente.

Pero, después, su recuerdo se me ha ido haciendo más y más grande, me ha conducido por donde ella quería, y después ha asomado la madrina reclamando también su espacio: finalmente he acabado escribiendo un pequeño homenaje a estas mujeres que han posibilitado cómo vivimos ahora, sin ser conscientes del papel que han tenido en todo lo que hemos conseguido.  

Porque yo he podido estudiar, y me he casado cuando y con quien he querido, y ahora me dedico a escribir. Y todo esto ha sido gracias a ellas.

Ya hablaré algún otro día de aquella frase de la tía, hoy quería un lugar para estas mujeres, nuestras madrinas que fueron tan esclavas, las tías que se liberaron, y todo lo que les debemos, a unas y otras.

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