Entre therianos y antivacunas: ¿hasta dónde estamos dispuestos a dejarnos engañar?

Decenas de adolescentes grabando dos chicos disfrazados de perro en Arc de Triomf.
23/02/2026
3 min

Estos días pasados, los caprichos del algoritmo han querido hacer aparecer en mi feed de Instagram el fenómeno de los therianos. Se trata de una gente que siente una "conexión interna con animales reales". Dicho de otra forma, se sienten animales. Si son perros o gatos, caminan a cuatro patas. Si son serpientes, se arrastran con la elegante ondulación escamada de esos bífidos que tanta gente encuentra poco agradables. Se ve que el fenómeno es viral en Argentina. Quizás se trata de gente que ha visto que intentar ser persona dentro del régimen de la motosierra es un imposible. Pero no hace falta ir tan lejos: en algún instituto de Mallorca ya hay familias que empatizan con estas peculiares necesidades identitarias de sus hijos.

No quisiera parecer carca ni demasiado conservador, pero el mal de los therianos nos puede servir para ejemplificar la deriva esotérico-conspiranoica que ha tomado hoy al menos una parte del mundo que conocemos. Empezamos en la segunda mitad del siglo pasado con los simpáticos signos del zodiaco, que tantos de nosotros descubrimos que también tenían nombre catalán con Joaquim Teixidor, ese astrólogo que solía salir al Filiprim de Josep Maria Bachs. Luego vino el tarot, que hoy podemos consultar en varias cadenas televisivas dedicadas exclusivamente a este curioso arte de predecir el futuro de la gente y del mundo con unas cartas muy bien dibujadas. Han sido referentes inexcusables Aramis Fuster o las gafas indomables de Rappel.

No debe venir de nuevo nada de todo esto. Llevamos más de 2000 años viviendo encerrados entre las tres grandes religiones monoteístas. Créeme: nada puede haber más esotéricamente conspiranoico. Llega un punto que no se sabe si los humanos tenemos esa necesidad imperiosa de creer en algo o si, verdaderamente, lo que necesitamos es que nos engañen.

Hoy, el esoterismo del zodiaco y el tarot parecen haber involucionado de manera inesperada hacia unas conspiranoyas sorprendentes, como que nos fumigan desde el cielo (ver entrada chemtrails en Wikipedia) o que unos extraterrestres sauris al estilo de la célebre Diana de V están aquí, entre nosotros, para convertirse en los dueños del mundo (ver la entrada reptilianos, en este caso). Muy recomendable es también seguir el rastro visionario que van dejando a su paso el futbolista Marcos Llorente con sus gafas amarillas o Javi Poves, el entrenador terraplanista del Colonia Moscardó de 2ª división RFEF.

Cada uno debe poner las energías donde considere oportuno. Cada uno, seguramente, debe ser libre de dejarse engañar por el iluminado que más le caiga en gracia. Pero cuidado. De un tiempo a esta parte, la conspiranoia ha llegado también para cuestionar la ciencia. Sacamos hoy todo esto a rollo porque el sarampión (la temible "rosa", como le llamaban nuestras madrinas) ha vuelto, después de unos años de considerarse como enfermedad erradicada en nuestro guijarro. Los motivos son dos. El primero, la enorme movilidad poblacional que vive Mallorca, con amplios sectores de población recién llegados y de los que todavía no tenemos datos médicos para confirmar si están vacunados o no. El segundo, más alarmante, la relajación con la que vive una parte importante de la población el deber de salud pública que es vacunarse. Hoy, existen familias que ponen en cuestión las indicaciones facultativas, que son fruto de siglos de investigación científica. Familias, alerta, que deciden no vacunar a sus hijos, atemorizadas por teorías conspiranoicas en torno a los efectos secundarios de las vacunas. El mayor vuelo dice que podrían provocar autismo, una sospecha de que la ciencia se cuida desesperadamente de rebatir con datos y estudios contrastados.

Con el sarampión no podemos ir de verbas. No, no son sólo unos días de fiebre, cuadro gripal y erupciones cutáneas. El sarampión puede empeorar hacia una neumonía o, incluso, hacia una meningitis que, como sabemos quienes tenemos cierta edad, puede resultar mortal. Vacunarse es primordial para la salud propia y para la del grupo. Al alcanzar la inmunidad de grupo (un 95% de vacunados) protegemos también a las personas que, por motivos de salud, no se han podido vacunar.

Como decía la canción: "Madres (y padres) que tienen niños…" protéjase del esoterismo de la pseudociencia y de las conspiranoyas. Nos va la salud, ¡y la vida!

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