La sociedad de la indiferencia

La desafección ciudadana y la idea de que votar no sirve de nada favorecen la antipolítica y amenazan la democracia

5 min
La sociedad de la indiferencia
09/10/2026 - 22:30 h

PalmaIndividualmente, experimentamos la indiferencia como una carencia de interés y motivación hacia un objeto, una persona o una situación. La indiferencia, entendida como apatía, nos debe preocupar cuando nos impide continuar con aquello que habíamos iniciado, con nuestros intereses, cuando interrumpe nuestra conexión emocional con los demás. Debemos aprender a escucharnos y ser capaces de distinguir cuando la indiferencia nos beneficia, cuando actúa de manera adaptativa, como un mecanismo que nos protege de los hechos y las situaciones peligrosas y adversas que nos provocan dolor y que representan auténticas amenazas para nuestro equilibrio emocional.

Los antiguos estoicos, como Epicteto y Marco Aurelio, predicaban la indiferencia selectiva y sabia, enseñaban a distinguir aquello que depende de uno mismo de aquello que no depende de él, y por tanto, invitaban a no malgastar innecesariamente las energías en resolver problemas que se escapan a nuestro control y que no tienen solución, como la muerte. Los estoicos pensaban que la capacidad de discernir lo que merece la atención era la vía más segura para alcanzar la serenidad, y con ella, una vida feliz. Su indiferencia no significaba pasividad ni implicaba aislarse del mundo ni de la política, sino que más bien era una propuesta que ayudaba a actuar siguiendo los dictados de la razón, concentrando los esfuerzos en objetivos que es posible alcanzar y en aquello que es posible cambiar, y evitando así caer en el desánimo si no se conseguían los resultados esperados.

Falta de compromiso político

Pero la indiferencia contemporánea no tiene nada que ver con la indiferencia defendida por los estoicos, porque ha traspasado el ámbito individual y ha colonizado la sociedad, hasta el punto de que podemos afirmar que vivimos en la sociedad de la indiferencia. La indiferencia colectiva es un síntoma, un indicio de la falta de compromiso político y uno de los males más nocivos para la democracia, ya que deja el terreno abonado para que la extrema derecha promueva en él el apoliticismo y la antipolítica, el conformismo y la desmovilización social.

La generalización de la pasividad no ha sido ningún fenómeno que se haya desarrollado de manera espontánea, sino que es el resultado de la acción intencionada y persistente de las fuerzas políticas más reaccionarias. La extrema derecha ha sabido comprender que la indiferencia es una herramienta políticamente muy poderosa, que está dando sus frutos en el objetivo de extender el desinterés hacia la política, sobre todo entre los miembros de la clase trabajadora. La estrategia que sigue eficazmente la extrema derecha consiste en debilitar la democracia despolitizando a la ciudadanía, presentando a los políticos en conjunto como una masa indiferenciada corrupta e ineficaz.

La extrema derecha está contribuyendo con éxito a convertir la política en politiqueo: una disputa superficial, con eslóganes y provocaciones que impiden el intercambio ordenado de ideas, reducen la política a una simple lucha por el poder, e incrementan la pasividad de los ciudadanos.

Uno de los mecanismos que está utilizando la extrema derecha para acceder al poder consiste en fomentar la indiferencia y la pasividad, y también la impotencia, convenciendo a la ciudadanía de que su influencia política es nula, que sus opiniones no serán tenidas en cuenta, que participar no les servirá de nada, y así expulsar de la política a la mayor cantidad de ciudadanos, haciendo que perciban que “todos los partidos son iguales”. De esta manera se genera desconfianza hacia la capacidad de los partidos para solucionar sus problemas. Esta estrategia guarda un cierto paralelismo con la lógica propia del capitalismo de reducir la competencia y debilitar las bases sociales contestatarias.

El desprestigio de la política está expulsando también a la clase trabajadora, que está entregando incondicionalmente la esfera pública a los fascistas. Debemos reconocer que hay momentos puntuales en los que se visibiliza cierta resistencia y malestar por parte de organizaciones de izquierdas muy críticas con las políticas socialdemócratas, con activistas que no se sienten representados por ningún partido político, y que no están dispuestos a entregar el espacio público sin lucha; pero son intervenciones puntuales, minoritarias y sin la fuerza ni la capacidad suficientes para alterar el clima de apatía e indolencia predominantes.

La manera de hacer política de la extrema derecha es antipolítica, y se caracteriza por sustituir el discurso racional y pausado por un relato de confusión y odio, que señala a los adversarios políticos como enemigos, atiza el miedo al extranjero, rompe los vínculos comunitarios, e invita a practicar la intolerancia. Aplica una estrategia que impide el diálogo reflexivo y utiliza el grito, el insulto y la intimidación para alterar la convivencia pacífica.

La extrema derecha ha construido un discurso desacomplejado, sin ningún tipo de limitación ética ni racional, que no está sometido a las reglas de la cortesía ni la buena educación, que desprestigia y ofende, y persigue la eliminación simbólica de los rivales políticos, señalándolos e intimidándolos en su privacidad. Se trata de un discurso pasional, emotivo, hecho con las vísceras y articulado desde la más absoluta irresponsabilidad y, a veces, anonimato, que responsabiliza de los problemas comunes y las desgracias particulares a la democracia y las instituciones.

Rechazo a la democracia

El objetivo de la extrema derecha es destruir la democracia y el estado del bienestar, para que gobierne el capital, sin trabas ni regulaciones. El éxito de su plan implica hacer creer a la ciudadanía que los problemas no tienen solución, que la política no puede mejorar la vida de los ciudadanos. La extrema derecha ha conseguido crear tanto indiferencia como rechazo hacia la democracia, fundamentando la idea de que el voto es inútil, porque gobierne quien gobierne no cambiará nada. De esta manera ha conseguido atraer a la juventud antisistema desencantada de la política convencional, que se ve condenada a vivir en la calle, sin un horizonte de futuro claro. También ha sabido seducir a la ciudadanía más desesperada que padece unas condiciones de vida muy precarias.

Paradójicamente, el apoliticismo y la antipolítica de la extrema derecha no le están afectando, porque la misma indolencia, la aceleración, la dificultad para distinguir la información de la manipulación y la vida distraída han creado una gran ceguera, una especie de muro invisible que impide identificar las contradicciones, pensar con claridad y observar lo absurdo que representa pedir el voto a la vez que se niega cualquier legitimidad a las votaciones y al sistema democrático.

Sea como sea, es un hecho que la extrema derecha y sus altavoces mediáticos están ganando la batalla de las ideas desprestigiando el pensamiento, declarando la guerra a los intelectuales, a la inteligencia y a la cultura, y a la filosofía, la ciencia y el conocimiento. A la vez ridiculiza los sentimientos de simpatía y de compasión hacia los demás, como si fueran una muestra de debilidad e infantilismo, cuando son algunas de las disposiciones naturales que hacen posible la vida en sociedad, como mostró siglos atrás el filósofo David Hume. Para combatir a la extrema derecha, debemos recuperar la fuerza de la simpatía y reivindicar una educación que nos enseñe a reconocer y compartir los sentimientos de los demás.

Es cada vez más evidente que la sociedad de la indiferencia solo beneficia al fascismo, que su crecimiento está vinculado al incremento de la impotencia y la desafección por la política, y que su victoria no sería la simple victoria de unos ciudadanos sobre otros, sino que sería la derrota de la misma idea de la política, y por tanto, sería la derrota de todos.

stats