En 1925, el campo de la física se sacudió un poco. Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg formularon, por caminos separados, las ecuaciones que describen el comportamiento de la materia a escala subatómica: en la escala más pequeña de la realidad, nada es cierto hasta que se mide; las partículas existen en múltiples estados a la vez y dos objetos separados por kilómetros pueden compartir un destino instantáneo. A Einstein, no acabó de agradarle esta nueva dimensión.
Un siglo después, vivimos rodeados de frutos de esa ruptura. Aplicaciones como el transistor -que hace funcionar el teléfono en el bolsillo-, el láser -que lee el código de barras en el supermercado-, el reloj atómico -que coordina el GPS-: todas son el resultado de la física cuántica aplicada. La primera revolución cuántica.
Ahora hemos empezado otra. El premio Turing de este año —el galardón más prestigioso de la informática—, concedido por primera vez a científicos del mundo cuántico, es un síntoma inequívoco. Charles Bennett, físico de IBM, y Gilles Brassard, informático de la Universidad de Montreal, recibieron el premio por fundar la ciencia de la información cuántica. Su colaboración nació en 1979 en Puerto Rico, cuando Bennett abordó a Brassard en la piscina del hotel donde se alojaban durante unas conferencias para proponerle la siguiente idea: usar las leyes de la mecánica cuántica para crear dinero imposible de falsificar.
En 1984, ambos publicaron el protocolo BB84, el primer sistema de criptografía cuántica: una clave secreta transmitida en fotones de luz que se destruye automáticamente si alguien intenta interceptarla. En 1993, fueron más lejos y describieron la teleportación cuántica: la transferencia de información entre partículas entrelazadas, estén donde estén. No es ciencia ficción, sino una propiedad real y fundamental de las partículas que forman el universo.
Hoy, estas ideas han dejado a los laboratorios. Ingenieros de la Universidad de Pensilvania han transmitido señales cuánticas a través de la red de fibra óptica comercial de Verizon. El estado de Nueva York ha invertido trescientos millones de dólares en un hub cuántico en Stony Brook. China opera ya una red de comunicación cuántica de dos mil kilómetros entre Pekín y Shanghai. El internet cuántico -donde la privacidad no dependerá de problemas matemáticos difíciles, sino de las leyes de la física- se está construyendo ahora mismo.
Y el entrelazamiento cuántico resulta ser aún más profundo de lo que parecía. Investigadores como Jonathan Oppenheim utilizan la teoría de la información cuántica para investigar uno de los mayores misterios de la física: la paradoja de la información de los agujeros negros. Cuando uno agujero negro se evapora, donde va a parar la información ¿de todo lo que tragó? El entrelazamiento podría ser la respuesta. La misma herramienta que protege a nuestras comunicaciones podría explicar el destino de la materia a los límites del universo.