La prudencia eclipsó el caos
Había motivos para temer lo peor: un eclipse total de Sol excepcional coincidía con uno de los días de más presión humana del año y con las Islas, especialmente Mallorca, convertidas en centro de atención del mundo. Era como una prueba de estrés para unas islas que viven al límite de su capacidad. Y, sin embargo, el balance del 12 de agosto es, a pesar de las incidencias, muy positivo.
Lo es, sobre todo, por el comportamiento de los ciudadanos. Los residentes hicieron un ejercicio de prudencia y pragmatismo que se ha de valorar. Muy conscientes de que todos los 12 de agosto las Baleares ya están desbordadas de gente y sumando la expectación por el eclipse, muchos entendieron que no tenía mucho sentido añadir más presión a carreteras, calas y miradores para ver durante un minuto y medio un fenómeno que se podía contemplar desde lugares más cercanos. Y así, en vez de ir a buscar el lugar perfecto, muchos eligieron un lugar posible: un trozo de tierra en el Pla de Mallorca, el tejado de casa, el del vecino o cualquier lugar cercano con vistas a la puesta de sol. Aunque la perspectiva no fuera la mejor. Porque, en este caso, ver el eclipse no exigía necesariamente desplazarse. Y muchos isleños, cansados de los embotellamientos habituales, prefirieron no convertir una experiencia excepcional en otra jornada atrapados dentro de un coche.
El Gobierno, por su parte, reaccionó tarde y con miedo ante la expectación generada y acabó adoptando medidas muy restrictivas, más propias de un estado policial que de una administración que habría podido anticiparse al fenómeno con una actitud más propositiva. Dicho de otra manera: habría sido deseable llegar antes y con más propuestas y menos prohibiciones. Pero sería injusto negar que la prevención era necesaria. Las restricciones tuvieron también un efecto disuasorio y probablemente contribuyeron a evitar situaciones más complicadas. La normalidad del balance no es solo mérito del dispositivo, pero tampoco se puede desvincular de él.
El eclipse no era solo un fenómeno excepcional. Era una prueba que llegaba en el peor momento posible, cuando las Baleares soportan la máxima presión sobre territorio y población. Durante unas horas, las Islas estuvieron en el centro de las miradas. Y esto puso aún más de manifiesto el problema de fondo: vivimos tan saturados que cualquier chispa puede encender el territorio.
El mar fue una buena muestra. Si las carreteras aguantaron mejor de lo que algunos pronosticaban, la presión se desplazó hacia el mar. La concentración de embarcaciones para observar el eclipse fue una imagen elocuente de un espacio que también tiene límites y que a menudo queda fuera del debate sobre la masificación.
Por eso, más allá de celebrar que el eclipse no acabara en caos, conviene quedarse con la lección. La ciudadanía ha demostrado que puede actuar con sensatez cuando tiene información, es consciente de los límites y entiende que no todo se tiene que hacer a cualquier precio.