hace 27 min
Doctor en Derecho y licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración
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A pesar de que Robert Prevost fue elegido papa hace poco más de un año, la presencia pública de León XIV ha sido una sorpresa para muchos. Su inicio fue discreto y su talante, prudente, muy distinto del carácter espontáneo y un tanto excesivo de Francisco, hicieron pensar a mucha gente que sería un pontífice de transición que restaría peso político y mediático a la Iglesia. Al cabo de unos meses, sin embargo, esta percepción empezó a cambiar y, en parte, fue gracias a un compatriota suyo: Donald Trump. 

La reelección de Trump y sus políticas contra los migrantes, el apoyo a la masacre de Gaza y el ataque a Irán, entre otros, han sido objeto de valientes críticas por parte de León XIV, que también han tenido una respuesta más burda por parte de Trump. Lejos de intimidarlo, Prevost se ha mantenido en su línea como se ha podido comprobar en la presentación, hace unas semanas, de su encíclica Magnifica Humanitas, que trata sobre el impacto de la inteligencia artificial, pero que no olvida en ningún momento a los pobres, a los excluidos de la sociedad y a los inmigrantes. 

Todo hace pensar, por tanto, que Robert Prevost no será un pontífice irrelevante. Por esta razón es pertinente preguntarnos si estas expectativas están justificadas o, más bien, responden a esa creencia común, y no necesariamente acertada, de que hoy, para triunfar en lo que sea, lo primero que tienes que hacer es darle la vuelta a todo. Tienes que ser radicalmente original.

Si lo analizamos fríamente, sin embargo, la originalidad de Prevost radica en su falta de originalidad. Que un papa se oponga a las guerras y pida rezar por la paz es tan natural como que una asociación de odontólogos haga pedagogía sobre la higiene bucal. Que se ponga al lado de los migrantes nos recuerda el mandamiento que leemos en el capítulo 19 del Levítico: “Cuando un inmigrante venga a instalarse a vuestro lado, en vuestro país, no lo explotéis. Al contrario, consideradlo como a un nativo, como a uno de vosotros”. Cuando se identifica con los pobres, no hace otra cosa que dejarse empapar por el mensaje del evangelio. 

Lo que es original en Prevost no es un supuesto carácter innovador, sino el hecho de no renunciar a unos valores y unos principios milenarios, cosa que sí han hecho muchos otros. Alguna gente se sorprende por la sintonía entre el papa y los partidos de izquierda, pero si esto pasa no es porque aquel sea ahora socialdemócrata, sino porque la socialdemocracia ya no lo es. La izquierda hace tiempo que ha olvidado a los pobres, a los trabajadores y a los más vulnerables para centrarse en luchas identitarias y culturales que, aun siendo muy legítimas, son insuficientes para la mayoría de las personas. También la derecha más ilustrada ha acabado sacrificando los principios de libertad, igualdad y fraternidad en su dimensión universal originaria, renunciando a los grandes ideales y dedicándose a la acumulación y la ostentación. Hace cien años, los multimillonarios promovían artistas y creaban museos y bibliotecas; hoy, en cambio, la mayoría se limitan a presumir de sus yates y las mansiones de lujo.  

La originalidad de León XIV es que, como afortunadamente hace todavía otra gente, no renuncia a poder llegar a una sociedad más justa, superando el capitalismo salvaje y egoísta que ha cautivado a tantas personas. Un ejercicio complejo y difícil porque, como dijo alguien una vez, parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.

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