Los sin nombre que siguen muriendo para llegar a Europa

Una patera llegada a Mallorca
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PalmaLa ONG Caminando Fronteras hizo su balance anual de personas fallecidas mientras intentaban llegar a las costas españolas, en las que constata un aumento significativo de los naufragios de embarcaciones que intentan llegar a Baleares desde Argelia. De los 3.090 fallecidos contabilizados, un tercio (1.037) corresponden a esta ruta, que sale del norte de África en dirección a Formentera e Ibiza. El contraste de los migrantes llegando a playas llenas de turistas, a lo que para ellos representa su soñado destino, es una de las imágenes que mejor condensan las contradicciones del mundo actual.

La mayoría de las víctimas mortales (1.906) siguen produciéndose en la ruta que va desde África hacia Canarias, aunque este año se ha producido un importante descenso respecto al año pasado. Hay que tener en cuenta que 2024 fue un año de récord, cuando más de 10.000 personas murieron ahogadas intentando llegar a las costas españolas. Según el último balance del ministerio del Interior, las llegadas irregulares de personas migrantes a España descendieron un 40,4% respecto a 2024, pese al repunte del 24,5% de las llegadas a Baleares.

No se puede cerrar los ojos ante una realidad tan dolorosa, aunque desde Europa a menudo se ha creído que la mejor manera de no incentivar estas travesías es abandonar a estas personas a su suerte. Recordamos que iniciativas de rescate en alta mar como la que lleva a cabo el barco de la ONG catalana Open Arms son blasmadas por la extrema derecha, desde Salvini hasta Vox. El ARA ha podido documentar a lo largo de su historia alguna de estas operaciones de rescate con la periodista Cristina Mas y el fotógrafo Xavier Bertral, y la conclusión siempre es la misma: es iluso pensar que la gente no se jugará la vida para llegar a Europa poniéndose en manos de las mafias, cuando en su tierra de origen no se ven la cabeza, sea un futuro, oportunidades.

En este sentido, hay que diferenciar dos debates que deberían ser independientes. Uno es el del control de las fronteras y los flujos de migración, y el otro es el del rescate de personas en alta mar. En el primer caso hablamos de un debate políticamente legítimo, pero en el segundo se trata sólo de respeto por los derechos humanos, y en concreto por lo más elemental, que es el derecho a la vida. Evidentemente, deben perseguirse las mafias que trafican con personas, para las que a menudo no son más que ganado que pagan por un trayecto incierto, y llegar a acuerdos de colaboración con los países que están en el origen de las rutas. Pero con las tecnologías actuales sigue siendo una vergüenza que tanta gente muera cada año en el Mediterráneo o en el Atlántico, en el caso de Canarias. Personas de las que a menudo no se sabe ni su identidad y cuyo único recuerdo quedará será el de una lápida sin nombre que representa un proyecto de vida frustrado.

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