'No me toques'

“No me retengas” es la petición que Jesús de Nazaret dirige a María Magdalena y que podemos leer al final del Evangelio según Juan. Es uno de los momentos más cautivadores y misteriosos de toda la Biblia. Dos días después de la crucifixión de Jesús, la noticia del sepulcro vacío corre tanto entre sus seguidores como entre los verdugos. La muerte del predicador galileo ha sido sumamente cruel. La cruz era un suplicio romano destinado a los enemigos del Imperio y una maldición para un judío, morir expuesto como una bestia salvaje. El relato de la pasión de Jesús es de una violencia extrema ejercida desde la masculinidad más arraigada. La traición a Jesús, la reacción de los seguidores con la espada, el juicio, las burlas y la tortura, jugarse la túnica a los dados... todo ello nos dibuja un mundo despiadado en el que las mujeres son testigos mudos. 

Bien distinto de lo que ocurre con el silencio sobrecogedor del sepulcro vacío. No puede ser casual que sea una mujer, un ser que no era nadie, la única que se encuentra con Jesús resucitado, aquel que unos días antes había muerto vejado y abandonado por todos. Más adelante los evangelios hablan de apariciones de Jesús a sus seguidores, manifestaciones casi fantasmagóricas de un Cristo que atraviesa las paredes y desaparece ante la vista de todos. Solo María Magdalena ve a Jesús recién resucitado, cuando aún puede ser retenido en el mundo.  

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Por eso Jesús tiene que pedirle que no lo retenga. No porque aquella mujer pudiera coger y guardarse a Jesús, sino porque tenía que entender que el Jesús humano que había sido glorificado no puede permanecer más entre los humanos. Había que entender, en definitiva, que la proximidad de Dios puede ser el peor obstáculo para la fe. Dios necesita marcar la distancia con sus criaturas, de otra manera es demasiado fuerte la tentación de manipularlo y domesticarlo. No es casual que el Padrenuestro, la principal oración cristiana, comience reconociendo que el Padre no está en cualquier parte, sino en el cielo.

A continuación, María Magdalena recibe el encargo de explicar a los seguidores de Jesús lo que había visto. Un detalle muy significativo que nos recuerda que la Iglesia nace femenina. Este encargo evidencia también la diferencia entre la fe confiada de María y la necesidad de ver, tocar y entender de los discípulos. Aquellos mismos hombres que habían abandonado a su maestro ahora no pueden concebir hacerse seguidores de una ausencia, de entender que deben hacerse presentes en el vacío que aquel ha dejado. Los posteriores relatos de las apariciones, con instrucciones hacia Pedro y el resto de apóstoles, no son sino el reflejo de su impotencia para entender la profunda sencillez del hecho de la resurrección, de cómo la muerte puede llegar a dar sentido a la existencia, que se ve así proyectada hacia la eternidad. Lo había entendido María Magdalena y lo sistematizará más adelante Pablo de Tarso, reconociendo la insensatez y el escándalo que supone para el mundo el hecho de creer en un crucificado.

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Este relato de la Pascua nos recuerda que la historia del cristianismo podría escribirse a partir de la tensión entre los que quieren hacer presente a Dios, a través de normas, de ritos o de imágenes, y los que saben que no podemos retenerlo, que solo la distancia evita la distorsión y la superficialidad de la fe. Es por eso que la actitud de María Magdalena ante el Dios que se ausenta continúa siendo una lección para todos los creyentes.