Náufragos
Uno de los deportes preferidos de los intelectuales, por lo que estamos viendo, es ponerse en contra de lo que agrada a las masas. Lo que menos se debe perdonar a Christopher Nolan no es su cine, sino que este agrade, haga caja, y al mismo tiempo cuente con el prestigio de buena parte de la crítica y de la Academia.
Nolan hace un cine sofisticado y a la vez popular, espectacular y sabio, muy ligado a una tradición que prueba siempre de rehacer y reinterpretar, en la línea de Tarantino, pero sin tanta ironía ni caer nunca en la farsa sangrienta y paródica. En toda evolución de un determinado arte aparece un Nolan, como antes, en la literatura, había aparecido un Borges, alguien capaz de escribirlo todo y reinterpretarlo todo en una línea personal y a la vez accesible para el grueso del público. El cine, por suerte, continúa siendo cultura para las masas, o cultura popular, y Nolan sabe que no rueda sus películas para los museos sino para las butacas vacías y las cuentas de resultados, y por eso pone toda aquella retórica –y música– y el casting de guapos y guapas que toque en cada momento para el gozo de los ojos de los espectadores.
No tiene mucho sentido estar en contra por no sé qué razones eruditas, ciertas ‘traiciones al espíritu homérico’ o incluso desde lecturas que pretenden ser más políticas que estéticas, o como si atacándolo desde la moralidad –¡el rol de las mujeres!– se pudiera hacer menos atractivo. La verdad es que la gente está acudiendo en masa, aunque también los más cinéfilos, al mismo tiempo que se muestran reticentes, lamentan que no se pueda ver en el formato IMAX original (no les gusta la película, dicen, y al mismo tiempo querrían verla más grande…). Y al mismo tiempo, y de manera agradablemente sorprendente, la obra de Homero ha vuelto a venderse, incluso se ha puesto bien arriba en la lista de más vendidos, tanto las nuevas versiones en verso como las que adaptan el poema a la prosa narrativa. Ahora mismo, dos versiones de la Odisea se están vendiendo bien en catalán, y en castellano los astutos editores de Blackie Books han rescatado del olvido las versiones en prosa que hizo el pastor protestante Gustav Schwab (muerto en 1850), y lo están publicando en forma de trilogía comercial, como una saga, y la verdad es que se lee muy bien, desde la guerra de Troya a las aventuras de Eneas, pasando obviamente por Odiseo. Y todo esto al mismo tiempo que los nuevos Odiseos mueren en el Mediterráneo, buscando nuestra Ítaca, aventureros que no quieren volver al hogar sino huir de él, o escapan de sus Troias natales, patrias podridas por la corrupción y las desigualdades. Nolan se inventa una ‘ley de Zeus’ para referirse a los deberes de hospitalidad, pero al mismo tiempo es consciente de que los pretendientes son unos abusadores, unos aprovechados que vienen a apropiarse de los recursos de la tierra, que es la lectura que ahora mismo hacemos de la inmigración, al menos desde la derecha más atemorizada. Pero no sabemos cuál es la ley, de Zeus o de quien sea, o a qué estamos obligados hacia estos náufragos.