28/06/2026
Jefe de redacción
2 min

ME HE DESPERTADO a media tarde y lo primero que se me ha pasado por la cabeza es que era el aniversario de mi primera comunión, una fecha absolutamente intranscendente en mi biografía. Otro día, mientras busco un titular para una noticia, recuerdo el aniversario de un compañero de escuela que nunca fue mi amigo. Supongo que se me quedó grabado cuando repartía Sugus para celebrarlo, mucho antes de que existieran los parques de juegos infantiles. Tan irrelevante como mi eucaristía.

Fechas aleatorias asaltan mi cerebro, efemérides de hechos triviales que no han modelado mi vida: el día que vi Trainspotting en el cine, de la cual solo recuerdo un personaje despertándose cagado en la cama. Gran escena. O un concierto que no me dejó ningún impulso. Además de los nacimientos, también me pasa con las muertes: me sorprenden los aniversarios de Kurt Cobain o de Rocío Jurado, sin ser ningún fan entregado ni del grunge ni de la canción melódica volcánica. Me sé de memoria los DNI de mi familia, de cuando rellenaba becas, y los de amigos a los que he comprado billetes de avión.

Esta habilidad inútil no ha despertado nunca ningún tipo de admiración entre los míos; más bien me ha convertido en un chiste. Si en una cena alguien recuerda una batallita de adolescente, siempre hay un sarcástico que remata: “Claro, eso fue el 23 de noviembre de 2002...”. En realidad, no rematan la jugada, sino que entran en una deriva absurda en la que pueden acabar referenciando desde Mayra Gómez Kemp hasta Napoleón. Yo callo, aunque sé que aquel día fue el 14 de octubre de 2000. Y después, ya asumiendo que soy el friki de las fechas, me río a carcajadas en comunión. Con mis amigos. No en la iglesia. “Te fastidias”, me dicen. Y es lo mínimo, si hace años que ejerces libremente de Chandler Bing y Dorothy Sbornak con ellos.

No sé qué explicación psicológica, neurológica o mágica puede tener recordar fechas inútiles y números de teléfono de gente a la que hace 20 años que no llamas. Me imagino mi cerebro convertido en un almacén loco de objetos perdidos, donde la mitad de los personajes de Inside Out se lanzan bolas de recuerdos los unos a los otros, colocados de speed, mientras la otra mitad deambula somnolienta, con los ojos girados, intentando retener la pelota de memoria que contiene qué he comido hoy para comer. Debe ser porque destrozo la memoria a corto plazo escribiendo columnas como esta en noches de insomnio.

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