La dotación de un nuevo premio literario en el estado español ha levantado una cierta polémica. En teoría, según las bases, los libros que pueden ser premiados con un millón de euros por Aena han sido publicados el año anterior en una de las lenguas oficiales del Estado, si bien, ahora que ya sabemos quiénes eran los cinco finalistas (todos recibirán 30.000 euros, menos la ganadora, Samanta Schweblin, que se llevará el millón) son en castellano. Los autores catalanes podrían optar a él, siempre que la obra tenga traducción castellana, ya que parece que los jurados no tienen por qué saber leer en catalán, euskera o gallego. Ignoro qué pasa con las obras escritas en otras lenguas oficiales que salen en castellano pero no lo hacen el mismo año de su publicación original: podemos pensar que ya no son premiables. Esto dificulta enormemente que ningún autor en catalán, por ejemplo, pueda aspirar nunca a este galardón, incluso que ser finalista ya sea una quimera. En esta primera convocatoria, que podría ser programática, todo han sido libros en castellano. Cuando un autor o autora gana el premio Planeta, ahora ya dotado con un millón, realmente no gana ningún premio: se lleva un anticipo de ventas, de tal manera que si el libro vendiera más de un millón de ejemplares todavía se le tendrían que añadir dinero (cosa que creo que no ha pasado nunca…). El Planeta es a una obra inédita, a un mecanoscrito que los autores presentan al galardón; pero no este nuevo premio de Aena, que viene a reconocer una obra que ya está publicada, y que, por lo que vemos, tiene un perfil más literario, o más de literatura personal y ‘de riesgo’, más allá de novelas de fórmula o de las martingalas más o menos exitosas que se venden bien y que suelen nutrir el negocio editorial. Pero la dotación de este premio –tan gorda– está levantando una cierta polémica, por lo que tiene de nouveaux riches, de ostentación brutal de poder (la empresa Aena es medio pública) y de desnivell, me gustaría añadir a mí, con los finalistas, o con lo que se ha hecho –ignorándolos– con otros libros publicados en lenguas también oficiales. Es muy probable que ninguno de los ahora finalistas vuelva a oler una cantidad así de dinero (ni ganando el Nobel, como se dice que podría Vila-Matas, otro finalista). Un premio así puede poner fin a la carrera literaria de un escritor, no hace falta decirlo: puede profesionalizarlo, si es lo que desea, pero también atraerá un foco sobre su obra que puede ser contraproducente, o incluso innecesario. Porque una cosa es ganarse la vida vendiendo libros a los lectores que te aprecian, y la otra es poder jubilarte porque una institución –aeroportuaria– te ha elegido más en beneficio de su prestigio cultural que del tuyo. Y todo en una semana en la que hemos sabido que un montón de editoriales catalanas ven peligrar su supervivencia porque resulta que no tienen no sé qué sello que certifica el ecologismo del papel con que imprimen… Y cuando los diarios publican menos crítica literaria seria que nunca en su historia, una crítica que debería arbitrar el gusto mucho mejor y mucho antes que los jurados de escritores que juzgan a otros escritores (que los juzgarán a ellos en el futuro).