El mar eclipsado
Un eclipse total puede funcionar como metáfora (hay tantas) de la turistificación y la masificación que se deriva de él: si en el eclipse un cuerpo celeste relativamente pequeño llega a ocultar uno mucho más grande, aquí son los especuladores –más que los turistas–, los que llegan a tapar por completo a los mallorquines en su propio lugar de residencia. Y a hacerlos salir de la órbita.
Que sepamos, a estas alturas no han aparecido negacionistas del eclipse (aún estamos a tiempo) que afirmen que no existe ningún eclipse, sino que es un apagón programado por Pedro Sánchez. Sí que existen negacionistas de la turistificación y de la masificación, aunque últimamente se han reciclado en una nueva corriente que acepta la existencia de estos fenómenos, pero le da la culpa al gobierno anterior. Nuestros gobernantes no acaban de encontrar el momento, por otra parte, de reunirse con el GOB y Terraferida después de la manifestación del pasado 26 de julio, con 70.000 personas reclamando contra el turismo de masas. El conseller de Turisme, Jaume coño Bauzá (usa esta palabra en el Parlament), dice que tiene “la agenda complicada”: en verano, ya se sabe, las cenas y comidas se multiplican. La manifestación también es recordada por unas cargas policiales completamente injustificadas, que llegarán a los tribunales de la mano de 25 manifestantes que han anunciado denuncias contra la Policía Nacional por aquellas agresiones vergonzosas de servidores públicos contra los ciudadanos que les pagan el sueldo, el uniforme e incluso la porra con la que pegan.
Más noticias de estos días que podéis leer en el ARA Balears: ‘Las Baleares baten el récord de presión humana en un mes de mayo, con 1,86 millones de personas’, ‘Una de cada tres viviendas vendidas en Baleares durante el segundo trimestre del año la adquirió un comprador extranjero’. No hace falta ser un analista muy perspicaz para comprender la realidad que muestran estos titulares: incluso se entiende quién se beneficia y quién sale perjudicado. En medio del vértigo de unas islas devoradas por la avaricia, se produce el acontecimiento del eclipse, que nos sitúa en un escenario no de privilegio, sino de peligro y emergencia.
También en el mar: el día del eclipse saldrán (o habrán salido, según cuándo leáis esto) más de diez mil barcas en las aguas de las Baleares. No son pateras, son embarcaciones de recreo y de lujo. Como podéis también leer en el ARA Balears, el mar Balear tardará años en recuperarse de la destrozos que significa esta aglomeración. En paralelo recibimos la noticia de que la boya de la Dragonera ha medido el récord absoluto de temperatura superficial de agua del mar, con 32,71 grados. Cualquier temperatura igual o superior a treinta grados en el mar es indicativa de graves problemas.
Los más cínicos dirán que no vivimos dentro del mar, pero como siempre se equivocan: sí que vivimos. Vivimos todos, dentro del mar, pero especialmente los que vivimos en islas. Hemos cogido el camino para poner fin al mar Mediterráneo, o para causarle daños irreversibles. Nuestros gobernantes consideran que han hecho un huevo de dos yemas restringiendo por un día la circulación en la sierra de Tramuntana, cuando las restricciones deberían ser de todo el año. Además de esto, es imprescindible que empecemos a preocuparnos no tan solo por la orilla del mar, sino por el mar mismo. Y que encuentren el momento para reunirse con los ecologistas y escucharlos, porque tienen razón. Y nunca más –nunca más– que ningún policía ose poner un dedo encima de un ciudadano que legítimamente, noblemente, se manifieste para pedir que no eclipsamos el mar; y todo, a cambio de una cosa tan miserable como el dinero.