A raíz de un reciente caso de plagio de un artículo en el ámbito catalán, que el falsario atribuía a una mala jugada que le habría hecho la IA, y a un premio literario anglosajón bastante importante, que habría ganado un autor sirviéndose también de la IA, se ha vuelto a hablar en el mundo de la creatividad literaria de qué haremos a partir de ahora con los textos que quieran circular por el mundo, la autoría de los cuales pueda ser cuestionada en virtud de su posible origen algorítmico. Que alguien haga servir la IA para escribir una pieza literaria solo se puede deber a motivos que tienen que ver con sus carencias como intelectual o como escritor. Para un autor de verdad, hacer servir la IA para escribir sería como hacer servir patines para jugar a fútbol, cuando precisamente la gracia del juego es correr. Para mí, que la máquina escriba por mí equivale a que una máquina haga el amor por mí, o que envíe un robot a la cama, con el amante, solo porque a mí me da pereza o temo que así quedaré mejor ante la amada. No tiene sentido que encomendemos a una máquina que haga aquello que nos da placer y lucidez, que nos hace sentir vivos e inteligentes. Además, dudo que ahora mismo ninguna máquina pueda llegar a escribir con el acierto que siguen teniendo los buenos escritores, pero aunque se llegara a este punto en un futuro cercano, tampoco tendría ningún interés lo que pueda llegar a decirnos el bot, ya que no es literalmente nadie y lo que acaba interesando de la literatura y del periodismo es qué opina –o siente o ve– una persona de carne y hueso. Una máquina no me puede decir qué pienso de las cosas, porque no lo sabe. Gracias a la IA quizás podemos acabar simulando una erudición que no tenemos, o que presumimos de lecturas que no hemos hecho realmente, pero eso tampoco sería una impostura nueva. Los tramposos son más viejos que la imprenta, en este oficio, y precisamente fue la imprenta lo que democratizó la escritura y el conocimiento. La IA no deja de ser una especie de imprenta automática, que produce texto al gusto del consumidor, cosa que no es lo que acaban haciendo los escritores; el papel de los intelectuales es precisamente recordarnos aquello que no queremos recordar, o hacernos pensar las cosas que pueden darnos dolor de cabeza. Cuando vea que una IA cuestiona las ideas fundamentales de la tribu me empezaré a asustar, pero de momento solo es la voz del amo, porque tampoco deberíamos olvidar que toda IA no es más que una forma de negocio para los que le dan cuerda. “Hemos sido lo suficientemente listos para inventar la IA, y tan tontos para necesitarla, y tan estúpidos que no podemos averiguar si hemos hecho lo que debíamos…”; esto lo ha dicho ni más ni menos que el humorista Jerry Seinfeld en una entrevista reciente. Y podemos pensar sin la IA si tiene razón o no. Yo, de momento, todavía prefiero seguir leyendo personas que se equivocan, que dudan, que se obsesionan e incluso que se autodestruyen escribiendo, antes que una máquina que simplemente calcula qué frase encaja más con las precedentes. La literatura no es solo producción de texto: es vanidad, es contradicción, es una conciencia humana intentando entenderse a sí misma. Y esto, para suerte o desgracia, todavía no se puede automatizar.