Lecturas místicas (y III): Nosotros, los que todavía creemos
Pasados todos estos días de comprar, envolver, desenredar y cambiar o ordenar con los que ya teníamos los objetos que llamamos "regalos", parece más que lógico plantearse qué son y qué sentido tienen ese montón de cosas exánimes que codiciamos, adoptamos y cobijamos, o desamparamos sin miramientos. Un tiempo, cualquier objeto podía contener magia, era susceptible de una alquimia como la que ensaya Damià Rotger en sus poemas: el trozo pulido de espejo roto, un abanico o el pico y la pala, hacen compañía no de una forma cotidiana, sino reveladoramente. Sin embargo, hoy, nuestra sociedad acumuladora compulsiva y al mismo tiempo amante obsesa de la novedad, convive en general con materiales artificiales y con ítems fabricados en serie; o bien, en minoría, arropada por minerales nobles extraídos de forma innoble y envuelta en piezas de lujo que transpiran la miseria de sus artesanos.
Patti Smith, de jovencita, ya reconoció "la diferencia entre los objetos virtuosos y los simples tesoros"; y, con Mateu Coll en El imán y las cosas (Leonard Muntaner, Ed., 2025), son capaces de distinguir entre materia inerte y artefactos que hablan "de lo que han visto, por dónde han pasado y de quién ha estado con ellos, porque ente ligan y ente llevan a una realidad lejana". Son médiums con ojos que miran, mano que escribe, corazón que acoge: los chatarreros de recuerdos. Estos recolectores de memoria, a diferencia de los saqueadores de tumbas, van vivos a no manipular el alma de las cosas. Les atrae la fuerza que contienen la historia de que la sociedad ha dado por la sociedad ha muerto. Y cada vez que sacan el polvo, que las abrazan de madrugada o se comunican, llegan a oír (quizás un instante, pero ya es mucho) la inefable conexión entre toda la sustancia que ha existido, existe y existirá en el universo.
años 1970: ahora que está en la propia setentena, no recuerda cuándo la escribió ni por qué. Cuanto más piensa el cerebro, cuanto más se ensancha el corazón, más cuesta pasar un día y empujar los años... El mío se carcome con la pregunta de cuántos litros de agua se han desperdiciado en el planeta en los últimos meses, sólo para pedirle al planeta ofreciera su Lux como una hostia sagrada. Este mundo nuestro, deshumanizado, plastificado y mercantilizado como está, vuelve a depositar esperanzas en la existencia de algo mayor que nosotros mismos, que debe poder indicarnos cómo reparar el destrozo; que nos salve de la avidez. Parece lógico (legítimo, no tanto). Sea como fuere, demasiada luz deslumbra y ciega. La mística va en busca del entendimiento, no del entretenimiento. Pasolini, a través del cine, reconcilió a Smith con Jesucristo; ahora, el Poeta de las cenizas tresca los encantos con Mateu, escuchando qué deben decirnos las cosas pequeñas –las herencias– y encantándose: "Por las noches, a entrada de oscuro, es cuando hay gente que deja en la calle lo que no quiere". Esperitada, Antònia Vicens se añade a esta tropa de buenas sombras y siente "tráfico/ y regateo/ de órganos al amparo de la luna". Tsvetàieva, de lejos, pide que le traemos todo lo que se baila y tira, porque es justo lo que los demás descartan, silencian, menosprecian y dejan de lado, que enciende su fuego.
Junto a mi lamparita, Patti (coronada por Lynn Goldsmith) está a punto de proclamar que la noche es de los amantes; chispean los retratos anónimos de las Místicas mallorquinas, recuperadas por Rosa Planas; una estampita del artista Josefa Tolrà, que estaba dentro de las Místicas, de Begoña Méndez (y la foto que tomé de uno de sus cuadros en la exposición de Rodoreda, en el CCCB); la neurona-ojo-y-flor que Mireia Cabaní dibujó para Damià se calca en la pared; y media muñeca de Mateu me mira, retratada por Jean Marie del Moral. Recojo el inventario literalmente inanimado y reordeno el escritorio. Inicio el año agradecida por esta polifonía de lecturas, literaria; y, muy especialmente, por el regalo (sin comillas) en el buzón y en primicia deEl pan de los ángeles, que me devolvió al pensamiento una infancia de salir de la escuela, cuando me compraba cinco hojas en la tiendecita, escribía versos mágicos y me los tragaba. El misterio, la duda de Smith (y los míos) hacen revivir el deseo (quizá inocente, quizás culpable) de transmutar el amargo de las palabras y la tinta en el sabor dulce del papel de las hostias –sin colorantes artificiales, sin consagrar. Y ruego, con los dedos haciendo sonar las letras, por un año nuevo de ruido subterráneo de agua –y no de servidores.