Ibiza en el retrato de Dorian Gray

En El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde –sublime por encima de sus posibilidades– nos presenta a un hombre que conserva intacta su belleza mientras su degradación moral, su corrupción, queda oculta en un retrato que envejece y se corrompe en su lugar.

La organización británica Project Slingshot, que impulsa campañas de concienciación contra la ganadería industrial, ha desplegado en el metro de Londres un cartel que denuncia la cantidad de antibióticos que la industria administra a unos pollos que son obligados a crecer a marchas forzadas y en unas condiciones abominables. En el cartel se puede leer: ‘Your chicken’s had more drugs than a hen do in Ibiza’ (‘Tu pollo lleva más drogas que una despedida de soltera en Ibiza’). Y, claro, otra vez los políticos y el sector turístico han puesto el grito en el cielo porque Ibiza se relaciona con las drogas. Aún más, el consejo de Ibiza incluso ha exigido, mediante carta oficial, la retirada de la campaña porque, a su parecer, promueve un estereotipo que perjudica la reputación de Ibiza.

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Pero las campañas publicitarias no crean imaginarios de la nada, sino que aprenden a detectar y utilizar aquellos que conforman el entorno de sus potenciales receptores. Deben saber condensar en medio minuto o en un cartel en el metro aquello que millones de personas ya comparten. Por eso funcionan. Y por eso, a veces, hacen daño. No porque deformen la realidad, sino porque nos la devuelven simplificada y convertida en eslogan. Y, de repente, el espejo de una publicidad nos da una imagen que no queremos reconocer.

Sorprende ver a responsables públicos y empresarios escandalizados ante una campaña publicitaria mientras, temporada tras temporada, contemplan impasibles los excesos que alimentan exactamente esa reputación. Es más fácil enviar una carta de protesta que afrontar los intereses económicos que sostienen el modelo turístico. Aún más, pocos días antes de que saltara la polémica, el mismo vicepresidente del Consell d’Eivissa, Mariano Juan, que firmaría la carta de repulsa, salía en defensa del ocio nocturno olvidando por completo que es lo que explica el negocio del narcotráfico. He asistido o participado, fuera de la isla, en no pocas jornadas y congresos de Criminología donde Eivissa se ha puesto como ejemplo de un lugar que crea las condiciones adecuadas para ser un laboratorio de drogas. Como periodista, me he pasado muchos veranos contando muertos por sobredosis en las discotecas y a chicos drogados que caen por los balcones. O muertos en la carretera por culpa de algún drogado. Pero todo esto no ha hecho que nuestros gobernantes se indignen, no. Y, de repente, la mente de un publicista preclaro conecta Eivissa con las drogas y parece que hayan mencionado al padre del presidente en arameo. Pero el problema no es el dedo que señala la Luna, es que esta conexión es acertada como una flecha de Guillermo Tell.

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Lo que debería resultar ofensivo es que esta asociación sea tan inmediata y universal que una agencia de publicidad británica la pueda convertir en reclamo comercial con la seguridad de que todo el mundo entenderá la referencia. Este es el verdadero escándalo.

Pero hay otra lectura, aún más inconveniente. Esta campaña pone en contacto dos industrias que, a primera vista, parecen no tener nada que ver. Pero sí. Por un lado, una industria que comercializa carne procedente de un sistema de producción intensiva que convierte a millones de animales en simples unidades de rendimiento. Que tortura a millones de animales (utilicemos los verbos correctos). Por otro, un modelo turístico que ha tratado a Eivissa como un producto global, explotando el territorio, los recursos e incluso la identidad para maximizar la rentabilidad y que, como no podía ser de otra manera, ha venido acompañado del narcotráfico (no es una disfuncionalidad del modelo; es el mismo modelo). Animales en un caso y una isla y sus habitantes en el otro, pero, en el fondo, la misma lógica de tratar lo que está vivo como mercancía.

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Quizás por eso la campaña es tan buena. De hecho, cuanto más lo analizo, mejor me parece. Sin proponérselo, Project Slingshot acaba retratando mucho más que una isla y un estereotipo. Retrata la manera como el capitalismo contemporáneo es capaz de convertir cualquier realidad –un territorio, una reputación o la vida de un animal– en un recurso explotable sin tener en cuenta ninguna consideración moral.

Las instituciones querrían que Ibiza fuera Dorian Gray, conservar intacto el rostro mientras la degradación queda escondida en un cuadro. Pero el escenario de luces de neón ya no engaña a nadie. Si en algo se parece Ibiza a Dorian Gray es que ha vendido el alma a algún demonio. Pero ya sabéis cómo acabó el inmoral Dorian… Y, si no lo sabéis, os recomiendo de todo corazón que leáis la novela.