Un gaitero al borde del mar

Un sábado de Sant Bartomeu de hace unos treinta años, en Ca na Poeta de Montuïri me enamoré de los xeremiers. Supe ver la trascendencia cultural de aquella tradición, el vínculo sano que establecían con el pueblo aquellos hombres grandes, barbudos y sudorosos. Los comprendí, que es, al fin y al cabo, la manera definitiva de enamorarse. No sé cuántos debían ser, una docena, acaso. Debía hacer aquel calor xalocosa propio de aquellos días, dentro Ca na Poeta. Los cuerpos empapados de sudor se tocaban a empujones, saltando y bailando delante del tasser, impulsados por los ritmos festivos de los xeremiers. Pisábamos la hollín pegajosa de los días de fiesta en los cafés. El olor a zumo bebido y a zumo derramado se entremezclaba con el aroma de la albahaca cosiera. Cantábamos y reíamos dentro de un bar donde el pueblo se redimía de los pecados de no querer ser lo que es. Sin pensarlo, sin querer. Natural y auténtico. Libre, que es como deben ser los pueblos. Estaba la juventud montuïrense en pleno. Y un puñado de granados irreductibles, como siempre suele pasar. Los externos éramos solo cuatro amigos de los pueblos de alrededor. Y Montuïri, con una cuarta parte de la gente que va ahora, estaba abarrotado.

Desde entonces, he mirado a los xeremiers con otros ojos. Los he visto en Sant Antoni de Gràcia, juntos y masivos sobre el cadafal y a pie de calle. Los he visto protocolarios en una feria ante las autoridades y encabezando unas bendiciones de Sant Antoni. Los he visto entristecidos en Son Coletes honrando la memoria republicana. Los he visto dentro de unas casas sonar y os prometo que no hay nada más emocionante.

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Cuando el turismo masivo llegó a Mallorca en los años sesenta, la cultura popular, la vinculación con la tierra y la tradición por parte de la población indígena se vio resentida. Pero la herencia estaba fresca. Jóvenes y viejos por toda la isla habían cantado y habían oído cantar, habían bailado y habían visto bailar, habían sonado y habían oído sonar. Los europeos que venían a la isla quizás aún eran visitantes atravesados de turista y viajero. Era fácil que más de uno se dejase fascinar por la vida rústica que tantos mallorquines aún practicaban antes de venderse a los extranjeros por un plato de lentejas.

Los aborígenes más espabilados sacaban la ropa antigua de dentro de cajas y arcones y se disfrazaban de sus ancestros ante el asombro alucinado de la gente del norte. En Portocristo, el amo Toni Fita, vestido de payés, hacía sonar la xeremia ante los hoteles lustrosos que presidían la privilegiada primera línea turística porteña. A sus descendientes todavía los conocen como “los de cal Xeremier”, en el puerto. La cultura se deslocalizaba, sacada de contexto, se convertía en una pantomima tronada que salía camino de la autoodio nativo. Es lo que pasó con el baile de payés en los hoteles, y con los cossiers de Algaida en Cal Dimoni. “El folklore”, decía Rafel Ginard, “no es para entretener a los espectadores. Es para entretener a los actores”. Por suerte, lo supimos ver y hoy gozamos y vivimos las fiestas con orgullo y diversión.

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Me contaba un amigo que, no hace muchos días, quiso ir a bañarse a una cala que no nombraré (los indígenas ya no decimos los nombres de los lugares que amamos). Se tumbó, en pelo, en una perfecta fusión natural: desnudos, él y toda la mar del país delante. Al amanecer, en silencio. Al punto, compareció otro hombre. Más pudoroso, se envolvió la cintura con una toalla para ponerse el bañador. Pero no nadó. De dentro de la bolsa que llevaba, sacó una xeremia, la gaita catalana de Mallorca, que decía el añorado Toni Artigues. Hacía un soplido imperceptible, pero lo suficientemente animoso para hacer sonar el agua cada vez que besaba la arena de la cala. “Como una araña de arte sutil”, la música lo llevó a la letra y se emocionó. Pocos días más tarde, otra amiga visitó la misma cala, también al salir el sol. Quiso probar la frescura del agua, saciada del xaloc insoportable de la noche. Y volvió a comparecer el xeremier. “¿Te importa si la hago sonar? Vengo aquí porque es muy temprano, y no quiero molestar a los vecinos”. “¡Faltaría más!”, dijo ella intrigada. Él infló el saco y sopló. Ella parpadeó. La estridencia sonora se suavizaba allá en el cielo. Le temblaron los párpados y volvió a abrir los ojos para dejar rodar dos gotas de felicidad por las mejillas.

Primero nos colonizaron los españoles y después nos han colonizado los dineros. Pero el pueblo, sin embargo, como aquel rumor martipoliano, persiste, porque hay paisaje, porque hay gente que pena por molestar y gente que llora por una música, porque hay pueblo, porque hay orejas para escuchar y corazones para sentir. Porque está el mar. Porque nos acompaña, enamorándonos, el sonido de las chirimías, del flabiol y del tamboril, el latido compasado de un pueblo que, a pesar de todo, ama cada rincón del panorama. No podrán nada...