FOMO, GOMO, ROMO y otros neurosis de verano
Me encantaría ser una de esas personas visionarias que acuñan palabras nuevas que se vuelven tan populares que hasta tienen sus propias conjugaciones verbales. Pienso en cuántos artículos se han escrito sobre tener FOMO (Fear Of Missing Out) por sus siglas en inglés, o lo que es lo mismo, ese miedo a perderte algo –¿querer estar en el ajo y en la tajada?– y creo que me hace falta una nueva palabra para definir cómo me siento este verano. Según las fuentes consultadas, es decir, internet, la cosa estaría entre GOMO (Greed Of Missing Out) y ROMO (Reluctance On Missing Out); por un lado, querer estar en todas partes, pero a la vez no preocuparme demasiado por perderme cosas. Hace una semana me quedé sin teléfono móvil y durante cinco días no entré en las redes sociales, ni tampoco enviaba mensajes hasta que no llegaba a casa y me ponía delante del ordenador, como si fuera 1999 y hubiera dejado conectado el Messenger. Ahora que ya he delatado mi edad y mis inclinaciones a emplear anglicismos, puedo compartir también que ojalá hubiera recuperado el teléfono una semana más tarde, porque entonces no habría visto a lo que parece absolutamente todo el mundo –menos yo– de festival, viendo a mis artistas preferidos. Vídeos mal grabados de zooms temblorosos, fotos con aspiraciones estéticas de una cerveza chorreando, abrazos, pulseritas y la sensación nuevamente de que todo el mundo estaba allí menos yo. Sí, sé que no es así, pero cuarenta stories de Instagram te lo harán creer. No estoy, porque este es mi segundo verano como madre y, además, estoy esperando el segundo y dar dos pasos bajo este calor sofocante me angustia más que perderme el set de Florence + The Machine en el MadCool. Ahora he cambiado mis veranos de festivales por tardes en la piscina del pueblo, vueltas en bicicleta a las 07:00, leer cuentos y hacer helados caseros con sandía, mango y yogur griego. Mi Instagram es una combinación de recetas baby-led weaning y gente que vive en el anuncio de Estrella Damm.Y está bien. Porque también lo he vivido, todo esto. De hecho, ahora lloro metafóricamente en esta primera columna, porque las hormonas me han otorgado el superpoder de ser honesta con todas las desconocidas y desconocidos que leéis esta columna, pero, en realidad, esta elección es mía y hace un par de semanas era de concierto y pronto seré de festival, aunque sea una milésima parte de lo que solía hacer. De aquí mi necesidad de crear un nuevo acrónimo que defina que quiero estar en el caldo y en las tajadas, pero que también estoy más cómoda que nunca en mi nueva piel, consciente de que este momento es mi punto cardinal donde tenía que estar.Esta dicotomía no solo se aplica al hecho de no ir a festivales, sino que va un poco más allá; la justa medida para angustiarme de vez en cuando. A esta nueva identidad, sumada a las muchas otras que he construido a lo largo de treinta y tantos años, ahora añado la de ser madre. Además, quieres ser una madre de esas presentes, que hace comidas sanas de todos los colores de la paleta de Pantone, que tiene juguetes Montessori de madera, que planifica los fines de semana con actividades que enriquezcan la vida del hijo y de la familia al completo y una que no pierda la cabeza cuando casi nada de lo que había organizado sale como pensaba. Pero no quieres que esta nueva identidad ocupe todo el espacio de tu ser; como si Venom quisiera tomar el control absoluto sobre Eddie Brock. Curiosamente, este personaje de Marvel es también un reportero, así que de repente lo miro como si él entendiera perfectamente la fragilidad de esta simbiosis alien-persona/hijo-madre. Porque, más allá de los conciertos, hay una cosa que también late en este espacio invisible, y es el tiempo –y tiempo de calidad– para dedicar a hacer las cosas que definen quién eres. Yo soy periodista. Y por mucho que escriba infinitamente menos de lo que querría, siempre me presentaré como tal. Escribir forma parte de mi identidad desde que tengo memoria. Esto es un cuchillo de doble filo, porque a la vez me frustra cuando veo todos los conciertos que cubría, el ritmo de entrevistas que hacía y los tres proyectos que solía llevar a la vez. Quizás este verano —y seguramente el siguiente y el siguiente— asistiré a muchos menos festivales de los que querría y, en cambio, habré aprendido un puñado de recetas que molan hechas con brócoli y calabacín. Y soy consciente de ello. Quizás no vuelva nunca a escribir tanto como lo hacía. O quizás sí. Sentada con el portátil en el sofá, aprovechando la duración de una siesta de verano y antes de enfilar camino hacia la piscina del pueblo, saco este momento de honestidad y reivindicación de todas mis personalidades para presentarme. Porque, más allá de todas las mujeres que soy, siempre seré una mujer periodista.