Todo un espectáculo

PalmaNoveno concierto de la temporada de la Orquesta Sinfónica Illes Balears en el Auditorium de Ciutat, que se inició con el peculiar , del compositor finés Einojuhani Rautavaara, a las órdenes de un director de enorme presencia en todos los sentidos, como es el noruego Rune Bergmann. Él fue, sin duda, quien convirtió el concierto en un espectáculo de unas dimensiones que se corresponden con las suyas. Justo después de la ornitológica composición llegó el primer plato fuerte del programa, con la pianista Olga Kern como gran protagonista, para interpretar el Concierto para piano y orquesta en la menor op. 54, de Robert Schumann. Inició el primer movimiento, con un estilo muy sólido, un poco rocoso, y una pulsación muy firme, desde la decidida entrada del piano, con una marcial y poderosa sucesión de acordes descendentes, hasta llegar a la poliédrica cadencia del final, desde donde aumentó la coloratura de la composición, con tanta precisión como elegancia. Su interpretación iba subiendo el nivel y la delicadeza, como por ejemplo, con el andantino grazioso, un divertido diálogo entre la orquesta y el piano que, poco a poco, se fue convirtiendo en un tierno y sutil monólogo del instrumento solista. Kern dejó clara su maestria y capacidad para sugerir toda esta serie de variaciones y estilos que Schumann incorporó a la partitura, de manera muy novedosa en su momento. La solista, de nuevo, retomó el tono enérgico del comienzo, en un tercer movimiento impetuoso, cuando, de golpe, estableció un delicioso nuevo diálogo, esta vez con el oboe, como un anuncio de la excepcional coda final que tan solo se puede calificar de excepcional y que sirvió a la protagonista para recibir los entusiastas aplausos del público. Como debía ser y todo el mundo esperaba, hubo bis, primero un , de Claude Debussy, que nunca decepciona ni deja indiferente. Impecable. Y ante la plegaria en forma de ovación, otra pequeña perla, de Nikolái Miaskovski, un arreglo para piano de Joseph Horovitz.

Parecía que todo estaba dado y bendecido, pero no era así ni mucho menos. Faltaba otra composición, de unas características muy diferentes, pero que sin duda siempre crean un soberbio estado de ánimo a quien la escucha. Y si, encima, es con un director tan expresivo, incluso diría que grandilocuente, como Rune Bergmann, la joya está más que garantizada. Por otra parte, una interpretación estratosférica por parte de una Sinfónica en estado de gracia, que no podía hacer otra cosa que seguir las heterogéneas indicaciones de quien, más que nunca, o así lo parecía, conducía su formación hacia donde quería, con tanta energía y con sutileza, con tanta facilidad como eficacia, para sugerir desde algunos momentos de gran nostalgia hasta otros de un lirismo enérgico y profundo, otra ración de ornitología, que enlazaba con la pieza encargada de abrir la velada. Otra gran velada.