12/03/2026
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Es sano y necesario, pero también puede ser traumático o complicado: hay un momento en la vida que el término 'ca nostra' empieza a ser incierto.

Suele ocurrir cuando nos hacemos mayores y vamos a vivir a otra casa, a otro pueblo o ciudad o incluso fuera de la isla. Entonces este 'ca nostra' unívoco, precioso y colectivo, pasa a ser algo más dudoso, y empiezas a manejar expresiones como 'ca nostra de Barcelona' y 'cnuestra de ses Salines' o bien confrontas directamente 'ca nostra' en 'el piso'. En momentos de transición ninguna fórmula es perfecta, como tampoco lo son las maneras de afrontar los cambios que sugieren estos nombres: esto significa pasar de ser dos padres y uno o dos niños a ser un grupo de adultos más o menos armónico, una familia de personas que ya no dependen tanto unas de otras, pero que resulta que se quieren y quieren.

Daba vueltas estos días, que volví a Mallorca para participar en el monográfico que la Fundación Mallorca Literaria ha dedicado a Biel Mesquida; tres días de fiesta grande para celebrar el magma poemático de este gigante de nuestra literatura. También su amistad. Hacía dos meses que no "volvía" a Mallorca, y casi uno entero que mi corpiño rodeaba por camas de Barcelona, ​​Bruselas, Palma y Reino Unido sin demasiadas oportunidades de detenerme y descansar. De repente, sentir que volvía a estar dentro de esa 'ca nuestra' primigenio me hizo volver a sitio.

Son la cama y la habitación de la adolescencia. Son los libros algo quemados por el sol allí en los estantes, héroes de fábula, cómics antiguos. Son fotos que hoy no dejaría ver ni a mis mejores amigas y, sin embargo, esbozar esa sonrisa al pensar en el momento del clic, o en el después, o en el fuera de campo. Es el ruido rumrúmico de la calefacción, ese silbar del viento en las persianas. Las cosas que ladran indignadas porque sienten pasar un gato. Las sábanas limpias. El vacío de tus armarios. Juguetes viejos. El olor aquél que siempre hacen las casas y que sólo se puede sentir cuando hace mucho que no has entrado; algo entre la limpieza, el olor de la última comida y todo lo que no se puede decir ni escribir. Pero si 'ca nostra' es una cosa, ésta sobre todo son ellos. 'Mon-pa-re', 'mu-ma-re', susurrar sus nombres con la voz que sólo resuena en el pecho, sin siquiera abrir los labios. Saber que ahora sois mayores y que no es exactamente que te protejan, pero que sí están aquí, y te cuidan. Y entonces, poder dormir.

Volver a 'ca nostra' no siempre es un camino evidente. Hay gente que sale un día, o que huye y nunca quiere volver, y hay quien también tiene trabajo de aprender que debe construir uno para sí mismo. Yo, como esos versos del poema Transmediterránea de Mireia Calafell ("Estar en un barco y no saber si voy o vengo, / si con el trayecto llego o en cambio estoy marchando"), no sé nunca si subo el camino de ida o de vuelta, pero sé que tanto en casa como en 'es nuestraestaré bien. Menos mal que nos tenemos.

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