En defensa de B. Picornell, antinazi

Estos días ha trascendido que Balti Picornell había sido citado a declarar a raíz de una denuncia interpuesta por el diputado de Vox en Madrid, Jorge Campos. El motivo: haberse hecho una foto junto a una pintada que decía “J. Campos, puto nazi”.

Reconozco que tengo una debilidad especial por el expresidente del Parlament y del resto de anticapitalistas de aquel primer Podemos; ¡y no es que a menudo no nos lo hicieran pasar mal, a los más institucionales y socialdemócratas de MÉS! Pero siempre le reconocí, y le reconozco, una voluntad incorruptible de representar dignamente los anhelos de cambio de un pueblo cansado de renuncias, ataques y traiciones. Y en esto siempre nos encontrábamos y nos encontraremos, y de ahí un vínculo cómplice que se mantiene y se reafirma con el paso de los años.

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Balti tiene, además, un don: liberado de las cargas institucionales y de partido, dice lo que quiere, cuando quiere y de la manera que quiere. A mí, que soy de una escuela mucho más formal, su estilo no deja de extrañarme; pero me extraña y me conmueve desde la fascinación que causa la indómita libertad y la afirmación desenfrenada, torrencial, de unas ideas que son la defensa de un país, de una gente y de una tierra que son las mías.

Y como no me gusta callar cuando atacan a los míos, no puedo callar ante esta denuncia insultante.

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Es indignante que se vuelva susceptible un tipo que se ha pasado la vida insultando a todo el mundo que no piensa como él de la forma más burda posible. Un tipo que ha tildado de fascista a la OCB o de amigos de asesinos a los militantes de MÉS ahora se nos pone sensible y se queja llorando asegurando que hacerse una foto junto a una pintada en la que le dicen ‘nazi’ (a él o a Javier, a Jesús, a Juan o a Julián Campos, que por M. Rajoy todavía buscan) es un intento de deshumanizarlo a través de una injuria. Como si la tropa que organiza su partido en las redes me dijera a mí mismo, cada día, cosas más deshumanizadoras antes del primer café.

Es evidente que no vivimos en la Europa de entreguerras ni en el Tercer Reich alemán, y que, por tanto, el nacionalsocialismo no es aplicable a nuestro tiempo. Sin embargo, ¿alguien sensato puede pensar que el legado ideológico de aquella gente murió con el suicidio de Hitler? No, de la misma manera que el fascismo no acabó con Mussolini y el nacionalcatolicismo sobrevivió al cadáver de Franco.

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Todas estas ideologías evolucionaron, y durante un tiempo se mantuvieron en la semiclancestandestinidad hasta la gran eclosión de las extremas derechas populistas en toda Europa y el mundo, sobre todo hace una década: Trumps, Bolsonaros, Le Pens, Orbans y Salvinis. Y aquí, Vox.

Una extrema derecha que, a pesar de aceptar los esquemas ultraliberales imperantes, comparte con sus antepasados de la primera mitad del siglo XX los posicionamientos en contra de los inmigrantes, en contra de los sindicatos, en contra del feminismo, en contra de la ciencia, agresivamente en contra de los movimientos y partidos de izquierdas.

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También comparte los posicionamientos ultranacionalistas de raíz imperial, conservadores y euroescépticos, con un constante recurso a la mentira y un culto al líder prácticamente mesiánico. Y, evidentemente, en nuestra tierra, un anticatalanismo furibundo como marca prémium.

Porque sí, predecesores ideológicos de la extrema derecha española organizaban ‘la División Azul’ para dar apoyo a Hitler mientras predecesores ideológicos de la izquierda catalanista y soberanista morían en campos de concentración nazi. Por eso, el partido de Campos quiere eliminar las leyes de memoria democrática, y por eso insiste en ilegalizar partidos como MÉS, ERC y el BNG; y precisamente eso lo sitúa claramente en una línea ideológica que atraviesa las décadas y los siglos, pero se mantiene en unos elementos nucleares.

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Y hay que decirlo: el discurso de Vox en cuanto a los musulmanes es mimético de lo que se hacía en Europa contra los judíos hace cien años. También es clara la conexión con la exaltación del belicismo y del uso de la fuerza que sentimos día tras día cuando hablan de Irán, Venezuela y Gaza; y el valor de una supuesta pureza racial y cultural que se esconde detrás de conceptos como ‘la gran sustitución’.

Evidentemente cualquier politólogo dirá, acertadamente, que la gran línea diferencial entre la extrema derecha populista actual y el fascismo y nazismo de entreguerras es el uso legitimado, sistemático y a gran escala de la violencia física y la voluntad manifiesta de poner fin formalmente a la democracia liberal. Pero estas diferencias, que de momento existen aunque de tanto en tanto se llevan al límite e incluso se traspasan, no puede ocultar que, efectivamente, hay una conexión entre una ideología y otra. Y esto todo el mundo lo entiende así.

Y manifestarlo no es deshumanizar a Jorge Campos ni a nadie, y mucho menos lo es hacerse una foto al lado de una pintada, que por su propia naturaleza no es un tratado politológico, sino una manifestación espontánea de una sensación compartida: el peligro para la democracia que representa Vox. 

Jorge Campos dijo que llevaría también a los tribunales a todo el mundo que apoyase a Balti Picornell. Me ofrezco a acompañar al expresidente, y no solo por una filia personal: porque en momentos confusos es importante hablar claro, aunque sea de forma simple, y estar al lado de quien hay que estar.