Celestino Alomar, el amigo, el político y el país

Una tarde, cenando los dos en Madrid, nos miramos con cierta perplejidad. En Celestí Alomar era director general de Turismo y yo, vicerrector de la Universidad. No sé si nos lo dijimos exactamente así, pero ambos debimos pensar más o menos lo mismo: ¿qué hacemos nosotros aquí? Nos habíamos conocido muchos años antes, cuando éramos dos muchachos del Pla de Mallorca, él de Llubí y yo de Sant Joan. Y nos vino a la memoria otra escena, también lejana: el busto de Franco saliendo por el balcón del Rectorado de la Universidad de Barcelona hacia la calle. Habíamos pasado de todo aquello a Madrid, con corbata, cargo y responsabilidades. “Dos lagartos encorbatados”, dijo él.

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Nuestra vida ha tenido un poco este aire de trayecto improbable. Él pasó del Pla a Barcelona, de las organizaciones estudiantiles a Bandera Roja y después, al socialismo isleño, al PSI. Dirigió la campaña de Unió Autonomista de Josep Melià Pericàs y, cuando Melià entró en el gobierno de Adolfo Suárez, acabó trabajando con él. Después vendrían otros paisajes y otros trabajos: México, donde pasó seis años vinculado a la embajada española; RTVE; Mallorca; la administración turística; Madrid otra vez, la dirección general de Turismo con Jaume Cladera, del PP, y finalmente, la Conselleria de Turismo del primer Govern de Francesc Antich. No es un mal currículum para un hijo del boticario de Llubí.

Lo que fue interesante no es solo por dónde pasó, sino qué fue pensando durante el trayecto. En Celestí no era un político de una sola fotografía. Pasó por organizaciones, partidos, administraciones y responsabilidades diferentes. Conoció de cerca el poder y también sus limitaciones. Tenía una preocupación que, con los años, acabó convirtiéndose en el centro de su vida pública: qué estábamos haciendo con Mallorca. Era geógrafo y, quizás por eso, tenía la mala costumbre de mirar el territorio. Mirarlo no como una postal, ni como una simple superficie disponible para continuar edificando, sino como algo limitado. Una isla no se puede estirar. Quizás toda su trayectoria turística se puede resumir, al fin y al cabo, en esta evidencia tan elemental. Mallorca no es infinita y nuestro modelo económico ha funcionado durante décadas como si lo fuera.

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El ecotasa fue su gran batalla pública. La batalla fue considerable. Y, como suele pasar, en aquellos momentos la política y determinados intereses económicos no le ahorraron golpes. Durante los debates más agrios sobre la ecotasa, se vivieron momentos de mucha tensión verbal. En el ámbito periodístico y político balear quedó recogida la frase literal de un hotelero que, fruto del resentimiento del momento, llegó a exclamar en una reunión de rechazo al impuesto que "había que quitar al presidente o matar al consejero". Después la ecotasa desapareció, y años más tarde una figura similar volvió a formar parte de la realidad fiscal de las Islas. El tiempo, a veces, tiene estas ironías: aquello que un día parece una extravagancia acaba convirtiéndose en una evidencia. El hecho de reducir a Celestí Alomar a la ecotasa sería un poco como reducir una vida a una fotografía. El impuesto era una herramienta; detrás había una pregunta mucho más incómoda: ¿hasta dónde puede crecer el turismo sin acabar comiéndose el territorio que lo sustenta? Aquella pregunta le trajo problemas. La batalla fue dura y los intereses económicos y políticos no le ahorraron golpes. Pero el tiempo tiene una manera curiosa de modificar algunas certezas. Y, mientras tanto, el debate se ha hecho aún más grande. Los turistas han continuado llegando, los aviones han continuado aterrizando y Mallorca continúa discutiendo, quizá con más urgencia que nunca, sus propios límites.

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25 años después de aquella batalla, en Celestí todavía lo tenía más claro. Ya no se trataba solo de poner un impuesto. Defendía abiertamente que había que reducir el número de visitantes y el peso excesivo del turismo dentro de la economía balear. No era, por lo tanto, una cuestión de añorar una antigua medida de gobierno. Era una manera de seguir pensando Mallorca. Y aquí, probablemente, hay una parte importante de su legado. No tanto haber tenido siempre razón –ninguno de nosotros la tiene siempre–, como haber insistido en una pregunta cuando muchos preferían darla por resuelta. Cuando pienso en aquella cena de Madrid, todavía me hace gracia imaginarnos a los dos. La vida, a veces, tiene estos recorridos extraños y en Celestí, a pesar de cargos, viajes y despachos, continuaba siendo aquel hombre con quien podías discutir de política, de Mallorca o de cualquier otra cosa.

Fue padre de cuatro hijos, tuvo una familia, amistades y afectos que son otra parte de su biografía y que ningún currículum político puede explicar. Y tuvo también sus convicciones, sus discrepancias y, como todo el que no se limita a dejarse llevar, sus contradicciones. Fue geógrafo, político, consejero, alto cargo del Estado y uno de los hombres que más claramente quiso introducir en el debate público la necesidad de repensar el turismo y sus límites. Ahora se ha ido. Y tal vez el mejor homenaje no sea convertirlo en una estatua ni limitarnos a enumerar sus cargos. Quizás sea seguir haciéndonos la pregunta que él, de una manera u otra, mantuvo viva durante tantos años: ¿hasta cuándo podemos seguir creciendo dentro de una isla que no crece?