02/09/2026 - 07:30 h.
Escritor
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Supongo que cuando uno está fuera de casa se fija más en el carácter de la gente. Hace unas décadas, por Mallorca corría un libro que se decía Queridos mallorquines, atribuido a un autor llamado Guy de Forestier. El autor era realmente un arquitecto catalán, me parece, que hacía años que se movía por Mallorca y decía haber descubierto las particularidades del carácter local, que se encargaba de exponer con una más que cuestionable gracia, pero con bastante éxito y reediciones. Las reflexiones, sin embargo, sobre qué marca el carácter local de los pueblos o de los autóctonos de un determinado lugar son tan numerosas como la historia de la antropología, así Hipócrates, cinco siglos antes de Cristo ya intentaba pensar de qué manera el clima determina el talante de los pueblos. Aristóteles quiso pensar el carácter de los griegos como un punto medio entre los valerosos del norte y los asiáticos, rapaces pero sin espíritu. Y desde entonces nos hemos visto a nosotros como los ‘buenos’, en contraposición a los bárbaros, o aquellos que tienen costumbres violentas, pero a la vez son austeros y temerarios. Todas las reflexiones sobre los ‘caracteres nacionales’ son más que cuestionables, sobre todo porque nos enseñan a ver a los demás como tópicos, por mucho que la estadística o la mirada foránea pueda acabar encontrando rasgos comunes. Si uno se mueve por Galicia, por ejemplo, puede acabar dando la razón a los que hablan de un ‘carácter gallego’, que no tendría por qué ser muy diferente del carácter mallorquín, o al menos en alguno de sus rasgos más notorios. La famosa ‘retranca’ o ironía, reserva o tendencia a no acabar nunca de decir lo que se piensa podemos decir que también la compartimos; dice el tópico que si encuentras a un gallego en medio de una escalera es difícil aclarar si sube o baja, en parte porque él mismo te dice que ‘depende’. Tampoco hace falta ser antropólogo ni historiador de las culturas para darse cuenta de que el carácter que se forma en los minifundios o en los núcleos rurales muy aislados entre sí puede acabar siendo muy diferente del de las grandes concentraciones urbanas. Pero la niebla, los bosques, el mar y los naufragios, vivir de cara al Atlántico, o la especial relación con la muerte acaban definiendo el carácter de una manera muy particular, especialmente opaco para los forasteros, y todo esto más la lengua propia hacen un país elevado sobre una memoria y unos entendimientos a los cuales es difícil acceder. Quizás el carácter de un pueblo no es, al fin y al cabo, una esencia, sino una manera de protegerse. Hay comunidades que se han defendido con murallas y otras con una lengua, unos silencios, una ironía o una cierta desconfianza ante el forastero. Y quizás es aquí donde el turismo de masas resulta más transformador: no porque traiga gente de fuera, sino porque obliga a los de dentro a hacerse accesibles, amables y traducibles con Google. Un país turistificado acaba explicándose continuamente a los demás y, a fuerza de explicarse, corre el riesgo de simplificarse hasta el cliché. Tal vez el último privilegio de un pueblo sea conservar algo que el visitante no pueda comprar ni entender del todo: el derecho de continuar siendo, en alguna medida, opaco a los ojos de quienes solo están de paso.   

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