En pocos años, las terapias CAR-T han pasado de espectacular promesa a herramienta clínica real –aunque no siempre fácil de aplicar. Hablamos de CAR-T para referirnos a un tipo de inmunoterapia en el que se modifican genéticamente los linfocitos T –un tipo de células sanguíneas– del propio paciente para que expresen un receptor quimérico (CAR) que reconoce una proteína concreta de las células tumorales. Después se expanden en el laboratorio y se reintroducen al paciente para que reconozcan la diana tumoral y se combata el tumor canceroso. Una especie de 'farmacia de células vivas'.
La primera generación era, en esencia, un interruptor: si la célula detecta el antígeno, se activa la función de las CAR-T. El problema es que el cuerpo no es un laboratorio limpio. Los tumores esconden –o cambian– el antígeno (la señal) y los tejidos sanos (no tumorales) pueden compartir la misma señal que caracteriza al tumor. Hoy en día vemos diseños con algo más de lógica compleja a la hora de reconocer el tumor y activar la terapia. Por ejemplo, la aplicación de receptores que requieren dos claves para activarse (dos 'señales') o que se desactivan si detectan una señal de tejido normal. De esta forma, se reducen riesgos en escenarios con tejidos complejos, especialmente en tumores sólidos.
También han aparecido CAR-T 'blindadas': células capaces de secretar moléculas en el ambiente tumoral, normalmente inmunosupresivo, que las protegen del mismo tumor. Y, quizás lo más interesante desde el punto de vista clínico, plataformas regulables: en lugar de un reconocimiento directo del tumor, la CAR-T depende de una 'señal adaptadora' (una molécula puente) que el médico puede dosificar. Así, si el sistema inmune se acelera demasiado, existe un sistema de control para regularlo.
La segunda gran revolución es logística. Las CAR-T autólogas son personalizadas, pero bastante caras y lentas, y el tiempo es clave a la hora de tratar el cáncer. Por eso existe el empuje de CAR-T alogénicas, fabricadas a partir de donantes. En este caso, la edición genética –por ejemplo, la tecnología CRISPR– es totalmente necesaria: es necesario hacer invisibles estas células en el sistema inmune del paciente receptor y, al mismo tiempo, hacerlas más resistentes.
Mientras todo esto madura, en paralelo se estudian sistemas de manipulación in vivo. Es decir, en lugar de fabricarlas fuera del cuerpo del paciente, enviar un vector o nanopartículas para que la reprogramación ocurra dentro del paciente. Si esto funciona con seguridad, la terapia dejaría de parecer una operación artesanal y se acercaría más a un medicamento administrable a escala.
Ahora bien, la aplicación real de estos sistemas no recae sólo en el ámbito de la biología y la ciencia, sino también sobre sistemas sanitarios preparados, unidades expertas y circuitos clínicos rápidos. En Cataluña, por ejemplo, la apuesta por CAR-T académicas como la del proyecto ARI-0001 del Hospital Clínic de Barcelona, aprobada con excepcionalidad para el tratamiento de pacientes con leucemia linfoblástica aguda, muestra que el sector público puede innovar y, sobre todo, democratizar su acceso. Pero también evidencia el reto: fabricar, certificar, distribuir y garantizar equidad territorial no es trivial. En terapias avanzadas, la ciencia puede correr mucho; la aplicación, a menudo, anda.