Automáticos

14/01/2026
2 min

Cuando yo era pequeño llegaron a los bancos los cajeros automáticos. La cosa pretendía ser tan graciosa y sencilla que incluso pusieron uno para los chicos –el Diver Caixer, lo llamaban–, de tal modo que podías mantener una cuenta de ahorros e ir a poner dineritos, incluso con monedas de cien pesetas, como en una hucha a pie de calle. Y el cajero (que era de Sa Nostra) te obsequiaba con cromos, además de actualizarte la libreta. También es verdad que se habló entonces –a mitad de los años noventa– que los cajeros automáticos quitarían el trabajo a los gestores de clientes humanos. Pero al mismo tiempo ya se empezaba a hablar que los puestos de trabajo que se perdían por un lado (y hubo aquellos años prejubilaciones masivas en el sector…) se ganaban en el campo de la informática, en el que, obviamente, se ocupaban las generaciones más jóvenes.

Poco después se automatizaron las gasolineras, lo que hacía que tu mismo tuvieras que llenarte el depósito, a menudo sin que ya hubiera ninguna persona en toda la instalación. Las máquinas expendedoras empezaron a formar parte de nuestras vidas; en la escuela incluso teníamos una en el patio, que nos vendía las galletas Quely de la merienda (una vez la saqueamos). Poco a poco, las máquinas han ocupado el sitio de los humanos; en los aeropuertos, antes el cliente se ha comprado él mismo el billete a través de una web, y cuando llega y quiere facturar, debe hacerlo él solo con una máquina que le expide una etiqueta para la maleta, que deberá poner en la cinta de transporte. El sistema se encarga de todo. Si se pudiera, incluso las maletas serían automáticamente cargadas en la barriga de la aeronave, y no deberían hacerlo los mossos a bravo. Pero desde la llegada de otras formas de automatización que las máquinas están llegando por todas partes; últimamente en las bibliotecas hacen el trabajo de los bibliotecarios, al menos en lo que se refiere al préstamo. Cafeterías automáticas en los aeropuertos; y ahora incluso hoteles gobernados por máquinas, cuando el huésped llega y debe encargarse de ficharse a sí mismo, frente a un monitor que le dará la llave de la estancia.

Todo esto implica códigos, páginas web, videovigilancias, y que el usuario haga parte del trabajo que realizaban los profesionales. Máquinas que no se ponen enfermas, no cotizan a la seguridad social, no se indican, no se quejan si deben trabajar de noche… Pero tampoco es que los precios hayan descendido de cara al usuario o cliente final. Y eso que todo esto ha pasado al margen de la invasión nada sutil de la Inteligencia Artificial (IA), que por lo que sé está haciendo también perder mucho trabajo en ciertos sectores creativos, o en el campo de la logística. Un cabermonio que intranquiliza bastante. Máquinas, algoritmos, brazos mecánicos, chips y usuarios que deben hacerlo ellos mismos, sin hacer tampoco la experiencia más feliz o satisfactoria. Por no hablar de la dependencia que se acaba creando de estos utensilios y la consiguiente pérdida de habilidades humanas, también las sociales para los clientes, que pueden ir a la otra punta del mundo –viajar y hospedarse– sin tener que hablar con nadie desconocido.

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