Armando
Al atardecer lo vi delante del mar, en el pequeño pantalán de la bahía de Pollença. Era un hombre delgado, de barba larga y descuidada. Sus movimientos eran lentos, armoniosos. Hacía sus prácticas y parecía que su cuerpo estaba allí, pero que su espíritu estaba muy lejos. Aquel instante de eternidad desprendía serenidad y tranquilidad. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué historia de vida tenía a sus espaldas?Me detuve a cierta distancia, no quería molestarlo. Todo se fue ralentizando, las pequeñas olas que se movían, el sol naranja que quería ponerse tras el Tomir, los niños que corrían con sus bicicletas, el cuerpo y las manos lentas de aquel hombre delgado, de barba larga. Cada encuentro es único e irrepetible. Aquella tarde no sabía quién era, solo sabía que desprendía una serenidad que daba ganas de estar quieto y mirar.“Cada respiración es una oportunidad”, dice Ester cuando guía la práctica de yoga. Para entender la historia de Armand hay que volver a los inicios de los años 80. En sa Pobla, el SIDA llegó sin llamar a la puerta. No fue la única invitada, también llegaron la heroína y la necesidad de dinero fácil y rápido. La fisonomía, la piel del pueblo, cambió radicalmente en poco tiempo. Un reguero de jóvenes empezaron a morir, siempre silenciosamente y de puntillas. La homosexualidad estaba ahí, pero no se podía hablar de ella; decían que era tabú, o quizás pecado.Ante los hechos y las noticias que nos llegaban de aquella muerte roja, había un sentimiento colectivo de supervivencia bien arraigado. Nos parecía que aquellas historias pertenecían a otro mundo, que aquello sucedía en Nueva York, en Londres, a los artistas que veíamos por la televisión, pero no a nuestro pueblo. “A nosotros no nos pasan estas desgracias”, pensábamos; mientras tanto, los jóvenes fueron cayendo, morían uno tras otro. Vidas desmigajadas, sin oportunidades, sin retorno, sin explicación.Entre 1981 y 1995, casi una veintena de jóvenes murieron en sa Pobla infectados por el sida o fulminados por una sobredosis. La misma cantidad de jóvenes soldados pobleros que murieron en el frente del Ebro aquel fatídico 1938. Para una comunidad pequeña, fue otra guerra. Sin bombas, sin uniformes, pero igualmente devastadora.“Cada sesión, cada práctica, es como empezar una hoja en blanco”.Al taichí se llega mediante el movimiento continuo, el desplazamiento del peso, el arraigo a tierra y la respiración. No hay prisa, cada gesto nace del anterior y prepara el siguiente. El tiempo deja de ser una cosa que ‘pasa’ y se convierte en una cosa que ‘vives’. Armand necesitaba habitar el cuerpo y el tiempo, necesitaba contemplar para coger distancia y hacer soportable la enfermedad. El yoga también busca esto. Cuando mantienes una postura con una respiración consciente, no ‘mantienes’ simplemente una postura, aprendes a ser presente dentro de tu propio cuerpo. El cuerpo deja de ser una herramienta que utilizas y deviene un lugar que habitas. Cuando contrajo el sida, Armand inició un camino de profundización hacia sí mismo, sin mucho ruido ni visibilidad. La práctica y la contemplación del taichí le dieron vida y sentido.“Vivir con el espíritu tranquilo”, me decía Joan Socies, amigo mío de la infancia y discípulo de Armand. Con Joan aprendimos a caminar y a montar en bicicleta en la calle Gran de sa Pobla, eran los años 60. La psicología, la enseñanza y la búsqueda de su camino interior fueron su constante y, a la vez, una necesidad vital. Un día me dijo: “He empezado a hacer taichí y me gusta. El maestro es medio vasco y medio francés y vive en Santa Margalida. A ti te gustaría... ¿Por qué no vienes?”Hace tres años, Joan murió de cáncer y lo enterramos en Son Tut, con la mirada hacia el este. Armand, su maestro, lo visitó unos días antes de la partida. Hablaron y se abrazaron; habían compartido un tramo del camino. Joan murió con el espíritu tranquilo.Armand buscó un rincón, un refugio tranquilo en la bahía de Pollença. Sabía que debía preparar su partida, le quedaba poco tiempo. El sida se había apoderado de su cuerpo cuando solo tenía 24 años, mientras trabajaba de ingeniero en Londres. En aquellos años no había vacunas ni respuestas. Pero él decidió vivir el tiempo, su tiempo, con más conciencia.“Cada respiración cuenta... Coge aire. Este tiempo solo es para ti”, dice Ester con voz calmada.Armand supo transformar el sufrimiento en una manera serena de vivir. En el documental que en 2019 emitió IB3 sobre el sida, Armand dijo que no renunciaría por nada a su enfermedad.A lo largo de su vida buscó el silencio. No era un ‘maestro mediático’, no publicaba libros ni buscaba notoriedad. Simplemente vivía. Y eso, hoy en día, es extraordinariamente poco frecuente. Joan me decía: “Lo importante es tener el espíritu tranquilo”. Ahora sabemos que esta frase no nació de la nada. Formaba parte de una manera de vivir que probablemente había aprendido al lado de Armand. Un maestro no es quien crea discípulos dependientes, es quien ayuda a los demás a caminar por su propio pie. La grandeza de Armand no será haber sido perfecto, sino haber continuado viviendo.Ahora tenemos aquella escena del pantalán, aquel hombre delante de la bahía de Pollença. Un hombre muy delgado, de barba larga, un hombre surcado por la viruela.Los últimos días de junio de este año, Armand murió, acompañado de la gente que lo quería. El luto se extendió por el pequeño rincón de la bahía. Las mujeres que vivían allí en invierno lo habían acogido y adoptado; se hacía querer. A menudo paso por delante del pantalán y todavía veo aquel hombre delgado, de barba larga, haciendo sus prácticas, viviendo cada día como si fuera el último día de su vida.