3 ‘Abascales y’ 851 ‘Maricármenes’

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05/10/2026 - 07:46 h
Periodista

Abascal es un linaje de origen toponímico con radicación en el País Vasco. El primer Abascal que recordamos los boomers como yo mismo es José Manuel, un mediofondista español que, a pesar de no tener la punta de velocidad final que podían tener otros atletas de su tiempo como Sebastian Coe, Said Aouita y José Luis González, consiguió una agónica medalla de bronce en la prueba de los 1.500 metros lisos de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, los mismos de Carl Lewis, Michael Jordan y Juan Antonio San Epifanio, Epi.

Décadas más tarde, otro Abascal llegó a nuestras vidas. Con barba de califa de extraña semejanza con la de Julio Anguita, y con aire de macho, las axilas y las ingles escaldadas, Santiago Abascal es hoy el líder de la ultraderecha oficial del país vecino. Abascal, Santi, le llaman los amigos, debe celebrar el día de Santiago Matamoros, patrón de España. Es el líder de los fachapobres, toda una caterva de gente con pulsera de banderita, que viven de alquiler, que cobran un sueldo miserable y que, aun así, quieren adelgazar el sistema público, privatizar servicios y retirar ayudas y compensaciones para quienes más lo necesitan.

Pero hay una tercera Abascal, cuya peripecia vital ha provocado un verdadero terremoto político y social en el Estado español. Se trata de María del Carmen Abascal Martín, conocida hoy familiarmente como Maricarmen y que ya tiene el honor de haber dado nombre a un decreto, el decreto Maricarmen. Esta señora madrileña de ochenta y siete años ha sido desahuciada del piso donde ha vivido toda la vida, más de setenta años, y habiendo pagado siempre el alquiler que le correspondía, que últimamente era de 500 euros. Tuvo la desgracia, Maricarmen, de que uno de estos llamados fondos buitre comprara el piso donde vivía. No estuvieron a gusto, los señoritos del fondo buitre, hasta que no la hubieron echado fuera, básicamente porque cobrar “solo” 500 euros por un alquiler de un piso en Madrid es hacer el negocio de la Peix Frit.

El caso de Maricarmen ha hecho estallar una bomba de solidaridad, de manifestaciones, concentraciones y acampadas en la calle, pero también ha activado la socialdemocracia sanchista, que se ha puesto derecha como un huso para salir a rescatar a todas las Maricarmenes de la Piel de Toro, tendida al sol de la desidia y el capital. Solo en las Islas Baleares en 2025 se ejecutaron 851 desahucios. 851 Maricarmenes a compartir pisos y habitaciones, 851 Maricarmenes a dormir dentro del coche o en un banco en la calle. 851 silencios. 851 indiferencias. Ningún decreto, ninguna ley, ninguna medida que no sea, en nuestro caso, fomentar la construcción, el consumo de territorio y, en definitiva, continuar alimentando al monstruo de las sanguijuelas que se inflan con la sangre de los inquilinos de la isla.

Mientras tanto, los partidos del presunto centroderecha político salen en defensa de las pobres personitas multipropietarias. Qué gente tan desgraciada y desvalida estos que tienen dos, y tres, y cuatro, y cinco propiedades. Es gentuza. Alquileres de todo el año a mil euros cada mes, pisos con cuatro habitaciones alquiladas a 500 euros la habitación, alquileres de temporada a un par de miles de euros al mes cada verano, alquileres vacacionales... Pero cuidado con tocarlos, que son de los nuestros. Pobrecitos, que no podrán pagar las carreras de los hijos en Barcelona, o en Madrid, o en Massachusetts, da igual.

La madre conceptual del capitalismo es la propiedad privada. Vivimos rodeados de gente que vive con la ambición única de acumular. No han acabado de comprar el segundo piso que ya miran cómo pueden comprar el tercero. Lo que no nos habían dicho es que los poderosos y los nuevos ricos apretarían a los pobres por la parte más delicada: la vivienda. Por eso, nunca como hasta ahora la izquierda había osado proponer un cuestionamiento tan radical del libre mercado. Cada vez es más claro, y en Mallorca lo sabemos bien, que esta manera de vivir es totalmente insostenible para el gran grueso de la población. Cada vez es más claro que hace falta una regulación radical del mercado, que se muestra totalmente incapaz de autogestionarse y garantizar el derecho constitucional a una vivienda digna.

Mientras tanto, pasan cosas. Hace solo un mes, la formación neonazi Alternativa por Alemania Sajonia-Anhalt. Era la primera vez que la ultraderecha tenía la posibilidad de gobernar en un estado alemán. Tres semanas más tarde Die Linke (La izquierda, así de sencillo) daba la sorpresa y se imponía en las elecciones locales de Berlín. Elif Eralp, una jurista muniquesa de familia turca, ganaba con una posición frontal ante la ultraderecha y un relato centrado, precisamente, en los problemas para acceder a una vivienda en la capital teutona.

Mallorca no puede más. Ya basta de gente aprovechada y pesetera que, con toda la cara del mundo, todavía se presentan como víctimas del sistema. Las posiciones de los partidos que los defienden apelando a las necesidades de los “pobres propietarios mallorquines” sobrepasan la barrera del cinismo más descarado, contra los cuales la izquierda tradicional no tiene herramientas para luchar, porque, entre otras cosas, cuenta entre sus votantes con muchos de estos “pequeños propietarios”. Hace falta aire fresco. Hacen falta partidos nuevos y personas y perfiles nuevos entre quienes optan a mandar. ¿Está preparada, la sociedad mallorquina, para votar a una Elif Eralp y darle la vuelta a los mecanismos de poder de la isla? ¿Podría Palma elegir a un Zohran Mamdani como primer alcalde musulmán de la ciudad y a la vez poner por delante iniciativas dirigidas a las personas que más lo necesitan?

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