Zona escolar única: igualdad aparente, desigualdad real
El cambio previsto para el curso 2026-2027 unificará la puntuación por residencia en la mayoría de municipios, con efectos desiguales según el origen social
PalmaLa zona única escolar, que se implantará en la mayoría de los municipios de Baleares, hará que todos los alumnos tengan la misma puntuación por proximidad del domicilio al centro. Sobre el papel, la medida promete igualdad; en la práctica, pero, puede reforzar las desigualdades. Hasta 5,5 puntos obtendrán todos aquellos que acrediten más de dos años de empadronamiento en la zona en cuestión. Esto sitúa en desventaja a los centenares de recién llegados que llegan cada año y que –al menos por este criterio– quedan atrás.
La Consejería de Educación aplicará la zona única a partir del curso 2026-2027 a todos los municipios de Mallorca, excepto Selva, Calvià, Santa Margalida y Andratx; a los de Menorca (Maó sí que mantendrá una zona separada para Sant Climent) y a Formentera. Las localidades de Ibiza mantendrán áreas diversas, al menos este curso.
La medida no agrada ni a los centros ni a muchas familias, pero el Gobierno la defiende con firmeza en nombre de la denominada “libre elección de centro”. “Es democratizar la educación”, en palabras del consejero de Educación, Antoni Vera. Pero esta libertad es más formal que real cuando las condiciones de partida no son las mismas. De hecho, una idea cada vez más extendida dentro de la comunidad educativa es que la zona única, combinada con el punto de antiguo alumno, tiende a beneficiar mayoritariamente la escuela concertada, la cual históricamente ha acumulado más capital social y redes de continuidad familiar.
En cuanto al resto, se mantienen los criterios habituales de admisión, como tener hermanos matriculados en el centro, el nivel de renta y la condición de familia numerosa o monoparental, entre otros. Ahora bien, en la mayoría de los casos se trata de criterios que no afectan al conjunto de las familias. No pasa lo mismo con la proximidad del domicilio, un factor clave en el cómputo final y que, con la nueva zonificación, pierde el sentido original de favorecer la escolarización de proximidad.
Un ejemplo claro es Palma. Durante la etapa del pacto de izquierdas, la ciudad se dividía en ocho zonas. Los alumnos que solicitaban plaza en un centro de su área podían obtener hasta 5,5 puntos por vivir cerca. En cambio, si residían en una zona contigua, la puntuación máxima se reducía a un máximo de 2,75 puntos. Con la implantación de la zona única, esta diferencia desaparece: la mayoría de alumnos de Palma pueden alcanzar los 5,5 puntos para optar a cualquier centro del municipio, mientras que las zonas limítrofes pasan a ser de los municipios que rodean la ciudad. El principio de proximidad se diluye y se transforma en un mecanismo que, más que ordenar, amplía la competencia entre centros.
Una dinámica similar se aplica a la proximidad del lugar de trabajo de los progenitores. En este caso, también se pueden obtener hasta 5,5 puntos si el centro se encuentra dentro de la zona de influencia, y hasta 2,75 puntos si está en un área limítrofe. En ningún caso, sin embargo, se pueden acumular las puntuaciones correspondientes al domicilio y al lugar de trabajo, de manera que las familias han de escoger qué criterio les es más favorable. Esta elección, aparentemente neutra, favorece los perfiles con más información y capacidad de estrategia.
Alumnos desplazados
las familias que ya estaban dentro de determinados circuitos educativos tienen más facilidades para continuar en ellos
La igualdad aparente se rompe en otro criterio. La familia del Molinar tiene derecho al punto de antiguo alumno, ya que la madre estudió en este mismo centro concertado. Este factor decanta la balanza. Así, el alumno que acabará obteniendo plaza no es el que vive más cerca, sino el que dispone de la ventaja adicional. El mecanismo, lejos de ser anecdótico, consolida dinámicas de reproducción social: las familias que ya estaban dentro de determinados circuitos educativos tienen más facilidades para continuar en ellos, mientras que las que quedan fuera tienen más dificultades para acceder a ellos.
El criterio de hijo de antiguo alumno es voluntario para los centros y lo han incorporado más del 80% de las escuelas concertadas de Baleares, especialmente en Mallorca. Lo han adoptado tanto la mayoría de los centros católicos como las cooperativas. También está presente en una parte de la escuela pública, pero con una incidencia muy inferior a la de la concertada. Esto refuerza la percepción de que el sistema, bajo una apariencia de apertura, puede segmentar aún más al alumnado según el origen social y las trayectorias familiares.
Rechazo transversal
Tanto la zona única como el punto de antiguo alumno han recibido el rechazo del Consejo Escolar de las Illes Balears, el máximo òrgano consultivo en materia educativa. Contundente fue también la respuesta del Consejo Escolar de Mallorca, que tumbó el informe ordinario elaborado por una ponente y aprobó uno alternativo en que se rechazaba frontalmente la zona única. Uno de los puntos centrales de este rechazo es la posible vulneración del artículo 84 de la Ley orgánica 2/2006 de educación, que establece el criterio de proximidad como prioritario en los procesos de admisión cuando hay más solicitudes que plazas disponibles. El Consejo recuerda que las zonas escolares no limitan el derecho a elegir centro, sino que garantizan que cualquier alumno pueda acceder a una escuela próxima a su domicilio.
También se han opuesto las federaciones de familias y municipios como Manacor, que emprenderá medidas legales para revertir la zonificación escolar. Todo ello en un municipio en el que hace años que funciona un sistema de redistribución del alumnado vulnerable entre todos los centros, un modelo que ha permitido contener la segregación y evitar tanto las escuelas 'gueto' como las escuelas elitistas.
En este contexto, la implantación de la zona única no solo reabre el debate sobre la libertad de elección, sino que plantea una cuestión de fondo: hasta qué punto un sistema educativo puede considerarse equitativo si las reglas del juego, a pesar de ser iguales en apariencia, acaban beneficiando de manera sistemática a los que parten en mejor posición.