"Un fraile me golpeó un golpe en la cabeza y rodé cinco escalones"
Joan Rigo (Campos, 1949) es uno de los muchos jóvenes obligados a dejar a su pueblo para estudiar internos en Palma
Palma'Mis años de escuela' es una serie del ARA Baleares que reconstruye cómo era la educación en Mallorca década a década a través de testigos en primera persona. Esta semana nos adentramos en los años 50.
Cuando tenía cuatro años, me llevaron a la escuela de las monjas del Corazón de Jesús, en Campos. Había aulas separadas para niños y niñas, y todo era muy rudimentario. No quería ir. Vivíamos en el campo, con la madrina y los primos, y yo estaba acostumbrado a correr libre por los alrededores de la villa. Cuando la madrina me llevaba a la escuela, en cuanto nos acercábamos, salía disparado. Ella me venía detrás, pero yo no me detenía. Un día me escondí detrás de una portaza y no me encontraron hasta pasadas horas. Había pasado la hora del almuerzo y todavía me buscaban. Ya de pequeño era así: cabezota y enamorado de la libertad.
Luego fui a la escuela Joan Veny y Clar hasta los siete años. Había un solo maestro para una treintena de niños. De allí pasé a la escolanía y empecé a hacer de monaguillo. Había dos tipos: los que cantábamos y los servidores, que ayudaban al cura. Todos estábamos bajo la dirección del vicario Miralles, que cuando había fiesta nos decía que la iglesia debía temblar. Las clases se daban en un par de salas que hacían de aulas. Hablábamos en el idioma que queríamos y muchas cosas las hacíamos en mallorquín. Piensa que muchos de los maestros eran del pueblo: Bruguera, Lladó.
De Campos a Palma, e interno
Cuando tenía diez años me enviaron a estudiar a Palma, a La Salle. Fue un cambio gordo. Yo era un niño de foravila y, de repente, me encontré interno con otros muchos niños y con frailes que lo controlaban todo. El primer medio año lo pasé mal. Añoraba al pueblo, pero sobre todo la libertad: poder salir, ir a pescar al Trenc, correr por el campo. Allí todo era mucho más estricto.
En La Salle había mucha disciplina y también violencia. Yo alguna vez recibí, pero sobre todo vi pegar fuerte a compañeros. Si algo ocurría y nadie decía quién había sido, nos pegaban con una regla en los dedos. El hermano prefecto pasaba por el pasillo y, si había sacado un gamberro fuera, lo cogía por la oreja y volvía a entrarle. Si volvía a salir, le caía un buen varapalo que tocaba con los labios en el suelo. Cada día bajábamos a misa a las 7.30 hy un día yo charlaba. Había venido un fraile nuevo y me golpeó una vez en la cabeza que me pilló bajando la escalera y rodó cinco escalones abajo. Nos miramos, vi que no venía hacia yo y respiré aliviado.
Una moneda a la que hablaba en catalán
El tema del uso de la lengua era curioso. Entre los internos, si hablábamos catalán nos pasábamos una moneda que habían puesto en juego a los frailes. Quien la tenía al final de la semana no partía a casa. Todo el mundo iba alerta. Allí debía hablarse castellano a toda costa, porque la mayoría de frailes eran peninsulares.
En la escuela había un corazón, pero me quitaron. Todo se remonta a que un día cantábamos el himno de La Salle y yo le entoné mal. El fraile me señaló, me subió a la sala del piano y me obligó a cantar solo una canción bastante amenazadora: Si no aprendes el solfeo, yo te veo que muy mal acabarás. Ya no me dejaron volver al corazón.
Sin embargo, la infancia la recuerdo con cariño. En mi casa era feliz, y en forabila, también. Lo que me costó de verdad fue ese primer año lejos de casa. Recuerdo que el sábado mediodía acabábamos la escuela y el tren hacia los pueblos iba lleno de alumnos que volvían a casa. Cuando llegaba al pueblo, volvía a sentir que todo era mío otra vez.
*Texto elaborado a partir del testimonio del entrevistado