Trabalenguas, palabras largas y dicciones complicadas

Todo el mundo ha jugado alguna vez a intentar decir un trabalenguas. Unas oraciones que a simple vista parecen sencillas, pero que esconden una complejidad profunda en sus sonidos. Pero, ¿os habéis preguntado alguna vez qué hace que un trabalenguas sea un trabalenguas o, mejor dicho, por qué son tan difíciles de pronunciar los trabalenguas? Y más allá de los trabalenguas, ¿por qué hay palabras que nos cuesta tanto pronunciar?

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Trabalenguas, palabras largas y dicciones complicadas.
26/09/2026 - 16:24 h
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PalmaUn trabalenguas es una oración que se hace difícil de pronunciar. Habitualmente, los trabalenguas son usados como juegos, sobre todo para entretener a los niños con poco más que las palabras. Todos hemos probado a decir, lo más rápido posible, trabalenguas como ‘Setze jutges d’un jutjat mengen fetge d’un penjat, si el penjat fos despenjat es menjaria els setze fetges dels setze jutges del jutjat’, y ‘Un plat pla blanc ple de pebre negre està’. Si nos fijamos en las características de estas oraciones nos encontraremos con un elemento compartido: la repetición de un sonido. La repetición de un sonido es un recurso estilístico que llamamos aliteración y que también se da en poesía, como en aquel verso de Josep Maria de Sagarra, “Vinyes verdes vora el mar”. Pero a diferencia de la aliteración, el trabalenguas consiste en la repetición, habitualmente a gran velocidad, de secuencias de sonidos alternantes. Con este sistema, la dificultad surge cuando aparece un sonido diferente pero parecido. Si pensamos en ‘Un plat pla blanc ple de pebre negre està’, el error en el que solemos caer es llegar a ‘pebre negre’ y pronunciar ‘peble negle’ o, si nos queremos prevenir, pronunciar ‘pre’ y no ‘ple’. En estos casos la ‘l’ y la ‘r’ son consonantes que se pronuncian colocando la lengua en el mismo punto de la boca, antes de los dientes de arriba. En un trabalenguas como ‘De genollons collia codonys, de genollons codonys collia’ el cambio de orden de la palabra ‘codonys’ y la semejanza de la primera sílaba con la palabra ‘collia’ puede provocar que digamos “de genollons codonys codia’” o, por la semejanza de la última sílaba de ‘genollons’ y ‘codonys’ decir “de genollons collons collia”. La segunda sin duda es la que hará reír a la persona que nos ha desafiado a pronunciar el trabalenguas.

‘Lapsus linguae’

Un hecho similar que nos puede parecer un trabalenguas, pero sin intención de serlo, son lo que conocemos como ‘lapsus linguae’: la inoportuna confusión de una palabra con otra o la pronunciación de una palabra influida por la palabra anterior o posterior. Los lapsus linguae más comunes son los malapropismos, que suceden cuando intercambiamos una palabra poco frecuente por una con más frecuencia. Es un automatismo de nuestro cerebro cuando decide recurrir a una palabra que ‘conoce mejor’ en lugar de la que queremos decir. Sin duda habéis oído hablar de la posteta para referirse a la próstata y la basílica para referirse a la vesícula. El filólogo Joan Miralles recoge un malapropismo del siglo XVIII, con el cual un escribano de un pueblo de Mallorca hizo constar que se habían llevado a cabo una serie de gastos para reparar una máquina fornicatoria, refiriéndose a una máquina fumigatoria. Un tipo de malapropismos (bien)intencionados son los de los eufemismos: la sustitución voluntaria de un término malsonante por uno neutro. Así, mi abuelo siempre se cagaba en Cròstol, que no es nadie, o en las pulgas. También hay gente que nos pide que no les toquemos los bemoles y no hablan de cuestiones musicales...

Dejando de lado los lapsus, volvemos a los retos puramente articulatorios. Porque los trabalenguas no son la única manera que tiene la lengua de ponernos a prueba: podemos encontrar complicaciones en una sola palabra. Las palabras largas funcionan con una lógica diferente a la del trabalenguas. Aquí el problema no es la alternancia de sonidos similares, sino la cantidad de sílabas que debemos mantener ‘cargadas’ en la cabeza mientras todavía las estamos pronunciando. Intentad decir de una vez ‘meteorología’ y ‘ácido desoxirribonucleico’. No es un problema únicamente vuestro si habéis dicho ‘meteorología’ y ‘desoxirribonucleico’. Son jugadas que nos hace nuestro cerebro para mitigar el esfuerzo que suponen estas palabras. En el primer caso, evitar el contacto de dos vocales en ‘meteorología’, en el segundo igualar la vocal a la primera en ‘desoxirribonucleico’. Cuantas más sílabas tiene una palabra, más probable es que nos sucedan estas cosas. Algunas palabras contienen también dicciones complicadas, es decir, afluencias de sonidos que complican su pronunciación. Este hecho suele darse en nombres extranjeros, como el del actor-político Schwarzenegger, que lo hemos oído pronunciar de mil maneras diferentes. Una anécdota divertida es la de la calle de l’Astre (del Astro) de Manacor. Esta calle fue bautizada en 1969 como ‘calle Armstrong’ en homenaje al astronauta que pisó por primera vez la Luna. Con el paso del tiempo entre la gente de la ciudad el nombre del estadounidense se deformó y pasó a ‘Astro’. Con la normalización de los nombres de las calles al catalán, el Ayuntamiento de Manacor la fijó como calle del Astro, pensando que aquel ‘Astro’ hacía referencia a un cuerpo celeste. Al menos todo quedó dentro del campo semántico del espacio.

Equivocarse es divertido

Al fin y al cabo, entre trabalenguas que nos hacen perder los nervios, palabras largas que nunca acabamos de decir, dicciones que nos detienen por límites mecánicos o una calle de Manacor que acabó cambiando de nombre porque nadie sabía cómo pronunciar el apellido de un astronauta, la conclusión apunta hacia lo mismo: esta señora, muy señorona que siempre va en coche pero siempre va bañada, hace lo que puede. La lengua es un músculo y tiene límites físicos, puede tener fatiga y puede ser poco ágil en ciertas ocasiones. Además, nuestro cerebro siempre elige el camino más corto, el que es más cómodo y fácil de hacer. Deforma, simplifica, sustituye una sílaba por otra y nos puede jugar malas pasadas y poner ‘cojones’ donde toca haber ‘membrillos’. Quizá por eso los trabalenguas han sobrevivido generaciones enteras de niños sin necesidad de instrucciones: no enseñan a hablar mejor, enseñan que equivocarse es divertido y, sobre todo, no es un fracaso, es un reto para hacer mover la lengua.

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