El llucmajorero Francesc Adrover Fullana, Floquet, es hijo y nieto de pastores. A sus 55 años, todavía sigue la tradición familiar al frente de una finca con animales, entre ellos, 120 ovejas. También se dedica al cultivo de frutos secos y cereales. Se define como campesino. “Hoy, sin embargo, esta palabra está mal vista. La poca gente que se dedica al campo prefiere presentarse como agricultor o como empresario”. Adrover ya no guarda las ovejas como se hacía antiguamente. “Ahora las fincas están cerradas y ya no hace falta que nadie las vigile. Tampoco practico la trashumancia. Cuando las ovejas terminan las hierbas de un redol, las llevo a otro del lado”. El ritual de esquilar cuando aprieta el calor también ha cambiado. “De esto se encarga un profesional. Sin embargo, hoy la lana mallorquina ya no vale nada y ya no se utiliza para la industria textil. De la lana de 100 ovejas te pueden dar 50 euros. Además, muchas veces tienes que quemarla porque está llena de suciedad”.El negocio de tener ovejas sigue siendo la carne. “Cada dos años crían tres veces. Los corderos de tres o cuatro meses se los vendo a una persona que los lleva a sacrificar a un matadero. Después todo va a parar a las carnicerías. De cada cordero se pueden sacar 16 kilos de carne”. Adrover considera que la antigua figura del pastor está totalmente contaminada por la nostalgia. “Forma parte de la Mallorca pre-turística, en la que imperaba otra manera de entender la vida. En Llucmajor, Miquel Tomàs, ‘Pastoret’, que tiene 75 años, veinte años más que yo, es el último representante de un oficio que en algunos puntos de la Península todavía pervive. Aquí los campesinos molestamos”.Adrover habla con conocimiento de causa. “A veces he acompañado a Pastoret durante sus trashumancias hacia el camino viejo de Cala Pi. Al ocupar la carretera, los ciclistas y los coches nos miran mal. Queda claro que somos los grandes marginados de la sociedad. Los políticos solo nos quieren como jardineros de zonas rurales que se puedan fotografiar para hacer campañas de promoción turística de la isla. Con las subvenciones que recibimos, tan solo podemos sobrevivir. Mallorca es pura especulación urbanística al servicio del turismo”.En la era del turbocapitalismo la mayor de las Baleares ya roza el millón de habitantes, el triple que a principios del siglo XX, antes del boom turístico. El llucmajorero lamenta la falta de estrategias de la clase dirigente. “Si se apostara por la ganadería, se podría llegar a una cierta soberanía alimentaria. La carne que sale de nuestros corderos es muy buena, ya que no se alimentan de pienso. Mucha, sin embargo, no se queda aquí. Va al norte de África. En países musulmanes como Túnez, Egipto, Marruecos y Argel, un cordero representa casi el 70% de su dieta y es una ‘delicatessen’. Cuesta 400 euros, mientras que aquí, 100. Nosotros, sin embargo, preferimos comer pollos, hamburguesas, kebabs, sushis...”.
El último pastor en la antigua de Mallorca
Desde su finca de Llucmajor, Miquel Tomàs ‘Pastoret’, de 75 años, hace balance para el ARA Balears de un oficio que se ha convertido en un anacronismo en la actual sociedad turística.
PalmaLlucmajor todavía conserva vestigios de la Mallorca ganadera. Cuatro veces al año, una rebaño de 100 ovejas cruza el centro del pueblo en dirección a una finca del camino viejo de Cala Pi, a nueve kilómetros. Lo hacen bajo la atenta mirada de Miquel Tomàs Garau, Pastoret, de 75 años, y de su perro. “Todo el mundo me hace fotos –dice con semblante risueño. Es algo que llama la atención. Cuando se acaba la hierba en mi finca, las llevo para allá”. El llucmajorer es uno de los últimos pastores a la antigua que practican la trashumancia, una actividad que consiste en el movimiento estacional de ganado en busca de mejores pastos. Tradicionalmente, los rebaños de ovejas de las grandes posesiones pasaban el invierno en las llanuras del Migjorn de la isla y el verano, en la montaña. En los caminos solía haber cisternas, aljibes y balsas que permitían el abreve de los animales y de los pastores.
Tomàs nos recibe a primera hora de la mañana en la posesión de Son Marió, situada a la salida de la carretera de Llucmajor a Algaida. Aparece con una gorra deportiva enfundada en la cabeza y empuñando un cayado con una mano, mientras que con la otra no para de dar órdenes. De lejos se oye el balido de las ovejas, que acaba de encerrar en el redil. El perro, sobreexcitado, va de arriba abajo. De repente, se queda quieto con un solo grito del amo. “Sin él –asegura– no soy nadie. Lo quiero con locura. Las ovejas son mis obreras y el perro, mi encargado. Me entiende a la perfección. Desde la distancia, sabe cómo ha de guiar a las ovejas solo con que le diga una palabra o le haga un gesto o un silbido. Hay gente que me trae sus perros para que los adiestre”. El llucmajorer habla con resignación de una Mallorca ya desaparecida. “Antes, en el municipio, había una cuarentena de pastores. Yo era el más joven y ahora soy el único que queda. A los ocho años ya cuidaba solo 120 ovejas. Aprendí el oficio de mi padre, que lo aprendió del suyo. Mi hermana, en cambio, se puso a trabajar en una fábrica de zapatos del pueblo”.
“Nunca me aburría”
A los 16 años, Tomás ya se emancipó. “Dejé de estar bajo las órdenes de mi padre y pasé a estar contratado por un señor que tenía 190 ovejas. Con él estuve 17 años. Fue entonces que me pusieron el apodo de Pastoret. Después, me hice cargo de 450 ovejas de otra finca”. En verano el sueño siempre estaba cambiado. “Descansaba de día y cuidaba las ovejas de noche, que es cuando pastan para huir del calor. A veces quedaba con compañeros de otras fincas para cenar de pan y taleca. Hacíamos la charla y tocábamos el flabiol. Después partíamos a guardar”. Bajo la luz de las estrellas, la responsabilidad era máxima. “No podía quedarme dormido porque tenía que estar muy alerta que ninguna oveja saltase de una finca a otra en una época en que no había vallas. Si no, me llevaba dos regañinas del amo y mi padre me castigaba”. A pesar de todo, el pastor encontró su vocación en aquel entorno bucólico. “Disfrutaba de estar todo solo con las ovejas y de oír los cencerros. Tenía mucho tiempo para pensar. Nunca me aburría. Intuía la hora por la posición del sol”.
Tomás tambié se preocupaba de los cruces con un buen carnero, el macho de la oveja. En mayo, cuando el calor empieza a apretar fuerte, tocaba trasquilar, quitar la lana con unas tijeras. “Hacíamos fiesta mayor. Era el momento de hacer un buen almuerzo con el resto de pastores. La lana la vendíamos en un almacén de Llucmajor”. Las ovejas eran sacrificadas al cumplir los seis o siete años. “Las llevábamos al matadero. En las carnicerías del pueblo también nos pedían. Podían llegar a ofrecer 2.000 pesetas por una oveja”.
El inmovilismo a la hora de guardar y la vida calmada de los pastores se asociaría a la pereza, lo cual quedó plasmado en la expresión ‘los pastores mean sentados’. Sin embargo, como atentos observadores de los ciclos de la naturaleza, también eran vistos como depositarios de una extraordinaria cultura popular, con la que vestían su analfabetismo. Incluso se atrevían a pronosticar el tiempo. “Conozco el tiempo que ha de hacer / solo dando una mirada / y poder ver las nubes”, dice una glosa.
La Mallorca pre-turística que conoció Tomás era muy austera. “Por la noche usábamos una lámpara de aceite. Después de cenar, nos entreteníamos haciendo cuatro chiquilladas. Pronto, sin embargo, partíamos a acostarnos. Nos levantábamos a las cinco de la mañana con el canto del gallo”. Entonces imperaba una dieta frugal y de la tierra. “Yo no pasé hambre. No había tantas cosas como ahora, pero comíamos sano: sopas, guisados, arroz... Era producto de temporada. Hoy, en cambio, puedes comer cualquier cosa en cualquier época del año. La carne casi no la conocíamos”. También había momentos para pequeños placeres: “Los días de matanzas eran muy esperados. Muy temprano, antes de matar el cerdo, bebíamos mistela y tomábamos chocolate con ensaimadas. En invierno, cuando hacía frío, daban muchas ganas de ponerme junto al fuego y asar una buena longaniza, que acompañaba con una botellita de vino. Y en verano el único lujo que teníamos era comer un polo cada dos semanas”.
Al sonido de los cencerros
La banda sonora de aquellos tiempos de vida lenta era el sonido de los cencerros. “Un domingo a la semana, en la feria, venía a venderlos el maestro Miquel. Era de Búger, conocido por ser el ‘pueblo de los cencerros’. Todos los pastores del municipio nos reuníamos a su alrededor para elegir el mejor”. Tomás también echa de menos el antiguo calor humano del campo. “Ahora te cruzas con alguien y ni te saluda. Antes eso era impensable. Todos nos conocíamos y cuando oíamos el sonido de un cuerno nos juntábamos para comer y charlar. Por la noche también pasábamos la velada juntos. Cada uno hacía sus tareas, sabiendo que existía un sentimiento de compañería y de solidaridad”.
El pastor. La poesía, la música, costumbres y tradiciones del pastor mallorquínTomás se declara un hombre de secano. “Yo no soy de nadar. Cuando mis hijos eran pequeños y mi mujer me decía que fuéramos a la playa, siempre le ponía morros. Y si había de cargar señales, todavía ponía más”. La moda de ir al mar cogió fuerza con el ‘boom’ turístico de los años 60, que también significó el principio del fin de todo un mundo. “En Llucmajor todo el mundo huyó de foravila. La gente vendió los animales y partió sobre todo a trabajar a los hoteles del Arenal. Lo mismo pasó con muchos de los trabajadores de las fábricas de zapato del pueblo”.
‘Feliz aquel’
El cabrero no sucumbió a los cantos de sirena de una modernidad que hacía olvidar los callos en las manos con trabajos a destajo, de ocho horas diarias y con un sueldo fijo. “Haciendo de pastor ya me bastaba para vivir, aunque sin excesos. El problema es que la actual sociedad de consumo hace que todo el mundo tenga continuamente gastos. Pude cotizar a la Seguridad Social gracias a un contrato que me hizo el señor de la finca para quien hacía de mediero. Cuando murió, la pude adquirir. Ahora sería incapaz de vivir en un piso. Necesito estar en libertad”.
A 75 años, Tomás se siente un privilegiado por haberse jubilado con buen estado de salud. No puede dejar, sin embargo, de estar pendiente de su rebaño de ovejas, consciente de que es el último representante de tres generaciones seguidas de pastores. “Mis dos hijos se dedican a otras cosas. Lo entiendo. El trabajo en el campo es muy duro, muy sacrificado. Además, ahora hay más burocracia que nunca para sacrificar animales o para vender cualquier cosa”. El cabrero se siente abrumado por la nueva era digital. “Llevo un móvil para estar localizado. Es, sin embargo, muy simple. Solo sirve para telefonear. No tiene ninguna de estas aplicaciones con las que hoy la gente está embelesada. Ahora todo es ruido. Yo, en cambio, he aprendido a estar en silencio”.
El actual amo de Son Marió es la viva imagen del tópico horaciano del beatus ille (‘feliz aquel’), toda una apología de la vida tranquila en el campo. “Yo estoy muy bien con las ovejas. No me atrae en absoluto esta gente que viaja constantemente al otro confín del mundo. No tengo ninguna necesidad. Yo volvería atrás. No me gustan nada los tiempos de ahora ni la Mallorca que tenemos”. En 1981 el folclorista de Inca Bartomeu Ensenyat tuvo tiempo de radiografiar todo este mundo ganadero hoy ya perdido. Lo hizo en el libro El pastor. La poesía, la música, costumbres y tradiciones del pastor mallorquín.