La sollerica Maria Capó Navarro, de 93 años, es la única cantadora todavía viva que en 1952 grabó al reputado etnomusicólogo norteamericano Alan Lomax durante su periplo por el Archipiélago. 74 años después, lamenta para el ARA Baleares la pérdida del rico patrimonio musical del campo que se produjo con el 'boom' turístico
PalmaTal como si se tratara de una sibila de la antigüedad, Maria Capó Navarro, de 93 años, se concentra y se pone a cantar una de las tonadas de cuando, de joven, trabajaba en la finca familiar de Sóller. Es la forma que tiene de evocar un mundo de conexión con la tierra y de palabras precisas que desapareció con el boom turístico de los años 60. Quien escuchó la misma tonada de viva voz hace 74 años fue el etnomusicólogo estadounidense Alan Lomax. "En 1952 –dice– me había visto actuar en un certamen internacional de folclore que se hizo en la plaza de toros de Palma. Yo canté con la agrupación de mi pueblo, Los danzadores del baile de oro. Fuimos uno de los premiados. Parece que le gustó mucho a mi casa y pidió por venir. campesinos. Yo era la única muñeca". Capó recuerda perfectamente esa visita. "Hacía un sol de justicia y Lomax llegó encorvado y muerto de calor. Sacó el magnetófono y grabó el momento en que mi padre, mi abuelo y yo cantábamos mientras batíamos en la era con la bistia. No debía de entender nada. Él sólo sabía un poco de castellano".
Nacido en Austin (Texas) en 1915, Lomax es considerado uno de los recopiladores de canciones más importantes del siglo XX. Aprendió el oficio de adolescente, ayudando a su padre John, que en 1933 fue nombrado jefe del Archivo de la Canción Folklórica Americana del Congreso de EEUU. Fue el inicio de un camino que le convertiría en un pionero a la hora de utilizar la tecnología para preservar del trajín de la vida moderna el alma folk de la población afroamericana marginada. Lo mismo haría con los sin voz caribeña. Ese trabajo reforzaría la conciencia social del tejano, lo que le llevaría problemas. En 1950, en plena Guerra Fría, su nombre apareció en una lista negra de profesionales que debían ser castigados sin trabajo. Eran los tiempos de la cacería de brujas contra comunistas liderada por el senador republicano Joseph McCarthy. Entonces Lomax no dudó en aceptar un proyecto interesante de la discográfica neoyorquina Columbia Records: dirigir a Londres una biblioteca mundial de música folclórica. Durante ocho años colaboraría con la BBC y realizaría trabajos de campo en Europa, sobre todo en España y en Italia, pero también en Irlanda y en Escocia.
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Capón con el retrato que le hizo en 1952 Lomax.ISAAC BUJ
Antifranquista
La figura del folclorista de Texas ha sido estudiada por el felanitxer Antoni Pizà Prohens, profesor de musicología en The University of New York y director de la Foundation for Iberian Music de la misma ciudad. En 2006 coordinó el libro Alan Lomax. Miradas (Fundación Sa Nostra), con las fotografías que el estadounidense tomó durante su periplo por Baleares. "Estando en Londres –dice–, la discográfica le sugirió viajar a España para estudiar su patrimonio musical, aprovechando que entre el 21 y el 28 de julio de 1952 Palma debía acoger un Congreso Internacional de Musicología y el II Festival Internacional de Folclore. Él aceptó la propuesta a regañadientes ya que era reticente a visitar a un país donde que había terminado la Guerra Civil]".
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El musicólogo, de 37 años, emprendió aquella misión en compañía de la británica Jeanette Bell, el asistente que le facilitó la BBC. La primera parada fue Barcelona, donde se reunió con Marius Schneider. Era un nazi protegido del franquismo que se ocupaba de la organización de ambos actos en Palma. Lo hacía desde su cargo de director de la Sección de Folclore del Instituto Español de Musicología con sede en la ciudad condal. El encuentro no fue nada agradable. Así lo consignó el estadounidense a su diario: "Cuando le conté mi proyecto, me dejó bien claro que se encargaría personalmente que ningún musicólogo español me ayudara. También me sugirió que dejara el país".
Entonces Lomax tomó una decisión determinante: "Yo ni siquiera tenía la intención de quedarme. Sólo tenía dos cintas para grabar, y no había hecho ningún estudio de etnología española. Aquella, sin embargo, fue mi primera experiencia con un nazi y, así que vi detrás de la mesa ay y música de este malogrado país aunque tuviera que dedicarle el resto de mi vida. En el fondo, yo también estaba encantado con aquellas perspectivas de aventura en un paisaje que me recordaba mucho mi Texas natal".
Aquel cazador de melodías desembarcó en una Mallorca preturística en la que los bailes y los cantos tradicionales eran 'manifestaciones regionales' de la riqueza de España que controlaba la Sección Femenina de la Falange desde la entidad Coros y danzas. En las dos citas de Palma coincidió con personajes tan importantes como el eminente folclorista catalán Joan Amades (1890-1959), que ese año publicó el Costumario Catalán, el etnomusicólogo chileno Pablo Garrido (1905-1982) y el extremeño Manuel García Matos (1912-1974), autor de Magna antología del folclore musical de España (1960).
El II Festival Internacional de Folclore tuvo lugar en la plaza de toros de Ciudad, lo que acentuaba 'la españolidad' del evento. "Lomax –dice Pizà– quedó muy decepcionado. Enseguida se dio cuenta de que aquello no era el blues afroamericano de las prisiones de Misisipi que tres décadas atrás había grabado con su padre. Él quería capturar la música auténtica de las Islas y no la que estaba domesticada y edulcorada por la Falange". Al cabo de dos días ya estuvo más que empalagado con rebosillos, pantalones con soplos y danzas ritualizadas. "Tuvo claro que debía ir a buscar la gente del campo que soportaba el patio que soportaba el patio. Y no sólo quiso grabarlos sino también fotografiarlos con una pequeña Leika portátil. Fue la primera persona que llegó a las Islas con una cámara de ese tipo. En sus diarios dice que la mayoría de los isleños están magros y desnutridos. A su vez, destaca su generosidad".
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Alan Lomax aburrido en plaza de toros de Palma, en 1952, durante el II Festival Internacional de Folclore.Arxiu
En la muestra de la plaza de toros, Lomax había quedado admirado por la potente voz de Maria Capó Navarro. Enseguida se puso en contacto con ella para poder grabarla trabajando en su finca de Sóller. Se encontró con una chica de 19 años que no se asustó nada al ver a un extranjero con un magnetófono y una cámara. Fueron más las veces en que la gente, cohibida, le dio la espalda. Después el tejano seguiría captando el latido musical de la isla en Consell, Oriente y Valldemossa. También viajaría hasta Ibiza y Formentera –en Menorca no estuvo a tiempo de ir. En Mallorca se enamoró sobre todo del sonido de la zambomba y en las Pitiusas, del hipnótico canto redoblado. Sin embargo, el repertorio documentado sería muy variado: desde canciones relacionadas con los trabajos agrícolas hasta melodías para acompañar a la danza, un fragmento del Canto de la sibila y una estrofa que aludía a las ejecuciones perpetradas por los fascistas. El siguiente destino del norteamericano fue la Península, donde recogió más sonidos de la tierra en Cataluña, Comunidad Valenciana, Aragón, País Vasco, Asturias, León, Galicia y Andalucía. El periplo llevará seis meses. Todo ese material se emitiría en 1953 en un programa de radio de la BBC sobre música española.
"Hemos perdido muchas cosas"
Lomax murió en el 2002, a 87 años, en Florida (EE.UU.). Su hija Anna se encargó de gestionar su legado desde la Association for Cultura Equity –la página web de la entidad (www.culturalequity.org) contiene todas las grabaciones y fotografías realizadas por el folclorista. En 2006 Anna visitó Capó para hacerle entrega del CD The Spanish Recordings. Mallorca con una cuarentena de piezas que su padre había grabado en la isla en 1952. "Estuve –dice– muy contenta de poder escuchar otro pico no sólo mi voz de jovencita, sino también la de mi padre y mi padrino".
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Una de las canciones de Maria Capó Navarro, la última voz telúrica de Baleares preturísticas.
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Como otros mallorquines, la sollerica también sucumbiría en los cantos de sirena del 'boom' turístico. Después de trabajar en el hotel Es Molí de Deià, se trasladó a vivir a Palma para ayudar a su hijo mayor en un negocio de comida preparada. Hoy, a 93 años, es la única cantadora todavía viva de Baleares –y probablemente también de todo el Estado– que hace siete décadas ofreció su telúrica voz en el magnetófono de Lomax. Sentada en la butaca de su casa, mira con nostalgia el retrato que le hizo. "Mallorca –asegura– ha cambiado mucho desde entonces. El turismo nos ha llevado muchas cosas buenas. Al dejar, sin embargo, los trabajos del campo, hemos perdido otros importantes, como todo un riquísimo patrimonio lingüístico y musical. Antes no se concebía trabajar sin cantar. Ahora la gente sólo mira el móvil". Y para terminar, un deseo que hace con una buena sonrisa: "Quisiera que me viniera a ver otro investigador como Lomax. Le cantaría más tonadas que pena que se pierdan. Son tonadas que hablan de antiguas posesiones como Santa Ponça convertidas hoy en núcleos turísticos". En 2022 Capó ya reivindicó la isla preturística de su juventud en el documental Piedra y aceite, de Álex Dioscórides, centrado en la cultura de los olivos de la sierra de Tramuntana.
En 1924, 28 años antes de la llegada de Lomax a Baleares, ya hubo un intento importante de inmortalizar nuestro paisaje musical. Fue el que lidera el prestigioso musicólogo palmesano Baltasar Samper (1888-1966) al servicio del Cancionero Popular de Cataluña (OCPC). Aquel fue uno de los grandes proyectos que pusieron en marcha los intelectuales del Novecentismo para hacer frente a la pérdida de la oralidad cantada que, al abrigo de la industrialización, estaba provocando la creciente emigración del campo a las ciudades. Se trataba de un valioso patrimonio inmaterial bautizado por el Romanticismo alemán como volkgeist ('el alma del pueblo'). Para poder capturarla, la OCPC dispuso de una importante red de colaboradores a lo largo de toda la geografía catalanohablante que salieron a 'cazar' tonadas en unas excursiones conocidas como 'misiones'. Siempre debían ser una pareja, un músico y un literato, que anotaba las letras de las piezas.
Entre 1924 y 1932, Samper realizó en Baleares nueve 'misiones' y recogió 5.518 canciones. Según su dietario, cuando fue a Alaró en 1927, ya casi nadie cantaba tonadas porque muchos campesinos se habían ido a trabajar a las fábricas de zapatos, donde había carteles que decían: El buen obrero entra puntual y trabaja sin cantar . Hoy conocemos más detalles de esa hazaña gracias a la musicóloga manacorina Bárbara Duran Bordoy. En 2024 ganó el premio Mallorca de ensayo con el libro Cant i treball en Mallorca. La misión de la Obra del Cancionero Popular de Cataluña (1932) . La investigación es fruto del descubrimiento en la Biblioteca Bartomeu March de Palma de un manuscrito con todos los datos perdidos de la expedición que en 1932 Samper hizo por una veintena de pueblos con la ayuda del maestro Ramon Morey.
Duran aporta una nueva relectura en clave de género del trabajo de uno de sus grandes referentes. "La mayoría de sus informantes eran mujeres dedicadas a oficios diversos: bordadoras, costureras, alpargatas, acantiladoras, rompedoras, barraleras y barraqueras. En palabras de la historiadora Juana María Escartín [1968-2024], su trabajo era un "quehacer oculto", ya que no aparecían en casi ningún registro oficial. Algunas relatan casos de violencia sexual que servían de aviso para futuras víctimas”.
Tal y como ya le ocurriría a Lomax, Samper no lo tuvo fácil a la hora de acercarse a sus informantes. "Lo hubo –apunta Duran– que no quisieron cantar delante de él por vergüenza. Se sentían sobre todo cohibidas cuando sacaba el fonógrafo. Se trataba de un aparato en forma de embudo que permitía grabar la voz con cilindros de cera. Entonces aquella era tecnología punta, pero lo sería aún más el magnito. La calidad de sus grabaciones es muy superior. Además, muchos de los cilindros de cera que utiliza el mallorquín se han perdido”.